He estado desaparecida de por acá, pero es que no he parado de ver gente y andar de familia. Llegué ayer del Parque Nacional Morrocoy (para los no nativos son cayos o isletas con playas de aguas cristalinas y arrecife de coral) donde la pasé rico luego de una sucesión interminable de cenas y almuerzos los días previos. Ya me quedan sólo dos semanas de vacaciones en Venezuela y espero ver a todos aquellos a quienes quería ver.
Por lo menos, llegué a conocer a unos pocos blogueros vía cortesía organizacional de Topocho y compartir un poquito y constatar lo que se ve y lee en línea que es que son gente muy especial. Me faltan otros blogueros que ya contactaré personalmente. También me faltan amigos y alguna familia por ver.
Entretanto, me estrenaré en las maquinitas de votos este domingo y empezaré la preparación mental de tener que desprenderme de nuevo de lo único mío que es la familia, los amigos, esta ciudad de Caracas que nos marca para bien o mal, este país donde la palabra tragicomedia adquiere realidad.
No he tenido tiempo de ver prensa y he querido más bien empaparme de lo que veo alrededor y escucho de la gente. Ya escribiré de ello en algún momento, quizás cuando esté en Bangladesh viendo las palmas de coco desde la ventana tratando de recrear en la memoria el mar tibio de nuestras costas y el no sé qué de alegría, viveza, picardía, sinvergüenzura, y amabilidad confianzuda que caracterizan a nuestra gente para nuestro deleite o embarazo dependiendo de si lo vemos como cualidad o defecto. Que bien sea uno u otro, es siempre nuestro y no se encuentra en otra parte.
