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Guerra es más que una palabra

streetinnairobi

Una calle de Nairobi, cerca de Westlands

Y mientras preparamos todas estas cosas de encuentros y recitales en Caracas para esta semana, tomo más conciencia de lo ocurrido en Kenya. El mall donde fue el ataque era al que acostumbraba ir con mi esposo al supermercado, al cine, a comer, durante los meses que pasé allá. Me entero por facebook de que una amiga de nuestro círculo ha sido ya operada dos veces víctima de los ataques y que en un hilo salvó a sus hijos pero cayó herida.

Ya yo no sé de qué material está hecho el mundo, es éste donde personas se convierten en verdugos por una causa que realmente no lo es. ¿Qué causa puede justificar la muerte de gente inocente? Un poeta ghaniano, Kofi Awoonor, de visita en Nairobi cayó víctima de los tiros con su hijo. Él murió y su hijo sobrevivió.  Awoonor es el autor laureado de un libro llamado Songs of Sorrow, entre muchos otros, del cual el New York Times cita un fragmento de uno de los poemas, y hoy que hablaremos de paz en la librería El Buscón no puedo sino pensar en esta Caracas nuestra en guerra, en esta Venezuela en guerra, en el sinsentido de cuerpos cercenados y torsos que fueron vaciados de su corazón. Guerra es más que una palabra y no es una herida pasajera.

The rain has beaten me
And the sharp stumps cut as keen as knives
I shall go beyond and rest,
I have no kin and no brother,
Death has made war upon our house

Kofi Awoonor, fragmento de Songs of Sorrow

Traducido al voleo:

La lluvia me ha golpeado
Y los afilados tocones cortan tan determinados como cuchillos
Iré más allá y descansaré,
No tengo pariente ni hermano,
La muerte ha hecho la guerra sobre nuestra casa

Amanecer slide 2

Apuntes para un foto-poema

Amanecer slide 1

El amanecer está amarillo naranja intenso hoy.

A pesar de alguno de mis dolores,

de las incomprensiones y desencuentros,

estoy en paz

Amanecer slide 2

Y progresa este amanecer sobre este valle recoge lágrimas,

que nos acuna y violenta.

¿Qué es una partida sin un retorno?

Los que se van dejan orificios sin posibilidad en el alma,

como disparos.

amanecer_agrisado

Pasa que el día llega y se agrisa en la realidad de los desencantos.

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Sobre La Paz y La Esperanza

También tuvimos una trinitaria morada en el jardín. Esta la tomé en Lombok pensando justamente en casa.

La casa donde crecí y viví por 26 años, se llama La Paz. En estos días pensé que si llegaba a tener una casa la llamaría Esperanza. No sé por qué me vino esa idea a la cabeza.

Mi papá construyó la casa donde vivimos mis hermanas, mamá y yo, antes de casarse para vivir con mi abuela “babuña”. Recuerdo una vez que alguien le preguntó a ella por qué la casa se llamaba así. Y mi abuela le contestó que porque finalmente con esa casa y aquí en Venezuela había conseguido la paz. En esa casa mi abuela vivió los últimos 27 años de su vida de noventa y dos. Y fue la casa en que vivió más tiempo. Su vida fue una mudanza perpetua, una huida, una migrancia. Ni siquiera en su juventud disfrutó de su casa materna. A los 18 años estaba en Odessa, lejos de su madre que vivía en San Petersburgo. En Odessa se quedó hasta sus 20 en que se fue a Constantinopla, huyendo de la revolución que se expandía con fuerza en toda Rusia en medio de una guerra civil. Más nunca vio a su madre ni a sus hermanas. Y en ese desamparo, se casó en Turquía con otro ruso, el abuelo Vladimir ex-oficial del zar. Luego se fue a Alemania donde tuvo a papá, a Polonia donde le crió y pasó parte de la guerra, y por último a Austria en un periplo de unos veintitantos años. A Venezuela arribó en 1947 y continuó con la errancia junto a su hijo, ya viuda, por distintas ciudades del país hasta el 64, año en que estrenó la casa donde murió y en la cual nos brindó su amor y entrega.

Para mi padre tenía un significado similar el haber construido su casa. Fue el sueño de su vida luego de una juventud sincopada por la guerra y la adaptación a un trópico generoso con el cual congenió sin obstáculos. Nuestra casa era su templo. Tenía un taller en la terraza, donde pasaba sus ratos haciendo carpintería amateur, se vacilaba la fronda de los árboles que rodeaban la casa, a los cuales permitía crecer en desordenado azar, “vamos a ver qué es esa matica que está saliendo allí“.  El jardín era gigante en mi niñez y fuente de aventuras atrapando grillos o ranitas y corriendo con los perros. Era el campo de juegos de papá también, empeñado además en hacerlo medio conuco sin mucho éxito. Hasta yuca tuvimos sembrada.

Los domingos eran de cocina para mamá, que pasaba la semana en la universidad entregada a su trabajo, con la eventual visita de amigos que se apoltronaban en la sala, a veces inesperados, tal y como luego se apoltronaron muchas veces por días nuestras amigas de infancia, adolescencia y ahora madurez. A pesar de las muertes hace ya muchos años de mi abuela y papá, de los cambios, la desaparición del conuco para dar paso a un ordenado jardín de grama, y la constante acumulación de objetos -dada por los viajes y mudanzas de mis hermanas y míos- que le otorga, algo así como un desorden encantador, la casa sigue siendo un centro, un anhelo heredado.

Uno a veces pierde de perspectiva lo que es una casa. La casa es el nido donde crecemos, es el habitáculo de nuestros sueños íntimos, nuestras aspiraciones y pequeñeces. Donde somos imperfectos libremente y esa es nuestra felicidad.

Creo que mi deseo de tener una casa llamada Esperanza, es porque perdí paz, me hallo desorientada en el remolino de esta vida, y los sentidos andan desencontrados. Tengo certeza de los afectos, la memoria de lo que quiero, pero el mundo confunde, los espejismos confunden.

Esperanza de claridad.

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Paz momentánea

esplugues

[Calle de Esplugues de Llobregat]

Hoy el cielo está azul y sin nubes.

Camino tranquila en este mediodía de entrada al invierno, por las calles de Esplugues de Llobregat, en las afueras de Barcelona. Sigo el curso de algunas calles y un pequeño boulevard hasta llegar a una panadería-café casi vacía. Las mujeres que atienden el local quizás comentan sobre las vidas de sus vecinas, por lo poco que logro entender. Al fondo, un hombre solitario toma un café. Al frente un mujer también sola, toma su cortado con un bocadillo, mirando la calle a través del ventanal de la fachada y de tanto en tanto apunta algo en su pequeño cuaderno.

Esa mujer soy yo, tratando de dilucidar esta paz momentánea, buscando entender por qué la misma asalta, así de repente, y nos invade convenciéndonos de que, a pesar de los horrores del mundo, la belleza del amor prevalecerá y que todo, todo al final, estará bien.