Mes: junio 2010

Mirar al cielo – en alto

Mirar al cielo

Cielo del 23062010 sobre Caracas

Ayer el cielo nos regaló una imagen rara de ver: la luna brillante en el crepúsculo acompañada de un arcoiris. En momentos de desasosiego uno debe permitirse ver el cielo. No es que haya respuestas en él, pero sí hay sosiego. No sé si es la profundidad de la altura que se pierde de vista. Si es el azul o los naranjas de atardeceres y despuntes del sol. Si son las nubes que como elefantes etéreos lentamente siguen una marcha sin destino final. Mirar al cielo es una plegaria aunque uno no crea tener fe. Me recuerda que hay todo un universo fuera y del cual somos sólo partículas. Partículas infinitesimales. Mirar al cielo sirve para guardarme, cuidarme de lo pequeño, de lo mezquino y también para agradecer todo lo bueno, desear en alto.

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En alto

me procuro un tiempo de artificios
en ausencia de las formas amables
de nuestros hábitos

el Apocalipsis nos ronda
nos acecha silencioso
tras la basura

es una bestia incansable
es la rabia en espera

temblarán las bases carentes de sólida raigambre
todo se derrumbará                 leve en la irrealidad

me guardo tras el cerco

de lo deseado

en alto

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En día de pausa

Hoy es un día de pausa. Reflexiono con la ventana abierta al día que me escamotea al sol de tanto en tanto.

Desde hace meses siento que fluyen demasiadas cosas en mí: preocupaciones, trabajo, amistades nuevas, amistades viejas, libros leídos y por leer. He tenido satisfacciones plenas como participar en un recital poético, el primero; de un taller de poesía con Armando Rojas Guardia, y gozar de la continuidad de Literaria Blog actividad a la que me he visto más comprometida de lo que esperaba, pero feliz con ese compromiso (sabroso sólo reunirse para escuchar a autores leerse). También me he visto expuesta a algunas mezquindades, pequeñas aunque molestas, que han irritado mi temperamento, porque, realmente, hubiera querido que mi proceso de retorno a Venezuela se hubiera visto libre de ellas.

Quizás me he acostumbrado demasiado a la ermita que me construí viviendo fuera. Una ermita personal. En esa ermita hablaba, leía y escribía en español. Fuera de ella sucedían los países extraños, las historias inusitadas de amigos y conocidos de esos lares, que pasaban en otras lenguas o en otras variaciones del español. Siempre fui forastera a pesar de saber adaptarme a las circunstancias, habilidad que no sabía que tenía hasta que me fui de Venezuela hace 11 años. Y he aquí que retorné y me adapté, pero aún soy forastera y aún me cobija la ermita, porque fuera sucede un país extraño, mis amigos viven historias inusitadas y absurdas, incluso a veces hablan otra lengua, diferente a la que conocí.

Y siento ganas de huir, pero adónde. La ermita no me abandonará. Ni la sensación de extrañeza.

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