El que no quiere a Colón no quiere a su mamá.

Ma, me, mi, mo, mu. Mi mamá me mima.
Si no recuerdo mal esta era la primera lección del silabario que enseñaba a leer a los niños de mi generación. Recuerdo con memoria fotográfica, el rectángulo en la hoja del libro que encapsulaba estas mágicas sílabas. Recuerdo mi asombro de niña de 3 años al caer en cuenta que la combinación de dos letras producían esos sonidos y a su vez que la combinación de sílabas eran las palabras que usaba diariamente para conversar con las personas que formaban parte de mi universo infantil. A partir de allí empezó mi pasión por la lectura.

Quien me enseñara a leer fue una rusa llamada Olga quien tenía un pequeño colegio de preescolar y primaria en Los Dos Caminos, el San Antonio. Las maestras eran la señorita Matilde y su hermana. La señora Olga era amiga de mi abuela y mi padre. Todos inmigrantes de la post-guerra, que encontraron en la Tierra de Gracia de Colón, el paraíso perdido. Un país joven, nuevo, pujante, lleno de gente amable. Europa estaba destruida y Rusia inalcanzable bajo la bota de Stalin.

Supongo que papá quería alguna garantía de continuidad cultural en ponernos en el “San Antonio”, bajo el ala de Olga. Quizás pensara que hablaría ruso con la venerable señora así como lo hacía con mi abuela. Pero Olga, me introdujo a la maravilla de nuestro idioma español. Idioma que determina y unifica nuestra cultura como hispana, y el cual es epítome de nuestra americanidad, gracias al aporte de modismos y voces de distintos orígenes: indígenas, africanos, anglosajones y europeos de posteriores inmigraciones. Y tal es la dimensión de nuestro idioma hoy día que hablar de “correcto español” es casi imposible porque lo que es correcto para un argentino no lo es para un venezolano o colombiano, así como lo que es para un asturiano no lo es para un andaluz. El español es un idioma flexible, elástico, dinámico, y rico en léxico gracias al proceso de conquista, colonización y posterior emancipación de América. Es ese idioma vivo y moderno el que ha sido reconocido y aceptado en la academia gracias a la literatura de nuestro continente. Así que ya ven el español ya no es de España nada más.

Entonces negar nuestra hispanidad no es sólo ridículo a estas alturas de nuestra historia, sino que revela una gran ignorancia de parte de quienes en aras de la reivindicación indígena demonizan figuras como la de Colón, especialmente cuando su intención hace 500 años no era matar indios, cual Hitler renacentista, sino abrir nuevas rutas comerciales para negociar especias con las Indias Orientales. Lo de las Indias Orientales para conocimiento de aquellos que forman parte del movimiento de resistencia indígena moderno en Venezuela, era lo que hoy se conoce como Pakistán, India y Bangladesh. Es decir el continente americano no existía en el mapa del conocimiento de Europa, así como el resto del mundo no existía en el conocimiento de los habitantes originales de este continente. La posterior invasión se debió a la riqueza encontrada, entre otras razones que no caben explicar aquí. Pero este de América no fue un fenómeno aislado y particular de la historia universal. Todas las culturas en este planeta han sufrido invasiones, influencias, conquistas y/o colonizaciones. Es la parte amarga de la dinámica de la historia.

Hoy en día en la esfera de la política internacional, el neocolonialismo existe en forma de dominación económica, superioridad militar, dominio de la información y desarrollo del conocimiento. Particularmente doy más importancia a estos dos últimos.

La ignorancia es una debilidad que nos hace más vulnerables a la alienación ideológica y cultural.

Defenestrar la estatua de Colón -no puede ser por español, porque era Genovés y unos dicen que judío también- tendría que llevar a defenestrar también a Bolívar del pedestal ideológico donde lo tenemos. Habríamos de renegar del nombre de nuestro país República Bolivariana de Venezuela, no una sino dos veces por tener un nombre castizo y ser producto de la gesta de Bolívar, un blanco criollo de origen español. Sería repudiar a todos aquellos que se llamen Jesús, José, Hugo, Adán, Juan y ni se diga de Freddy o William quienes representarían el summum del neocolonismo gringo gracias a sus nombres.

Chorradas.

Tumbar la estatua de Colón al piso y colgarla de un árbol sólo evidencia lo que llamo ignorancia activa. Es decir, aquella que la gente ejerce con orgullo y se niega a superar.

Los quinientos años de arrechera que invocara aporrea.org serán por otra cosa. Por la pobreza que no acaba, por la corrupción que sigue rampante, porque el “proceso” no ha traído ningún cambio sustancial en la calidad de vida. Porque los indios siguen siendo ciudadanos de segunda y sus tierras siguen siendo expoliadas y contaminadas con concesiones mineras y forestales que permitirán el continuar con el orden de tropelías que vive el país, por las indias que se prostituyen o mendigan en las calles de Caracas y quienes, si a ver vamos, seguro un pito importan a los que empujaron la estatua de Colón este 12 de octubre, día de la resistencia indígena nacional gracias a un decreto del Ejecutivo.

Si hoy las culturas indígenas se encuentran en peligro de desaparecer no es por culpa de los españoles de hace 500 años sino de nuestra propia negligencia moderna y mestiza.

Hacia los cinco años, papá nos metió en una pequeña escuela que funcionaba los sábados en las instalaciones del Colegio Francia en La Carlota. Era para que aprendiéramos ruso y otros aspectos de la cultura que heredábamos de él. Hacia los ocho u nueve me rebelé. Un día le dije a papá que no quería seguir yendo, porque yo era venezolana. Hoy aprecio su esfuerzo porque el ruso forma parte de lo que soy, pero como ingrediente vital de mi venezolanidad. Tan vital como el idioma que hablo y en el que pienso. El que define mi identidad en el mundo como venezolana e hispanoamericana. Identidad continental cuyo principal valor es el mestizaje racial y cultural.

Mi madre es venezolana así como mi nacionalidad, mi lengua madre es el español. Mi segundo y cuarto apellidos por línea materna son españoles: Ramírez y Rodríguez, el de origen indígena de mi tatarabuela se lo llevó la memoria, pero está presente en el fenotipo de mi familia materna, en mí y mis hermanas. Y no estoy incluyendo la parte africana también presente. Y mi familia ni siquiera es el mejor ejemplo de herencia española en Venezuela.

El que reniega de lo español como parte de su cultura e identidad latinoamericana, reniega de parte de sí mismo. Es como escupir para arriba. O poniéndolo en criollo, el que lo hace es que no quiere a su mamá.

Publicado en www.analitica.com

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