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Nostalgia de hoy

Estás nubes sobre Caracas me hacen pensar en otros paisajes. Siento que no pertenecen a este valle. O quizás sea yo la que no pertenezca.

Tantas cosas malas están pasando que añoro algo de normalidad. En la que hacer un mercado sea algo trivial y no una situación en la que decidir qué comer sentencie tu economía familiar. O en la que ir a una farmacia no se sienta de vida o muerte. Añoro que la cotidianidad no sea una urgencia que nos deje heridas. Que las conversaciones entre amigos no sea el recuento de nuestras desgracias, sino un compartir de anécdotas de vida corriente.
Somos gente llena de diarias tristezas, de múltiples lutos.

Extraño un cielo mío, que sólo me haga pensar en lo bonito del día.

#cielosdecaracas
#cielosgram
#antelaventana
#pormiventana #skiesgram
#reflexióndetarde #elpequeñouniverso

Cansancio

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Estación de tren de Amberes

Este retorno es un cansancio que socava.
Inaprehensible, elusivo.

Cansancio de los afectos desbordados,
interminables decepciones,
cansancio del paisaje que se burla desde todas sus máscaras
y me erosiona subversivo.

Cansancio de volver, porque volver es un cansancio,
de la nostalgia terminal de lo que creíamos verdad y era mentira,
de lo que ahora es peor que una mentira, pero es verdad.

Cansancio de las rutinas irrelevantes pero imprescindibles,
de la vida que enervada se escapa.
de la mirada contenida en algún lugar seguro.

Cansancios que me clavan la cabeza en una almohada
y mi voluntad desahuciada sobrelleva.

En la Autopista Francisco Fajardo un atardecer en Caracas

La patria fuera del afiche

En la Autopista Francisco Fajardo un atardecer en Caracas

En la Autopista Francisco Fajardo un atardecer en Caracas

Las últimas semanas he tenido un debate interior sobre la permanencia en el país. Y luego recuerdo -así ha sido en mi vida y así creo- que no hay nada definitivo sino morirse y que si llega un momento para partir, siempre habrá uno para retornar. A la patria. Sí, a esa palabra tan antipática, entelequia que engloba la tierra de los afectos. Esa que construimos a nuestra medida con amor. No la que se nos impone en vallas y afiches militantes, la agredida con violencia desde corazones en cuatricromía acompañados de un eslogan que no tiene significado sólo por estar allí.

Creo que es importante recobrar el sentido de patria, la que es de uno, la atesorada dentro y por ello imposible que nos la roben. Me podrán decir que esa patria es ficticia y que me engaño, que es producto de algún tipo de disociación mental o negación emocional. Pero para mí todo lo que nos creamos para ser felices es lo real. Los enajenados son los otros, los que creen que la felicidad no depende de uno a pesar de los escenarios más aciagos, que no hay manera de evitar la agresión o de sanarla.

Cuando leo textos de gente que está fuera, que escribe mensajes de lástima -no solidaridad- por los que nos “quedamos”, me revuelve que se hayan ido con odio, decepción y renuncia.  Me perturba la idea de que no tengan un territorio del afecto, de la querencia. Otros escriben con ella dentro y la recuerdan unas veces cálida otras sangrante, pero consigo. La padecen en la nostalgia, pero saben que para ellos está allí, seguirá allí en ese espacio que les hace suspirar y saberla suya siempre.

Están los que dicen que no tenemos patria a pesar de estar acá, que la traicionamos por no abrazar un color político o rendir pleitesía a un líder. El intento de negarnos la patria, no es suficiente para cortarnos raíz. Por el contrario, se afianza más así, con terquedad. Sabemos que no somos extranjeros aunque nos insistan que sí, aunque nos traten de convencer que somos ajenos.

~/~

No es un pasaporte, ni una nacionalidad establecida en una partida de nacimiento, lo que nos da pertenencia sino lo que amamos en un sitio. Desde la familia y los amigos hasta los atardeceres, una montaña, los rincones de la casa de infancia, el árbol favorito del parque, el grito de las guacharacas y los loros, la impertinencia de algún piropo, la vista del mar Caribe, el humor, entre tantas otras cosas que nos caldean el alma. No se trata de tener una de esas listas de “orgullo nacional” basada en paisajes, comidas y rasgos de idiosincracia. El orgullo es generado por cosas más pragmáticas como logros de nación, que no son obvios, ni elocuentes, que no han sido, pues siempre tenemos ese dejo de vergüenza por todo lo que nos nubla por dentro, lo que no funciona, lo que nos ofende en los discursos políticos y lo que vemos de violencia en la basura regada, los muros rayados, el crimen sin sentido. En todo caso, la lista es de las cosas que nos conmueven y nos hacen sentir que tenemos un terruño nuestro, inalienable del afecto, y por las que siempre -aunque nos hayamos ido- tendremos esa certeza de poder retornar un día aunque no queramos.

Retorné queriendo. Y a pesar de sentirme inadecuada las más de las veces, de vestir pieles prestadas de otras tierras que son pequeñas querencias en mí, sigue ésta siendo la mía, la fundacional, con sus rollos, con sus dolencias y horrores, pero también con su belleza, con la paz que me otorga el estar en ella y la fe inamovible que le tengo aunque la esperanza me falle unos días.

No sé si a la vuelta del tiempo decida irme de nuevo y entonces me vaya quedando en otra parte como ya una vez me pasó, el asunto final es que mi patria es mía, buena y mala, terrible y fantástica. Me la hago yo y por eso nadie me la quita ni puede decirme si la tengo o no.

~/~

Esta reflexión tiene cerca de 3 semanas aquí y hoy la suelto, porque si no, se quedará atascada en revisiones que no tienen sentido en un blog como éste. La relación con la patria es orgánica, algo muy por encima de lo legal, aunque carezca de objetividad.

Estoy cansada de la carga política que se le ha impuesto a palabras que no debieran tenerla como patria, corazón, felicidad. Se han convertido en objeto burocrático, en panfleto. Ello representa un despojo al que no estoy dispuesta a someterme. Un determinismo ideológico amoral y ofensivo. Estoy cansada también de los que se dejan derrotar aquí o afuera y expolian esas palabras de su verdadero significado sumándose sin querer a la voluntad de los autócratas que padecemos.

Avenida de Dhaka, Bangladesh

Divagación del extrañamiento

Avenida de Dhaka, Bangladesh

Avenida de Old Dhaka, Bangladesh

Estoy perdida en mi propio mar. Eso es lo que pensé ayer cuando exploraba algunos enlaces de blogs venezolanos. Hay tantos blogs nuevos o relativamente nuevos de los cuáles no me había percatado. Pero igual me sentí hoy, cuando salí de casa a la oficina luego de repasar la prensa venezolana, los blogs noticiosos, y me puse a mirar con atención el paisaje del camino tan familiar que me es ahora y que al mismo tiempo me es extraño. Paso el puente del lago de Banani, veo a las mujeres con sus saris y kamises coloridos, los rickshaws atestando el tráfico con sus decoraciones llenas también de colores brillantes, y me volví a sentir perdida en medio del agua de mi consciencia.

En mi habitación me siento en mi país, cercana e integrada a lo que me ofrece señales donde reconocerme. Y no más poner el pie afuera me enfrento al asombro del mundo que no es mío. Al que visito y me aproximo todos los días sin poder aprehenderlo por completo.

Es un extrañamiento diario si no me inmunizo antes pensando que estar tan lejos es “business as usual”. Sólo con esta experiencia de vivir fuera, he podido entender la nostalgia perenne de mi papá y mi abuela. Mi abuela que dejó su Rusia a los 20 años y nunca más volvió, cuyo contacto con madre y hermanas era epistolar hasta que la Segunda Guerra Mundial se las llevó en el cerco de Leningrado. Mi abuela murió a los 93 años. 73 años sin pisar más su país de origen. Ya cuando hubiera podido, no quiso. No quiso deshacer sus recuerdos.

Venezuela es tan diferente ahora. Aunque he vuelto de visita en 5 ocasiones en estos casi diez años a veces leo vocablos y modismos que no me son familiares en los blogs, como por ejemplo la palabra bizarro. La leo una y otra vez en todas partes. Se usa ahora mucho, pero hace diez años estaba ausente de nuestro vocabulario.

Yo hablaba ruso con mi abuela. Sólo ruso. Y cuando me ha tocado hablar con rusos post-URSS me dicen que uso palabras o digo cosas de manera que ya no se usa. Me he percatado que códigos culturales que aprendí de los rusos emigrados en Venezuela ya no existen, rusos que eran y muchos siguen siendo reminiscencias de la antigua Rusia imperial zarista. Así que hasta cierto punto mantengo los remanentes, el reflejo desvaído de una nostalgia centenaria, heredada de alguna forma .

Me pregunto qué pasará con mi nostalgia, si mi extrañamiento se angostará algún día. O si, cuando regrese padeceré la nostalgia de las referencias que manejaba. Arquitecturas que ya no están, palabras en desuso, entre miles de pequeños detalles que conforman una identidad.

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En “modo” de viaje

Luz y oscuridad en Dhakshinkali, Nepal

Luego de haber pasado unas semanas medio mal porque no me sentía bien de salud, ayer de repente se me devolvió el alma al cuerpo. Quizás tenga que ver la inminencia de montarme en un avión este jueves para ir a mi último viaje a Botswana, por lo menos en lo que se refiere al proyecto en el que estoy ahora. Tanto de ida como de vuelta deberé pasar un día en Singapur así que aprovecharé para ir de shopping cultural. Comprar algún libro y ver películas.

El cumpleaños lo pasé en Nepal. Tranquilita porque el malestar me acompañó hasta allá y aunque me lo tomé con calma, aún pude tomar unas cuantas fotos que hicieron valer la pena el paseo. Les dejo una muestra.

Budhanath, Nepal

Templo del siglo 12 en Kirtipur, Nepal

Ofrenda de sangre en el santuario dedicado a la diosa Kali (Dhakshinkali) en los alrededores de Pharping, Nepal

Debo un pocotón de fotos en mi flickr pero no las he escogido aún ni optimizado. De Botswana tengo como 700 y de este último viaje a Nepal unas 200. Sin contar otras de Kenya y viajes pasados del 2007 que aún están pendientes, pero ya vendrán tengo el pica-pica de la ansiedad por no haberlo hecho.

Entre tanto siguen mis nostalgias, inventándome planes y proyectos por si un retorno futuro quizás cercano a Venezuela, en la expectativa de vivir el presente y tratar de sentirme bien aunque ya los niveles de saturación con Bangladesh están alcanzando sus niveles críticos… Son los síntomas de este modo de vida, el del expatriado. El primer año es excitación y maravilla, el segundo es adaptación y entendimiento, el tercero es sorpresa y decepción con apreciaciones sobre el país aún equilibradas, el cuarto es “done with it”, el quinto es desesperación por irte a un nuevo destino harta de todo lo malo y diferente. Créanme, la maravilla se agota. Con más viajes es que se le alivia a uno el espíritu. Así que tendré dos semanitas de terapia hasta el 9 de junio que estaré de nuevo de vuelta. Botswana me encanta y aunque no me vaya de safari esta vez, sé que la pasaré bien en medio de un paisaje más afín a mí.

Vista del parque-reserva Mokolodi (Mokolodi Game Reserve), Botswana

Milan Kundera

Ignorancia de Milan Kundera – traducción de un fragmento

Milan Kundera

Milan Kundera en 1980 – Foto por Elisa Cabot. Licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic

“La palabra griega para “retorno” es nostos. Algos significa “sufrimiento”. Así que nostalgia es el sufrimiento causado por el inquieto anhelo de retornar. Para expresar esta noción fundamental la mayoría de los europeos puede utilizar una palabra derivada del griego (nostalgia, nostalgie) así como otras palabras con raíces en su lengua nacional: añoranza dicen los españoles, saudade dicen los portugueses. En cada idioma estas palabras tienen un sesgo semántico diferente. A menudo ellas sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de retornar al país de uno: el anhelo de país, de hogar. Lo que en inglés es llamado “homesickness” o en alemán: heimweh. En holandés: heimwee. Pero esto reduce esta gran noción a solo su elemento espacial. Uno de los más viejos idiomas europeos, el islandés (como el inglés), hace la distinción entre los dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimprá: anhelo por la patria. Los checos tienen nostalgie derivado del griego, así como su propio nombre, stesk, y su propio verbo; la más conmovedora expresión checa de amor es styska se mi po tobe (“te anhelo”, “estoy nostálgico de tí”, “no puedo soportar el dolor de tu ausencia”). En español añoranza, viene del verbo añorar(sentir nostalgia), que viene del catalán enyorar, derivado asimismo de la palabra en latín ignorare (no tener conocimiento de, no saber, no experimentar, carecer o extrañar). En esa luz etimológica nostalgia parece algo como el dolor de la ignorancia, del no saber. Tú estás lejos y no sé en qué has cambiado. Mi país está lejos y no sé que está pasando allí…”

La novela Ignorancia de Milan Kundera trata de los desencuentros que padecen los emigrantes con su identidad, con los recuerdos y las personas que formaban parte del pasado. Una vez que regresan a sus países se dan cuenta que la idea que tenían formada en su memoria de tales no concidía con lo que encontraban. Ni la gente los extrañaba de manera relevante, ni tampoco hallaban de qué asirse para recuperar el sentido de pertenencia a la tierra que habían dejado atrás.

La novela está llena de atmósferas y situaciones con las que, si uno lleva tiempo fuera de su país, puede identificarse.

Ignorance. Milan Kundera.
Edición impresa en la India.
Penguin Books con Faber and Faber.
Londres, 2002.