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Mirar al cielo – en alto

Mirar al cielo

Cielo del 23062010 sobre Caracas

Ayer el cielo nos regaló una imagen rara de ver: la luna brillante en el crepúsculo acompañada de un arcoiris. En momentos de desasosiego uno debe permitirse ver el cielo. No es que haya respuestas en él, pero sí hay sosiego. No sé si es la profundidad de la altura que se pierde de vista. Si es el azul o los naranjas de atardeceres y despuntes del sol. Si son las nubes que como elefantes etéreos lentamente siguen una marcha sin destino final. Mirar al cielo es una plegaria aunque uno no crea tener fe. Me recuerda que hay todo un universo fuera y del cual somos sólo partículas. Partículas infinitesimales. Mirar al cielo sirve para guardarme, cuidarme de lo pequeño, de lo mezquino y también para agradecer todo lo bueno, desear en alto.

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En alto

me procuro un tiempo de artificios
en ausencia de las formas amables
de nuestros hábitos

el Apocalipsis nos ronda
nos acecha silencioso
tras la basura

es una bestia incansable
es la rabia en espera

temblarán las bases carentes de sólida raigambre
todo se derrumbará                 leve en la irrealidad

me guardo tras el cerco

de lo deseado

en alto

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La otra luna

Así como hay atardeceres mercúreos en Dhaka,
hoy la luna anda a medias y está guerrera.
Naranja en medio de un cielo negro sin estrellas,
denso como todos los cielos de Dhaka.

Está asomada como una sonrisa sin rostro,
o como un último molusco en un mar de pesadilla.

Los cielos más raros los he visto acá.
Los más extranjeros.

Pero la luna era la misma hermana de siempre.

Hoy es extraña.

No es la luna terrícola acostumbrada,
plateada y mística,
flotante.

La de esta medianoche está incrustada en la oscuridad con luz ominosa.

No sabía que la luna pudiera ser otra.

Cápsula de tiempo

Estoy en – cerrada.

He perdido la luna.

Mi vista no tiene ventana
donde perderse
en otra vida,
la de afuera
que indiferente
no cesa,
ni cuestiona
su propósito.

En esta cápsula
no hay noche,
ni día.

La bombilla suple,
pero no engaña
el sentido
de las horas

El interruptor
no funciona
con el tiempo
infernal.

Luna llena

Esta noche el rostro del cielo está erosionado.
La luna amarilla encandila a momentos.
Se asoma entre las nubes intermitente como el ojo encendido de un rostro anciano y memorioso.
Es noche de luna llena.
El lago brilla inquieto y yo extranjera en esta tierra africana me siento de ninguna parte.
La noche es completa, podría decir telúrica en homenaje a un viejo escritor de mi tierra natal.
Pero es tan solo una noche más de tantas de luna llena.
La noche está allí siempre al final del día.
A veces la notamos a veces no. Yo la olvido a veces también.
Pero otras salgo al jardín o me asomo a la ventana, a respirar el aire fresco, a oír los grillos y sapitos, a ver el cielo, a sentir el frescor nocturno, a imaginar las estrellas y entrar en mi trance secreto con la luna, presente o no.
Esta noche ugandesa podría ser en cualquier otra parte del planeta.
Es una noche como cualquier otra de luna llena.

Noche en Kampala

Esta noche en Kampala es de luna llena.
Mi jardín está lleno de esa atmósfera lechosa que me fascina cuando el astro femenino se encuentra relumbrante en el cielo.
Parece una noche de mitos sobre brujas, magia, encantamientos…
Historias de vampiros o de hombres lobo en busca de una presa.
Noche cinematográfica de nubes grises que de tanto en tanto ocultan el círculo fluorescente del satélite,
pasando raudas unas tras otras,
interminables.
Es ritual salir al jardín en noches como ésta
y bañarme de luz de luna
en silencio,
en paz.
Siento de alguna manera que estoy invocando poderes,
dioses,
deseos antiguos
hoy olvidados
pero misteriosamente presentes en esta atmósfera láctea.
Miro la luna y siento poder.
Crezco bañada en plata.
Miro la luna.