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Dhaka bajo hielo

Hace un par de semanas estuvieron cayendo lluvias con vientos huracanados. El cielo se encapotaba creando una oscuridad de eclipse y de repente reventaba el agua y se aparecía la ventolera furiosa. Pero peculiar fue la que además nos dió pequeñas metras de hielo, para luego en un arrebato arrojar golondronas, y después unas peñonas de más de diez centrímetros de diámetro. La gente alucinada corría en la calle a agarrar los trozos de frío y meterlo en bolsitas. Los jardines llenos de palmeras y verdes de trópico de repente cristalizados con los remanentes, que por supuesto duraron solo unos minutos, porque el calor sin dar tregua no se había retirado.

Y no se retira. Más de 35 grados que quieren su costrita momentánea de hielo.

Malasia 4 – De vuelta por estas sendas

Volví este sábado en la noche y el domingo al dar una vuelta por la prensa, me dí cuenta lo bueno que es despegarse por una semanita de la computadora y las malas noticias. En una semana solo le dí una mirada a mi correo y porque me encontraba en una tienda de computadoras conectadas a internet. Demasiadas malas noticias como retorno a la rutina. Otras que parecieran repetirse todos los días cambiando los números de muertos nada más, los atentados en Irak. Conflicto con el que nos aturdirán hasta la insensibilidad en los noticieros de CNN. Serio y complicado porque no es sólo acerca de la ocupación gringa. Nunca entenderé a los que en nombre de la libertad de un pueblo matan al mismo pueblo provenga del bando que provenga la violencia… En fin, el absurdo es demasiado grande para mí.

Noticias tristes otras, como la muerte del Chico Carrasquel, nuestro primer grande liga del béisbol. Siempre he pensado que los verdaderos héroes son los deportistas en nuestro país. Salen adelante sin ningún apoyo ni de colegios o universidades o instituciones deportivas, entrenando en su tiempo libre, rasguñando para viajar a eventos si no encuentran los patrocinantes o si la ayuda del estado para los mismos es insuficiente o inexistente. Y son los deportistas los que usualmente devuelven a su comunidad con pequeñas obras, con ayuda, con ejemplo y con humildad. Son los deportistas los que insuflan el espíritu y las ilusiones de miles de niños con la posibilidad del logro y la realización de los sueños, los que le alegran la vida a miles de personas alienadas por el trabajo muchas veces frustrante y sin perspectivas porque no pudieron tener mejores oportunidades. Vi en la prensa que el homenaje dado por la gente fue sentido. Una vez fui a casa del Chico en Sarría y vi que tenía un piso de su casa o la adyacente no recuerdo bien, llena de placas, copas, homenajes de todo tipo, desde unos dados por gente muy encumbrada con otros dados por representantes de pequeñas comunidades. Todos juntos sin distinciones ni sitios de honor en aquella galería casera. Recuerdo que se lamentó de que el estado ni las instituciones en Venezuela jamás daban ningún tipo de privilegio a sus figuras deportivas, nos comentó como tenía un boleto de oro para entrar a todos los juegos de la liga en USA así como una pensión de por vida (si mal no recuerdo) y como en el país una vez no lo querían dejar entrar al estadio que lleva su nombre. Sin embargo la queja no tenía amargura porque el cariño de la gente siempre estuvo con él. Ojalá pase al panteón de héroes de la memoria del afecto y no al de los del olvido por desidia.

Salir de Dhaka a un país como Malasia con una breve estancia en Singapur, es como darse un masaje y un baño de espuma para luego salir a meterse en un tráfico de la autopista del Sur pero con calor de 30 y pico de grados. El regreso se hace un poco traumático no sólo por el nivel de occidentalización que se deja atrás sino porque Malasia me recuerda a esa Venezuela de los 70 en “vías de desarrollo” que tanto se decía que era y en la que crecí. En esta ocasión tanto Lino como yo hemos sido víctimas de la nostalgia (aunque yo vivo en nostalgia eterna) y nos hemos llenado de expectativas para nuestro próximo viaje a Caracas. Yo con 3 años sin haber viajado para allá, Lino con casi 6.

Las fotos y alguna crónica, especialmente de Singapur las postearé en las próximas semanas. Entretanto, el guayabo me hizo proponerme no leer noticias todos los días y dedicar ese tiempo a mi blog, pintar y leer (no sólo blogs) sino los libros que andan pendientes y otros que compré en KL. Me atraparon unas memorias de Asimov, la primera trilogía de Ursula K. LeGuin, y un par de novelas de Philip K. Dick. Ando sci-fi en estos días y el contraste de ese imaginario con Dhaka me parece fantástico. Y necesario, el calor anda a más de 36 grados centígrados y la humedad intolerable, no queda sino encerrarse en el aire acondicionado con un buen libro.

Bueno, era sólo para decirles que ando de vuelta por estas sendas.

Malasia 3 – KL

Aterrizamos en KL a las 12 y media de la madrugada y llegamos al hotel casi una hora y media más tarde. El conductor del taxi (?) nos informó que si no hubiéramos contratado el transporte con antelación hubiéramos tenido que pasar la noche en el aeropuerto porque usualmente a esa hora no se conseguían ni autobuses ni carros de alquiler y mucho menos con la lluvia que estaba cayendo.

Así que de la llegada solo tengo el recuerdo de la típica conversación con el hombre sobre a qué países pertenecemos, qué idioma hablamos y que en Venezuela las mujeres son bellas porque así se ven en el Miss Universo. Es impresionante el que no haya parte en el mundo a la cual haya ido donde el referente de nuestro país no sea ese… y bueno, últimamente el presidente también, ya que con sus giras ha abarcado casi que todo el planeta. En Uganda el cambio de nombre del país hizo un pequeño centimetraje en la prensa local. Aquí en Bangladesh lo recuerdan porque le dio besos en los cachetes a la Primera Ministro, lo cual en la cultura musulmana no se hace con mujeres casadas o viudas como es el caso. Sin embargo con esta última salida mis thumbs up, al presi. Y no me vengan con lo políticamente correcto, que luego de año y medio aquí, y ver la profusión de gang rapes, violencia doméstica, asesinatos y torturas por reclamos de dote a esposas, y después de varias agarradas con todos los dedos de mis nalgas, que de paso no son nada como las de J-Lo, me parece una soberana hipocresía el conservadurismo en el trato a las mujeres… pero ya estoy ranteando.

En fin, llegamos a Kuala Lumpur.
Confieso que la llegada a la embajada me tenía nerviosa porque no me había comunicado directamente por teléfono con la cónsul sino con su ayudante. Tenía la aprensión de tantos cuentos escuchados y leídos sobre el servicio exterior venezolano que me daba nervio que pasara un inconveniente cuando todo el propósito del viaje era cambiar el pasaporte. No porque estuviera vencido sino porque por las múltiples visas etc tenía agotadas las páginas. El último me lo había sacado en Kenya en nuestra embajada -sin embajador hasta hace un par de semanas-, con el agregado a cargo, Noel Quintero, y la secretaria de la embajada, Hilda, una guatemalteca sensacional. Ambos nos atendieron de maravilla y la cosa se prolongó extramuros con cervecitas de por medio y continua correspondencia y otros encuentros en cada visita a Kenya.

En este caso la correspondencia con la embajada de Malasia fue fluida y de pronta respuesta desde Bangladesh. A mí se me vencía la cédula en abril y no cargo mi partida de nacimiento y aunque podía seguir con el pasaporte como lo tenía para viajes sin visa, para los que si necesitaría visado se me iba a hacer difícil si no imposible porque hay países que requieren páginas totalmente en blanco. Aparte de eso en Mayo me toca la renovación de la de Bangladesh y requieren de dos páginas. Expliqué todas estas cosas y no había problema.

Antes de llegar a la embajada pedí la dirección del banco donde hacer el depósito de los derechos consulares. No pude hacer el depósito en dólares sino había que hacerlo en ringuis que es la moneda de Malasia y significa dólar malayo. La equivalencia es de 3,8 ringuis por dólar US. Hice el depósito y me fui a la embajada.

Allí me atendió la ayudante y me dijo que esperara un ratico. Como a los 10 minutos apareció la cónsul visiblemente con cierta tensión en el cuerpo y dándome los buenos días. A lo que yo respondí con un ¡Ay, qué sabroso oír hablar venezolano! Creo que no pudo haber mejor rompedura de hielo. Pero igual me salió del alma. Acto seguido me enseñó las oficinas y la exhibición de artesanía venezolana que tienen en el corredor y una de las oficinas. La atención fue súper amable y efectiva y luego con más confianza me explicó que la embajada cubría unos 30 venezolanos entre Malasia y Tailandia y que era conveniente que me registrara en la de la India que es la que me toca. Que las relaciones con esos venezolanos no eran muy fluidas porque los veían como representantes del gobierno y no del país. A lo que yo le contesté (y en lo que creo firmemente) que antes que nada y por encima de cualquier cosa soy venezolana. Y que como sabía lo que es pelar y comer cable en un país ajeno al tuyo y mucho peor, donde sólo tienes la solidaridad de tu pareja y a los latinos y otros amigos que hayas tenido a bien encontrar alrededor, pues que le daba valor a tener gente de mi mismo país cerca sin importar las simpatías políticas. Ella concordó conmigo y pasó a contarme anécdotas donde la gente venía con arrogancia a pedir cosas hechas de un día para otro sin los recaudos completos etc., y como se traducía en esa tensión mutua. Y podía visualizar las situaciones a la perfección, porque cuando queremos podemos ser bien altaneros y déspotas olvidándonos de la más elemental cortesía. Sé que ella está haciendo un esfuerzo en unir a los pocos que se encuentran allá a través de cenas de beneficencia y otras actividades, lo cual me parece positivo.

La conversación luego se prolongaría en la noche en la que nos encontramos para una cenita de comida árabe en el centro comercial de las Petronas, el cual me hizo sentirme en el Sambil pero lleno de asiáticos (creo que leí alguna vez que al diseñar el Sambil se inspiraron en este centro de la Petronas, y si no, les digo que es bastante parecido, fue el propio deja vú). En la cena compartimos y disentimos en puntos de vistas porque obviamente soy antipática al gobierno, aunque encuentre más debilidades que fortalezas en la oposición. Pero todo dentro de la más absoluta cordialidad, risas y complicidad en esas cosas que nos unen a las mujeres como dónde comprar qué más barato.

El corolario de mi experiencia en la embajada fue conocer al embajador y una excursión a buscar la arepa. Al entrar al pasillo a buscar mi pasaporte, el embajador me ve y me pregunta que de dónde soy y yo digo venezolana y el me da un apretón de manos y un reconfortante: esta es su casa, mija, sabe? Y yo que sí, ya sé y mis dientes pelados de oreja a oreja. Con ese apretón de manos sellamos la certeza de sabernos del mismo sitio no importa qué. Luego de la recepción de mi flamante pasaporte bolivariano, pregunté si por causalidad no se conseguía harina pan por allí. Y que no une más que una arepita… la cónsul me dijo ya va, espera un momentico, y luego llegó con la oferta del carro del embajador-nada lujoso y de lo más estándar- para darme el aventón a un mercadito donde se conseguía un casi sucedáneo. Ese día lo tenían agotado pero pude comprar café que también es un lujo en Bangladesh donde los cafeteros tienen que conformarse con el infame instantáneo. Luego me dejó en la embajada de Bangladesh para buscar la visa de Mila. Y así pues concluyó mi periplo en busca del pasaporte.

Toda la experiencia me dejó contenta y esperanzada de que no todo lo que se lee en la prensa es incordio, diferencia, y antipatía del uno por el otro. Ya será cosa de reforzar o descartar esta impresión in situ, cuando vaya en los próximos meses a Venezuela. Pero igual creo que hay que hacer el esfuerzo por poner el lado amable y cortés a flote para ir hacia la concordia porque con el resentimiento, la chabacanería, y la arrogancia solo dividimos más al país. Y no, no se vale decir que ellos empezaron primero, ya no somos carajitos de primaria para estar con esos argumentos. En toda esta nueva fase del país han pasado cosas demasiado graves que eventualmente tendremos que revisar conjuntamente para lograr la reconciliación, pero para abrir el camino hacia ella hay que hacer un esfuerzo por entendernos el uno al otro.

De Kuala Lumpur no puedo decir mucho porque desde hace 3 años no iba a un país desarrollado y menos a un centro comercial de proporciones épicas. No salí del triángulo, embajada-hotel-Petronas. El hotel era 4 estrellas de alrededor de 50 dólares la noche. La conexión de internet desde allí era una barbaridad de cara a 1 ringui por minuto, pero era excelente. No encontré ningún cibercafé cerca. Lo que más me gustó del hotel fue el desayuno que era como en casi todos lo hoteles de buffet pero que contaba con comida china, malaya, japonesa y continental. Muy divertido desayunarse con lumpitas, huevos fritos, dumplings, etc., en una suerte de orgía gastronómica.

La ciudad quise reservármela para ir con Lino de exploración. Lo único que hice fue acercarme en cualquier chance a las Petronas y el centro comercial en su base, doblar el cuello a verlas a toda hora a ver qué tal con cielo azul, nublado o lluvioso -espectaculares de noche e imaginarme el vértigo de las escenas de Entrampment si hubieran sido reales-, tomarme un chai en Starbucks, entrar en la propia librería gigante y salir con libros inconseguibles en Bangladesh con los ringuis que me sobraban [Henry Miller, Amy Tan, Franz Herbert, me quedaron pendientes unos de Nabokov (sus mariposas) y Philip K. Dick y otros que no tuve tiempo de chequear si estaban allí]. Lo que hice con Mila allá en el tiempo libre de embajadas fue ver tiendas, ver tiendas, ver tiendas, comprarnos mariqueras que no tenemos a nuestra disposición en Bangladesh como buena ropa interior y echarme una peluqueada con un chino maravilloso que se llama Tommi y que cargaba el pelo de 3 colores y quien me hizo sentir como una obra del Louvre luego de terminar con mi cabeza. Uff! una maravilla estar en un buen capitalismo a la occidental con el toque asiático.

Malasia es uno de los países musulmanes que apuesta por un islamismo moderado y más liberal. Es un país consolidado por la convergencia de las culturas malaya indígena, china, india, japonesa, y de la vecina Indonesia y los ingredientes coloniales brindados por holandeses, ingleses y portugueses. Era una nota ver a las mujeres cargar su pañuelo en la cabeza del color que le combinaba con la ropa, agarrado con algún broche de pedrería espectacular, y con la cara sonriente y maquillada. Así como otras en trajes sastre de lo más corporativas en su hora de almuerzo. Esta última imagen me causó extrañeza luego de esar acostumbrada a ver a todas las mujeres en sari o sawaz kamise en Bangladesh, incluyendo a las extranjeras y a mí misma que ya me acostumbré a ponerme encima una dupata y kamises cortas -suerte de bufanda larga y camisa hindú a medio muslo- para camuflajearme. Pero aparte de deleitarme con la occidentalidad y el orden de Malasia, con sus calles pulcras, la vista de sus rascacielos y edificios de vidrio metalizado, me quedé anhelando ver la Malasia tradicional de la cual sólo tuve visiones fugaces en Langkawi.

Desde este sábado espero repetir parte de la experiencia con algo más de antropología y exploración ya que nos vamos Lino y yo para allá.. El va a KL en busca de su pasaporte y yo saltaré por dos días a Singapur a sacarme la visa y continuaré con él en KL. Lo que no sé, es si prometer el cuento porque no deseo dejarlos en suspenso otra vez…

Ranteo por un amor eterno

Estoy grabando rancheras de Juan Gabriel para la fiesta mexicana de esta noche en el club americano de Dhaka, y me acuerdo de tantas noches en Caracas donde alguien se aparecía con los mariachis de Las Mercedes a dar el serenatazo, cómo todos cantábamos a gaznate desnudo “Querida”, o cómo nos poníamos a llorar con Rocío Durcal cantando “Amor eterno” en recuerdo de su hijo muerto viendo Sábado Sensacional. Sí, lo confieso, yo me viví intensamente el pop-culture nacional.

Redescubrí con toda su intensidad a Simón Díaz en Uganda, a quien Lino y yo escuchábamos con la más acérrima de las nostalgias por el Llano, destilada al son de una tonada bajo la luna africana. Y así con Simón, a Gualberto Ibarreto, a la Serenata Guayanesa, y otros. Una delicia apreciar las cadencias de nuestra música luego de estar bombardeado por los falsetes de la música India o el exceso del ritmo africano. Cuando confesé a algunos panas en Caracas nuestros despechos nacionalísticos, todos andaban, pero y bueno, ¿Simón Díaz? Pues sí, no es gratuito que tipos como Gaetano Veloso canten sus canciones. Realmente es uno de los poetas de la esencia de nuestros llanos. Lo digo sin embagues. Quien no haya estado metido en un monte del Llano por, como mínimo una semana, íngrimo sin ver a nadie en días con la única compañía de la sabana y un río quizás no lo pueda entender. Y lo mismo digo de oír un polo o un toque de tambor a San Juan proveniente de nuestras costas o un calipso guayanés. Quizás es ese esnobismo seudoniuyorquino que invade a cierta “élite” (entre soberanas comillas) caraqueña que le parece de lo last y le eriza los pelos del cuerpo cualquier expresión sincera de amor al país de uno, la cuál no sé porqué para ella es como una suerte del summum del kitsch. Qué vaina.

Oigo a Juanga decir a cada rato en la grabación de su concierto en el Palacio de Bellas Artes, ¡Qué viva México! y me pregunto qué será lo que nos impide decir ¡Qué viva Venezuela! siempre y a pesar de cualquier historia, porque ese es un amor que debiera ser eterno y sacarnos lágrimas con hipo como con cualquier canción de Juan Gabriel y mucho más.

Malasia 2 – Langkawi

Aquí esta parte del cuento que debo del viaje a Malasia.

El objetivo del mismo era el de sacarme un nuevo pasaporte, porque el que tenía le quedaban sólo dos páginas inutilizadas por sellos secos de unas visas y además no es un pasaporte bolivariano. Me toca renovación de visa ahora en mayo y era urgente lo del pasaporte. Y las opciones estaban entre Nueva Delhi y Kuala Lumpur. Aunque me toca la embajada de la India, por el precio del viaje me convenía más ir a Malasia. Por su parte mi compañera de viaje Mila necesitaba renovar su visa. Hacerlo aquí es casi que imposible de manera eficiente y sin “gastos extra”. Me comuniqué por teléfono con la embajada para hacer los arreglos y asegurarme de que los oficiales de la embajada tuvieran tiempo disponible para atenderme. Hice mi cita y envié algunos de los recaudos por fax.

La cosa es que gracias a una oferta de Emirates y su agenda de vuelos podíamos extender el viaje por unos días y conocer la playa, así que decidimos ir primero a Langkawi un complejo de islas hacia el norte casi en el borde con Tailandia y de allí luego a Kuala Lumpur. Llegamos el jueves tarde en la noche a la isla y el domingo siguiente a las 11 pm saldríamos a KL (key el o kolomp la llaman).

El aeropuerto es sencillamente espectacular. Con un tren eléctrico automático que te conecta entre terminales, grandes ventanales, triples alturas y techumbres de formas sinusoidales sostenidas por grandes tubos en forma de Y. Afuera la vegetación se deja ver en todo su verdor rodeando el edificio. Adentro la comodidad, el lujo, el orden, la limpieza. Tiendas de diseñadores, Harrods, Body Shop, Tie Rack, etc. La verdad es que nada más el aeropuerto ya fue un buen inicio del viaje, un abreboca cuyo contraste con el de Dhaka (como congelado en los años setenta, con nada de atractivo en su arquitectura ni amable en instalaciones para el que viaja), me hizo entrar en humor de relajación y disfrute desde el principio. El aeropuerto de Langkawi, siendo un aeropuerto menor es como una versión reducida del de KL e hizo que la sensación de pisar mundo moderno se me acrecentara. Para este viaje no pude documentarme mucho. Las guías estaban agotadas en la librerías de Dhaka y no tuve tiempo para investigar en internet antes de embarcarme.

Langkawi
Esta isla se abrió al turismo en los ochenta con categoría de puerto libre y aunque no ha dejado algunos modos de vida tradicionales como el cultivo de arroz, la pesquería y la artesanía, es obvio que toda actividad se centra ahora en el turismo.

Por supuesto la nostalgia me invadió cuando aterricé en esta isla con excelentes carreteras, tiendas, y geografía que a ratos me recordaba la Isla Margarita o el Parque Nacional Mochima combinados en un extraño coctel de sabores asiáticos. Una isla central con montañas de granito terminando abruptamente en el mar y cubierta de selva húmeda tropical. Islotes que parecen rocas tiradas al desgano por algún gigante de tiempos remotos y cubiertas también del verde desbordado. El mar azul turquesa, a ratos verde esmeralda. La gente amabilísima y curiosa por saber de dónde vienes.

Llegamos a un hotel que no me gustó mucho y sin playa. Pero ésta estaba apenas a unos metros tomando la carretera absolutamente limpia y asfaltada que nos comunicaba con el resto de la isla por lo que realmente no importaba mucho. Sólo dormimos y desayunamos allí de resto las comidas las hicimos en restaurantes. La cocina que se encuentra es malaya, tailandesa, china y japonesa aparte del “junk food”. De la malaya solo intenté los satay (pinchos) con salsa de maní, porque en general es picante y el picante me mata el estómago… nada de viajar tan lejos para pasarla en el baño. Por eso en la exploración gastronómica soy medio pacata, pero tengo que admitir que me causaba curiosidad las combinaciones que veía de dulce (frutillas marinadas) con salado (suerte de anchoitas secas) y picante (chiles) sobre una suerte de papilla de arroz. Lo dejaré para la próxima vez.

Hay bastantes cosas que hacer aparte de ir a la playa y hacer compras en mercados o centros comerciales (compras que valen la pena si vienes de un país como Bangladesh donde la variedad es mínima). Hay un teleférico a la cumbre de la isla desde donde se puede apreciar el complejo de islotes y playas. No fuimos muy afortunadas porque la cumbre estaba medio nubosa así que solo pudimos ver parte de la vista. En la estación de tierra un complejo de restaurantes y tiendas, un zoológico para los pequeños y un lago artificial en el medio. La salida de este teleférico está solita dentro del vértice de la base de la montaña. Al salir hay que manejar un buen rato antes de encontrar algún poblado.

Hay un parque nacional acuático al que no fuimos porque era un tour de todo el día. No sólo haces snorkelling sino que estás en un barco con tragos, fiesta y piso de vidrio para ver el fondo. Hay un acuario, Underwater World, y opciones para ir a visitar los bosques de mangle, las factorías de los sarong pintados a mano (la tela típica que la gente se amarra a la cintura por estos lares), un sitio donde alimentan a las águilas pescadoras, una cueva de murciélagos, otra de cocodrilos, una granja de peces y las islas de los alrededores. Aparte del tour del paquete (sarong, teleférico y compras) Mila y yo tomamos el island hopping que incluía ir a una de las islas donde hay un lago de agua dulce en medio y que es motivo de una leyenda, ver las águilas alimentándose, y una playa de arrecife de coral en una de las islas. Para Mila era toda una novedad porque no había estado nunca en playas de arrecife, para mí un total banquete de algo que siempre añoro: la playita a la que estoy acostumbrada. Y sin embargo, a pesar de que me encantó y es bella no me pareció tan espectacular como en mi país. Pero el resultado de la visita fue el deseado. No sé cómo no me entró el estrés de estar en la computadora sino solo para enviarle un correo a Lino y decirle que todo ok en el frente. Tenía tiempo que no me sentía tan bien. Excelente hacer terapia de playa, compras y cotorra con una buena amiga.

Los sarong hechos a mano fueron algo que no pude dejar de adquirir. La técnica consiste en seguir el dibujo aplicando cera sobre la tela para no teñir esas porciones y sucesivamente se va aplicando el color en las distintas áreas donde se va quitando la misma. Me compré 3 de algodón pero los de seda eran para quitar el aliento. Coleccionar trozos de tela es una debilidad que tengo, donde quiera que voy compro y aquí no me pude resistir. También compré 3 trozos pequeños pintados de forma abstracta para mandar a montar. Sé que este quizás es un detalle un poco frívolo pero es parte del encanto de viajar, coleccionar cosas que en el futuro te recordarán la experiencia y formarán parte de tu historia.

Mila y yo llamábamos la atención por nuestro tipo. Ella andaluza total y yo el arroz con mango indiscernible. Un día volviendo de cenar el taxista nos preguntó si sabíamos hablar latín por como hablábamos y le dijimos que no, que hablábamos español y le explicamos que el idioma derivaba del latín así como el italiano, el francés y el portugués entre otras lenguas. Entonces nos preguntó si sabíamos el significado de “Pobre diabla” a lo que tradujimos el sentido de la expresión lo mejor que pudimos, y luego “La intrusa” y otro más que no recuerdo y nos comenta que entonces el latín es muy parecido al español y allí caímos en cuenta que el señor pensaba que en Latinoamérica se hablaba latín porque las telenovelas que nadie se pela en Malasia vienen de allá! La verdad es que la cosa me hizo gracia y nunca dejo de asombrarme del alcance y penetración de las mismas. Por supuesto le aclaramos el punto al señor, el porqué llamamos así a gran parte de América y el porqué hablamos español y portugués en nuestro continente.

La estancia en Langkawi fue placentera pero me causaba un poco de aprensión todo el asunto con la embajada por cuentos que le había escuchado a gente con las que tenemos en otras partes del mundo, pero la verdad es que hasta el momento todo había sido muy fluído por correo electrónico y por teléfono. Nos fuimos al aeropuerto con suficiente antelación para encontrar un retraso de hora y media por una tormenta que hubo en esa zona de la isla que trastornó todos los vuelos. Aterrizamos en KL a las 12 y media de la noche y llegamos al hotel casi a las 2 am, porque el aeropuerto se encuentra a más o menos una hora de la capital…

La experiencia en KL la relataré en otro post en un par de días. Aquí les dejo una vista de la playita y en cuanto pueda pondré algunas de las fotos en flickr.

Ranteo del clima

Está haciendo calor en Dhaka. Aquí de un día para otro la temperatura puede ascender dos grados. Esperamos hoy 34ºC y 76% de humedad. Ayer caí casi con un “heat stroke“. Un dolor de cabeza fuerte y con un peso como de una tonelada en la cabeza. Porque además el cielo está encapotado y parecieras estar en un baño de vapor todo el tiempo. Estos son los meses de más calor y hay que tomar mucha agua. Abril y mayo. Aquí la humedad llega a alcanzar 90 y pico por ciento, especialmente en la época del monzón cuando el calor también es agobiante pero con lluvia, pero eso no será hasta junio-agosto…

Me dio por hablar del clima como los ingleses porque hoy me sentí de ningún lado. El correo me trajo cosas urgentes para la oficina en Dinamarca. Ví la prensa local para seguir la noticia de un edificio de 9 pisos que se desplomó con casi 300 personas adentro. Una factoría de ropa. Las causas no obedecieron a ningún fenómeno natural sino a una construcción mala. Esto pasa aquí todo el tiempo. Los equipos de rescate ya tiene 48 horas quitando los escombros en un esfuerzo sobrehumano por tratar de sacar a la gente, pero sólo han podido remover un 7% de ellos. No hay muchas esperanzas. Cuentan con su esfuerzo y con algunas herramientas donadas por el gobierno de Estados Unidos luego de que les dieran un entrenamiento de respuesta en caso de terremoto hace un mes. De los 48 bomberos que hicieron el entrenamiento sólo pasaron 17, para un país de 140 millones de habitantes. ¿Habrá investigaciones para determinar responsabilidades? No se habla de ello. El dueño seguramente repartirá dinero a todo el mundo y se acabará el asunto. Los trabajadores son gente pobre. Los enterrarán y seguirán las cosas sin más porque esos muertos no son nada en este país con exceso de gente…

Veo mi blog y releo el post de anteayer. Un comentario. Será que no interesa el tema a pesar de que este de los blogs es un medio de autores [aunque no lo asuman así]. O que estamos hartos de lo que pasa en el país y se ha tirado la toalla en beneficio del pequeño universo de cada persona. Lo entiendo. Yo misma me lo cuestiono. Para qué, con gente con responsabilidad pública que dice que alguien no ha sido publicado por su color de piel. Ese señor llamó a todos los que tenemos o tuvimos que ver con el medio editorial racistas… así no más. Un escupitajo gratuito a quienes por años hemos bregado por autores, promovido su obra, colaborado en la profesionalización de libreros, editores, etc… Habiendo vivido en África y ahora aquí con compañeros a los que quiero y respeto de todas las razas, siendo yo misma producto de una mezcla singular me siento doblemente afligida por la ignorancia altanera de la gente que nos gobierna. Una ignorancia estúpida si es que algo así es posible.

Vine la semana pasada de Malasia -todavía debo el cuento-, donde obtuve un pasaporte nuevo. Volví contenta porque no sólo me atendieron excelentemente sino además porque estuve hablando en venezolano con gente mía y donde me recibieron con un “ésta es su casa, sabe?” y yo “sí, yo sé”.

Y ahora estoy que no sé donde estoy. Con un mapa en la mano, sin poder reconocer adónde pertenezco o debo ir…

Hace calor.