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Amanecer particular en este punto

Es un amanecer particular. Limpio de nubes. Los rosas y naranjas apastelados dejan surgir al sol contundente. Las montañas al fondo pasan del gris azulado a un baño naranja. La foto toma sus propios matices y es diferente a la visión que me abruma por su limpieza y esplendor. Las aves despertando, uno que otro vehículo que pasa le dan el fondo sonoro a la escena. Tengo dos semanas que regresé de Bogotá. He asistido a tres funerales, una amiga querida está en tránsito hacia su muerte porque la enfermedad pudo más y me llega la noticia de la separación de otra porque la infelicidad venció su voluntad de mejorar las cosas.

Veo el amanecer y me maravillo con su belleza. Pienso que hay algo de injusticia en la cortedad de la vida para no apreciar más momentos como éste.
Pienso en la muerte como la presencia definitiva que es en la vida y cómo la ignoramos, cómo la pasamos de soslayo y nos entretenemos en tanto asunto inútil, dejando ir amaneceres y cantos de pájaros sin prestar atención. Pienso que cada vez encuentro menos respuestas a todo.

Estas dos semanas han sido abrumadoras por esto y otros motivos adicionales, más domésticos y molestos que no vale la pena mencionar pero que han hecho de este amanecer en específico, uno importante en belleza y claridad.

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Divagación sobre la muerte – y poema de Guillermo Sucre

vastedad

La muerte se ha llevado gente querida por mí en estos días pasados. También algunas celebridades han muerto haciendo entrar en shock al mundo del espectáculo…  al mundo y punto debiera decir ya que han acaparado más tiempo en prensa que los usuales muertos de guerras y desastres naturales que nos deparan las noticias de todos los días. Las guerras que de tan comunes ya nos parecen una catástrofe natural. Luego los accidentes aéreos que han proliferado últimamente nos impactan por esa terrible metáfora que significa tomar un avión para no llegar a ningún destino, pero efectivamente haber partido. Los muertos de fin de semana en Caracas son un número que se “canta” cada lunes como si fuera una lotería, que Dios mediante, al saberlo uno agradece no ser parte de ese número pero se muerde los labios cuando aparece cada siete días como una amenaza latente.

La muerte está siempre al lado nuestro. Camina al lado nuestro porque es una posibilidad diaria. Uno no la piensa, uno no está consciente de que la vida es un proceso hacia la muerte. La muerte no es un suceso súbito e inesperado. Es lo que queremos creer, pero es hacia esa meta hacia la que avanzamos en la vida. Los budistas tibetanos pasan el tiempo preparándose para ese momento porque es la gran oportunidad de mejorar el karma para la otra vida o de alcanzar el nirvana. Dentro de nuestra cultura occidental, algo más materialista y pragmática, la vida se hace corta para alcanzar todos los sueños porque la muerte nos los trunca, incluso si llegamos a avanzada edad. Cómo quiera verse la muerte está con nosotros siempre. Y siempre es evadida, y siempre tenemos esa noción de que es sorpresiva, de que no habría que esperarla. De que quizás la podamos burlar.

Y he aquí que me topo con este poema de Guillermo Sucre sobre ella y me da cierto sosiego, dentro del ánimo algo fúnebre que me envuelve estos últimos días. El poema es del libro La vastedad. México. Edit. Vuelta, 1988. P 23-24. Se puede encontrar en la Biblioteca Central de la UCV, bajo la cota PQ8860S94V3. Agotado en librerías hace tiempo.

El poema fue publicado-rescatado por la Revista El Salmón, revista de poesía, en su segundo número que toma de este libro, el nombre para esta edición. El artículo Conciencia de los sentidos de Roberto Martínez Bachrich reflexiona sobre esta obra de Sucre.

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and to die is different from what anyone supposed
W.W

Sólo la muerte tiene sentido

todo recobra su justa rotación como el pensamiento
cuando morimos
el cuerpo merece entonces ese esplendor y también
esa lenta respiración del mundo
en el verano

por primera vez vemos la vastedad
por primera vez el alba nos despierta con la arenisca
de la infancia
el vacío hace ahora el espacio de la casa y le devuelve
la profundidad de lo frágil
un muchacho recorre con sus manos las pulidas espirales
de la mecedora al mediodía
se mece en el sopor que nos hace más lúcidos
los helechos la humedad humeante del patio
y allá lejos el cotoperís espaciosamente mudo
la parra tramando la soleada caligrafía
de la soledad

qué no nos pertenece ya que pueda desposeernos de lo
que nos posee
somos la fijeza el último brillo donde empieza
la larga intemperie
ese lenguaje que todos hablamos
sin reconocerlo

morir no es un vértigo un abismo una incandescencia
sino el reconciliado orgullo
caen las máscaras y ya no hay rostro o el rostro
es la máscara que no cae
el mil veces expuesto signo que nadie
descifra

ni este mundo ni el otro ni éste ni el otro
espejo
ni memoria ni olvido
morir es la sola solitaria fresca posesión de la piel
que fuimos desollando
la memoria que el olvido recuerda

a Efraín, a Gonzalo

Guillermo Sucre

A veces los dioses – Jorge Sayegh

PEROGRULLO: la única certeza es la muerte.

A veces los dioses son condescendientes contigo y acceden por un momento a que te enchinchorres en la sonrisa de la vida. Puede parecer divertido para uno, pero, cuando comienza a aburrirles tu felicidad, juegan con tus sentimientos como niñito malcriado con su peluche más desafortunado.

A veces tienes la suerte de encontrar el mayor tesoro de esta vida: alguien que te ama. Ojo que no estoy diciendo alguien a quien amar, eso depende de nuestra decisión. La mayoría podría merecer nuestro amor, porque como humanos, si queremos ser más felices, debemos ofrecer lo mejor. Filtrar esa maraña de sentimientos encontrados que llevamos dentro del pecho y que, una vez depurada, sólo puede llamarse amor. Así, a veces, con la gracia de un hechizo lanzado al azar, alguien decide amarte por sobre todos los demás. No olvides entonces agradecerle cada día a los dioses, pues se ofenderán si desprecias su condescendencia contigo.

A veces tienes la suerte de esforzarte en hacer algo que te gusta. A veces lo haces bien, incluso tan bien hecho que te sientes parte especial del universo infinito y que tu labor de hormiguita en el engranaje celestial es mucho más importante que las estupideces que hacen los demás. ¿Mucho más importante que qué?… ¿que quién? No importa. Pero tu vanidad crece como globito colorado de fiesta infantil con leyenda ridícula. Si tienes suerte, tarde o temprano los dioses te pincharán con la agudeza de su divina creatividad para que explotes. Si no, te soltarán el nudito y se carcajearán mientras vuelas sonando a ventosidad, sin poder elegir dónde realizarás el aterrizaje forzoso.

A veces encuentras en los ojos de un niño nuevo, recién salido de fábrica, la alegría olvidada de un amanecer dominguero en la playa, cuando el futuro no era algo que ibas a construir, sino una promesa que te favorecía. Entonces sólo puedes dar lo mejor de ti, porque de lo contrario ese angelito cariñoso se convertirá en un monstruo egoísta, envidioso, cobarde y manipulador. Y en eso los dioses no tendrán la más mínima responsabilidad.

A veces tienes la suerte de que dos guacamayas decidan pasear una muestra gratis de la historia de su amor eterno volando sobre tu cabeza mientras se cuentan los chismes del final de la tarde. Chismes que sólo los dioses entienden.

A veces los dioses te regalan a alguien que piensa en ti y te solicita. Y tú lo pospones y te ocupas de otros y pones en espera a ese que siempre te recuerda con esperanza. Y pasa el tiempo. Y entonces lo olvidas. Lo olvidas hasta que los dioses te arrean a su recuerdo, como al ganado hasta el lugar donde sólo queda experimentar la inevitable realidad del matadero. Y cuando quieres enmendar es demasiado tarde.

A veces todo se te va en un abrazo. En un último beso. En un último suspiro.

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[Leí esto en El Universal donde Sayegh es columnista, hace un par de días y quería compartirlo con ustedes porque me gustó mucho. También quería conservarlo aquí para que no se me pierda en el océano de bookmarks de mi browser. Espero que lo disfruten.]

Divagación sobre la vida y la muerte

Hoy nos enteramos que hay un miembro nuevo en la familia y que perdimos a otro. Estos dos acontecimientos han sucedido en el transcurso de las dos últimas semanas. Del impacto y la tristeza de la pérdida a la alegría de la llegada. Una personita que en el futuro sabrá de la otra que se fue solo por referencia. Dos personas conectadas así al azar en la misma familia por la anécdota.

Cuando hay una pérdida así de súbita siempre me ocupa el tema de la memoria y la permanencia así sea como un recuerdo. De allí el post de días pasados sobre los diamantes.

Esta inquietud siempre ha estado conmigo pero ha sido más definitiva desde que presencié en Nepal una cremación a las orillas del río Bagmati que desemboca en el Ganges y que atraviesa el complejo de templos de Pashupatinath.

 

Cremación en el templo Pashupatinath, Kathmandu - Nepal

Cremación en el templo Pashupatinath, Kathmandu – Nepal

Luego de la ceremonia de despedida (chantings, ofrendas al agua, etc.) en unos leños acomodados de manera que forman una suerte de cama, el cuerpo es colocado tapado por una tela cubierta a su vez de paja seca. A eso se le prende candela y ya. El fuego dura como dos horas y pico en consumir todo. Una vez terminada la ceremonia los dolientes se han ido y queda sólo el encargado de finiquitar la cremación. Este revuelve los restos y se asegura de que todo quede bien quemado y reducido a cenizas. Vimos como hacía esto y es impresionante en lo que termina un cuerpo que vivió toda una vida, amó, sufrió, disfrutó, rió, lloró, etc.: en restos ensartados en una vara siendo acomodados entre los carbones prendidos para que sean consumidos totalmente. Una vez que sólo hay cenizas, sin ninguna contemplación son barridas al agua por el cremador quien se dispondrá a acomodar otra cama de leños para el siguiente cuerpo.

El humo ocupaba todo el aire y el olor a parrilla -porque amigos así es como huele-, se me impregnaba en la ropa, el cabello y/hasta en el cielo de la boca. Y entre que tenía hambre, el olor y saber de donde venía, casi me voy en arcadas y entendí el porqué los hindúes no comen carne. La combinación de sensaciones físicas y sentimientos me provocó una revulsión síquica. Me hizo constatar el hecho de lo insignificante que somos en el infinito del universo, cuyo propósito no sé si alguna vez la humanidad alcanzará a descifrar, si es que tiene alguno.

Aunque lo que describo no es nada atractivo, en contraste a lo que vi que era una escena de lo más cotidiana para los locales presentes de paseo, había niños refrescándose en el agua saltando y haciendo maromas al lado de donde el cremador tiraba las cenizas… La muerte como parte de la vida.

Los budistas llaman a esta energía que hace que vivamos y pensemos, la naturaleza de la mente, los cristianos y demás religiones monoteístas, alma. ¿Los 21 gramos famosos que se pierden al morir? No lo sé, pero lo cierto es que un cuerpo sin vida no es sino eso, un cuerpo sin vida. Una cascarita. De la que se dispone de forma expedita, profiláctica y sin mayores aspavientos en los países que practican el hinduismo.

Alma, mente, 21 gramos que regresan en otra próxima vida a ver si aprendieron algo en la anterior y siguen el camino para llegar a ser seres perfectos e iluminados, un santo, un buda, quizás solo la comprobación de que la energía fluye continuamente transformándose una y otra vez durante ciclos, materia-energía-materia-energía por siempre.

Y así como llegamos, nos vamos un día, sin más.

Venimos de la noche y hacia la noche vamos [Gerbasi]

Cuando muera quiero ser un diamante

Hace años decidí que cuando muera quiero que me cremen, por razones prácticas y hasta cierto punto existenciales.

Las prácticas obedecen a que me parece absurdo gastar dinero en tener tumbas y someter a los deudos de uno a que las mantengan. Deudos quienes nos recordarán con cariño hasta el nivel de nietos. Después de eso formaremos parte de la memoria familiar, y sólo si llegamos a merecerlo, es decir, si de alguna manera creamos una mitología de nosotros mismos que valga la pena recordar en el futuro. Hagan la prueba y traten de traer a la memoria algún cuento de sus bisabuelos o tatarabuelos a ver cuántos pueden recabar. Ni se hable de tíos abuelos o primos abuelos, etc. Además traten de recordar dónde se encuentran enterrados y con cuanta frecuencia los visitan. Si tienen éxito en obtener recuerdos e información, los felicito. Sin embargo, me atrevo a afirmar que la mayoría no tendrá éxito en esa prueba, fundamentalmente por lo diverso de nuestros orígenes y la extensión de nuestras familias.

Me salí del punto de señalar la impracticidad de una tumba lo cual, en suma, se refiere a dinero, obligación y duración en el tiempo en el recuerdo de nuestras familias y amigos.

Las razones existenciales.
Para mí el cuerpo es una cascarita. Cuando he visitado la tumba de mis familiares nunca he sentido que los he visitado a ellos. Me siento absurda enfrente de una cruz de piedra o una placa en la grama tratando de orar o hablar con ellos cuando la conexión siempre la tengo donde esté … a excepción justamente de sus tumbas. Por supuesto esto es una experiencia muy personal que tiene que ver con mis propias creencias.

Para mí la cascarita debería integrarse de nuevo a la tierra siguiendo el ciclo que la naturaleza dicta, en vez de estar aislada en una caja que se lo impide.

La vanidad también juega un rol en mi adversión a los ataúdes y ser enterrada: la idea de que me pongan algodón en los orificios y me inyecten formol para verme bien en el funeral ¡sencillamente, me crispa! Por lo que aparte de que me cremen lo más rápido posible, no deseo que me muestren tampoco. Más si estoy vieja y chuchumeca.

Pero luego de haber decidido esto hace tiempo, siempre he visitado las opciones de qué hacer con las cenizas y no me he decidido… Echarlas al mar, de repente en Mochima o Los Roques; o en el río Cinaruco donde he pasado tantos buenos ratos, o en el llano o en la cima del Santo Ángel o sembrarlas en la tierra con semillas y parir un árbol, o si sigo en el extranjero que las echen en la costa de Zanzíbar, uno de mis sitios favoritos en el mundo, pero este último puede ser un costoso capricho post-mortem dependiendo de donde me muera.

Ayer me vino todo esto a la mente de nuevo cuando leí en un artículo hace años la explicación de que con ocho onzas de nuestras cenizas y el carbono contenido en ellas se pueden crear diamantes sintéticos. Y esto me pareció genial. Una vez muerta y estropeada ser condensada en algo bello y casi eterno como lo es un diamante. Algo que se puede lucir y en caso de emergencia vender. Así que hasta en la posteridad se pudiera ser útil. Y en vez de ser un gasto, uno se convierte en una inversión. Pudiera parecer insensible o hasta macabro, pero si lo piensan bien es práctico.

Se imaginan por ejemplo si enviudan cargar al marido en el cuello guindando (así te quería ver, pajarito) en tremenda piedra de 1/2 o 1 carat montada en un pendiente de oro o platino. O en el caso viceversa, nosotras en un hermoso alfiler de corbata o anillo para nuestros maridos o hijos. Posiblemente a los precios de hoy cueste casi lo mismo hacer esto que tener una tumba con la ventaja de que se puede lucir y, como ya dije, en caso de emergencia,vender. No hay que hacer mantenimiento ni ir a ninguna parte porque estamos siempre allí brillando en un joyero o en alguno de nuestros seres queridos y eventualmente en descendientes que no conocimos.

Todavía no estoy cien por ciento segura pero creo que cuando me muera quiero ser un diamante. ¿Pero qué hacer con el resto de mis cenizas si solo usamos ocho onzas (pensando en el diamante más chico)? Otra idea que me gusta: mezclar las cenizas con concreto en un bloque y echarlo al mar para promover la formación de corales y micro-ecosistemas marinos. Así evitaría las dos cosas que más me aterran de la muerte, el olvido y no volver a la naturaleza. Porque cómo olvidarse que el diamante ese, es abuelita y que en alguna parte en Morrocoy hay un pequeño arrecife gracias a ella. Eso me da nota. Claro que si me muriera todavía joven, no quisiera estar en el anillo de la futura nueva esposa de mi viudo, o que ella por “accidente” me perdiera o líbreme Dios terminar en el bolsillo de un choro luego de un secuestro express. Pero esas son contingencias que quizás se puedan solventar con un testamento.

Para los que encuentren esto serio y les interese, o les parezca broma y les divierte aquí esté el enlace de la compañía de los diamantes en Estados Unidos con toda la información y acá otra en España. También he leído sobre cenizas en el espacio lanzadas en cohetes o dispersadas con fuegos artificiales en el aire, pero esos métodos para disponer de las cenizas no me cautivaron tanto.

Aunque no me molestaría que enterraran mis cenizas en la Luna… Mmmm.