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Mi paraíso natural: Zanzíbar

Hace unas semanas atrás, Carmen invitó a varios blogueros -incluyéndome- a participar en un meme sobre el lugar paradisíaco natural favorito de cada uno de nosotros. Mis primeros lugares favoritos se encuentran en Venezuela, como el llano en las riberas del Sinaruco Cinaruco, el Salto Ángel y Canaima, y Mochima. Y mi lugar natural favorito desde que estoy fuera es Zanzíbar, que es de donde tengo fotos y recuerdos recientes. No es nada más la playa lo que me fascina sino todo lo que la naturaleza determina a la gente del lugar dando la impresión de que toda la isla, sea en la ciudad, selva o mar, es un paraíso natural, donde hombre y entorno conviven integrados y sin molestarse el uno al otro.

Rescato un artículo que escribí hace algún tiempo y que no había publicado aquí. Luego de unos breves cambios se los presento porque sigue reflejando lo que me transmite la isla, la cual por sus paisajes y su gente es uno de los sitios que más me gusta de los que he tenido la suerte de visitar.

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El sueño de vivir en Zanzíbar.

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[Kilimanjaro desde el avión – 2002]

Al viajar a Zanzíbar por avión, todas las veces el Kilimanjaro sirve de abreboca y despedida en la ruta. Solo esta vista ya amerita el viaje. Pero al pisar tierra en la isla se sucumbe siempre a su encanto. Otra leyenda.

Zanzíbar la isla de las especias, de princesas árabes rebeldes, uno de los últimos reductos del infame tráfico de esclavos, la isla de donde partió Livingstone buscando las fuentes del Nilo sin encontrarlas, y de donde partieron también Speke, Burton, Stanley y tantos otros exploradores del Africa Oriental. La isla del kiswahili, idioma del hakuna matata (no hay problema), originado por la combinación afortunada de las culturas árabe omaní, bantú, portuguesa, recibiendo posteriormente influencia india y, por supuesto, la de la colonización británica. La isla donde nació Freddy Mercury -el cantante de Queen-, la isla a quien Billy Joel le dedicara una canción, para citar también referencias más recientes.

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[Livingstone House- 2004]

La palabra portuguesa relentoso o relentar, no me cobra tanto sentido en ninguna otra parte como aquí. El tiempo pasa pero no pasa. La vida se toma a otro ritmo, como si estuviera marcada por el navegar parsimonioso de los dhow con sus velas agudas pero henchidas tratando de cortar el cielo en medio de la vastedad azul esmeraldina del océano Índigo. Esta es la isla de Simbad el Marino. Este es uno de los escenarios de las historias de Las Mil y Una Noches: Zenj, llamada así en los cuentos de Scheherezade.

En Zanzíbar se toma conciencia de que la vida no tiene nada que ver con el reloj, que el transcurrir tiene que ver con la sensualidad con que se disfruta cada momento en esta Tierra, en este planeta. Más que conciencia es una sensación en las vísceras.

La musicalidad del swahili y sus proverbiales expresiones como sawa sawa (okay, vale), pole pole (lento, sin apuro, o con calma), el hakuna matata, asante sana (gracias), mizuri sana (de nada), karibú (bienvenido), jambo (hola), kabiza (absolutamente) contribuyen a la sensación de inamovilidad, lentitud, de dejar que las cosas fluyan sin interferir, sin que tratemos de modificar nada.

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[Atardecer en StoneTown – 2004]

Stone Town, la capital, es patrimonio cultural y arquitectónico de la humanidad. Está en estado de deterioro y decadencia pero se hacen algunos esfuerzos de restauración. Las famosas puertas de madera tallada que denotan la influencia india en Zanzíbar se encuentran por doquier y es un arte en recuperación. Sus calles estrechas, el muesín cantando a oración desde la mezquita, las mujeres en sus trajes negros pero con la cara descubierta, hermosa en su combinación de rasgos y coqueta en el cuido de su maquillaje, la brisa marina, la decadencia de sus edificaciones; crean el embrujo de esa atmósfera atemporal que atrapa al visitante.

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[Ruinas del Palacio de Maruhubi. Patrimonio Universal de la Humanidad]

Zanzíbar es una explosión de verde en medio del océano Índigo. Los mangos centenarios se mezclan con los cocoteros, los boabab, los almendrones, los de fruta de pan, clavo, canela, nuez moscada, las enredaderas de fruta de la pasión, pimienta y vainilla. Este verdor no es como el del Caribe. Oculta las ruinas de palacios de califas y sultanes, las antiguas residencias indias, y cubre los caminos de asfalto abandonados a las inclemencias del tiempo y la negligencia gubernamental. Caminos que hay que atravesar para llegar al corolario de la visita: la playa. Caminos por donde vemos al isleño andando pole pole. Hakuna matata.

Zanzíbar más que realidad parece obra de la ficción de un sueño. Kabiza.

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[Playa de la punta Norte de la Isla – 2004]

Santa María de Corea

En nuestra pequeña comunidad latina en Dhaka, tenemos varios curas y monjas que están de misión por acá. Atienden comunidades de minorías étnicas que profesan el cristianismo y que de alguna forma están algo marginadas y olvidadas de la sociedad y el gobierno. Estos religiosos vienen de México y Colombia. Los mexicanos andan por Khulna cerca de la frontera con la India y tienen orfanatos o casas hogar para niños que han sido abandonados y a quienes les dan techo, comida y educación. Tienen ya varios años en Bangladesh y de tanto en tanto los vemos en Dhaka, ya que sólo vienen cuando es necesario.

Los de Colombia, son de Medellín, son 5 que han llegado en remesas de 2 y 3. Como han tenido que quedarse en Dhaka por varios meses a aprender el bangla antes de irse al interior, se han integrado a nuestra comunidad y se han aprestado a darnos misa todos los domingos en una de las pocas iglesias católicas del país que también es un seminario. La iglesia de Banani. La iglesia es bastante grande y cuenta con una capilla alterna, llamada “La capilla coreana” donde los padres con mucho cariño y sacrificio (porque viven del otro lado de la ciudad) nos dan la misa a los 10 o menos del grupo que se animan a ir cada semana. Esta capilla existe porque hay muchos coreanos en Bangladesh que son católicos. Allí celebraban misas en coreano hasta hace poco, pero ahora van a la misa general que es en inglés y que aglutina a bangladeshis, coreanos y demás extranjeros católicos que asisten a ella.

Pero toda esta explicación viene a cuento porque en la capilla hay una figura de la virgen María con su niño presentada con el atuendo y las facciones coreanas que me parece muy singular y hermosa. Casi zen si se quiere. Aquí está la foto que quería compartir que no está muy buena porque la tomé con la cámara del teléfono, pero que ilustra este post.

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La decoración de la capilla es también bastante particular con flamas saliendo de flores de loto, en la base del Cristo que corona el altar, el cual está tallado en madera y tiene la cara barbada a la que la iglesia nos ha acostumbrado.

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Ya en Uganda había visto últimas cenas talladas en madera y otras escenas bíblicas pintadas donde todos eran africanos. No puedo dejar de admirar la penetración del mensaje cristiano en ese sentido. Con todo y lo criticable que pueda tener la iglesia como institución, la médula de su mensaje basado en el amor, la compasión, el perdón y la redención supera cualquier barrera cultural. La gente hace dicho mensaje suyo y lo representa como le es más afín y querido.

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Bangladesh en estos días

Dhaka ha estado toda esta semana amaneciendo con neblina y padeciendo de una lluvia extemporánea y tormentosa por las noches. El cielo, eso sí, se mantiene como una cubierta de leche sobre la ciudad, a través de la cual el sol se manifiesta como un disco amarillo, cansado, medio dormido todos los días. No me explico como las plantas siguen siendo verdes con ese cielo tan agotado.

He estado por el centro en estos días. Las aceras las han despejado de los buhoneros. Más de 100 mil personas han sido desplazadas y dejadas sin fuente de ingresos por esta razón. Otros cientos de miles han sido desalojados de terrenos invadidos, donde se habían creado asentamientos de pequeñas chozas. La semana pasada, en una operación comando, el gobierno temporal, un día a medianoche, mandó a detener por corrupción a unos 30 ex-ministros y empresarios ligados a los dos gobiernos anteriores y a las cúpulas de las dos coaliciones partidistas. No hubo orden judicial. La acción se basó en la ostentación imposible de bienes que no guardan relación con los ingresos declarados de ninguno de estos individuos. La Corte Suprema de Justicia anda exigiendo explicaciones en cuanto a qué tanto a derecho se apegan estas acciones policiales.

La política en Bangladesh la dominan dos mujeres, una es la Begum Zia Khaleda, y la otra es la Sheikh Hasina Wajed, respectivamente la viuda y la hija de líderes de la liberación de Pakistán del Este en 1971 para dar nacimiento a Bangladesh. Ambos fueron asesinados y ambas se culpan la una a la otra de haber participado en el planeamiento de ambos magnicidios. En 1975, el Sheikh Majibur Rahman, presidente de Bangladesh fue asesinado en un golpe de estado junto a 17 miembros de su familia. Sheikh Hasina se salvó porque estaba fuera del país. El esposo de Zia Khaleda, Ziaur Rahman, fue presidente desde 1977 hasta el 81, cuando fue asesinado en otro intento de golpe de estado. [No se dejen confundir por los dos apellidos Rahman, no estaban relacionados.] Ambas han sido primer ministro del país. Han ejercido el poder más que sus difuntos respectivos padre y esposo, pero viven de la aureola de heroísmo y tragedia en ambos que les imprime la guerra de liberación y sus posteriores asesinatos.

Durante este último gobierno de la Begum Zia Khaleda, la oposición de Sheikh Hasina ha sido sostenida y dañina para la economía del país con la llamada a sucesivas huelgas generales. A pesar del corte autoritario de este gobierno y sus alianzas estratégicas con el fundamentalismo religioso, la gente parece preferirla. Sin embargo, acusaciones de corrupción y la presión por elecciones sin fraude que han hecho explotar la violencia en el país, forzaron al gobierno “cuidador” de transición, a decretar un estado de excepción con los militares tomando el control de casi todo. En Bangladesh antes de las elecciones se retiran el Primer Ministro y el gabinete, para dar paso a independientes quienes cuidarían la transparencia del proceso. La elección de estos independientes fueron fuente también de gran controversia y protestas.

En la discusión sobre el futuro a seguir a nivel nacional han participado personajes como Muhammed Yunus, respetado en el país por su labor con los microcréditos a través del Grameen Bank y su recién ganado Nobel de la Paz. Cada vez se muestra más animado a buscar un desempeño político en el país cuando antes siempre se rehusó a ello.

Estando fuera, me preocupé de que hubiera estado de excepción en Bangladesh y de que los militares hubieran tomado control de todo. Pero al llegar me encontré a la gente contenta por este nuevo orden, con confianza en que los militares le pondrían coto a las dos begum. Los militares han aprovechado este estado de excepción y están haciendo “limpieza” a la asiática, sin que quepa el derecho al pataleo de parte de nadie. La prensa reseña todo con bastante libertad en medio de sus polarizaciones, reclama o apoya, pero es letra muerta en un país con casi 50% de analfabetismo. La televisión y la radio con mínima penetración y en manos del estado no son buena fuente de opinión. No se sabe en que parará toda la situación pero por los momentos la gente está contenta. Te lo comentan el taxista, el que maneja el rickshaw, el dependiente de tienda o el profesional. La policía está presente de forma inaudita en las calles así como hay puestos de control militar (alcabalas) por toda la ciudad.

Lo que más daña a las democracias es la corrupción. Y la corrupción no está sino en la gente. Se convierte en una cultura de por sí. Al pueblo expoliado y abusado por los poderes corruptos le llega un momento en que no le interesan razones de derecho (o derechos) al momento de castigar a los corruptos, a quienes acusan con toda la razón de ser causa de la perpetuación de su pobreza. Sin embargo, cuando lo necesitan se avienen a ella y pagan lo que tengan que pagar y si tuvieran la oportunidad de un instante en el poder no dudarían en aprovechar la situación en su propio beneficio. El “ahora me toca a mí”.

Por los pronto, la prensa está llena de acusaciones a estos ex-ministros multimillonarios, y de abusos de fuerza en la “limpieza” de calles y terrenos expulsando a los que sólo tratan de sobrevivir. La gente teme que la democracia se pierda y se “pongan cómodos” los militares en el poder. Pero a pesar de todo está contenta y uno, que es sólo convidado de piedra a estos eventos, no sabe si alegrarse o preocuparse por ellos.

Uno sigue con su vida de expatriado ocupado en otras cosas sabiendo que este país es una residencia temporal y que nada puede hacer sino presenciar lo que pasa.

Bangladesh

Rickshaws a través del parabrisas del carro

Hace ya unos meses me he estado dejando invadir por la negatividad típica de cuando vives en un país cuya cultura te es ajena y se te hace difícil. Es un síndrome que sufren trabajadores expatriados. Se empieza a ver todo lo malo y se empieza a olvidar todo aquello que fascinaba al principio. Eso me está pasando con Bangladesh… en realidad con Dhaka que es una ciudad tan difícil.

Dhaka tiene algo más de 14 millones de habitantes. El país tiene 144 millones y medio de habitantes (estimado para 2005) y su superficie es de 144 mil km cuadrados, un poco menos del 20% de la superficie de Venezuela, de los cuales unos 10 mil km cuadrados son agua en forma de ríos y lagos. Uno puede sentir la densidad de la población.

Dhaka es una ciudad difícil porque es calurosa la mayor parte del año con una humedad en los 90 y pico por ciento. No importa si es la época del monzón o no. El calor es acuciante. Hace unos días terminó el invierno. El cambio de estaciones tienen días precisos. Para el 13 de febrero anunciaron el comienzo de la primavera y ya al día siguiente hacía 30 grados centígrados, cuando apenas unas semanas antes, en las noches se podía sentir 11 a 15 grados. Asimismo, el 11 de junio del pasado año anunciaron el inicio del monzón y luego de 6 meses de cero lluvias, el cielo se cayó de agua en esa fecha precisa.

También es difícil porque no hay recolección de basura y las aguas negras están expuestas en la mayor parte de la ciudad (circulan en acequias), lo que hace que cuando se inunda por las lluvias, es sumamente insalubre y cuando hace calor pués la ciudad tiene un olor inconfundible. El tráfico agobia por la presencia de más de un millón de rickshaws, baby taxis, motorizados, bicicleteros, carrozas jaladas por caballos (sólo en el centro), autobuses, marejadas de transeúntes, y nunca faltan algunas vacas y chivos por ahí.

Sumada está la cultura de la mendicidad. Producto de la pobreza extrema pero también de la tradición. Niños que piden son usualmente hijos de gente que pide que a su vez fueron hijos de gente que pedía. Uno ve mujerespidiendo con bebés de alquiler en brazos, y toda clase de enfermedades y defectos físicos exhibidos sin pudor. Muchos locales dicen que los defectos son ocasionados a propósito para ser más efectivos al pedir. En cualquier semáforo o esquina hay en promedio unas diez personas mendigando entre los autos con voz lastimera, golpeando con los nudillos el vidrio de la ventana.

A veces me maravillo que funcione la ciudad en el caos. El gobierno no se da abasto para administrar tanta gente y proveerla de servicios. La limpieza y el mantenimiento están fuera de las prioridades de la cultura local. Esto no es un juicio peyorativo. Uno encuentra lo mismo en India, en Sri Lanka y algunos otros países sobrepoblados. Sencillamente no es prioridad y no se usa el mantenimiento de edificios, casas u oficinas, entre la población porque hay otras cosas más urgentes en que gastar el dinero. El mantenimiento es sencillamente un despilfarro.

Pero en medio de este embiente tan agobiante y saturado, uno se encuentra siempre con la picardía y simpatía de los niñitos de la calle. Niñitos al fin, se las averiguan para jugar y tener caras de felicidad en medio de su miseria y la explotación a la que son sometidos. Asombra que todavía tengan capacidad para sentir un poco de felicidad a pesar de todo lo que padecen.

Niños de la calle

Uno se recrea en el colorido de los saris y sawar kamise de las mujeres y los lunghi de los hombres que resaltan en medio de lo gris de la contaminación de la atmosfera y el tizne de los edificios, el color de las flores en la primavera, el canto de los muesines en las mezquitas unas 4 veces al día que resuena en los lagos de la ciudad. Los lagos que aglutinan a los más pobres en sus orillas, que malviven de pescar peces superresistentes a la polución y demás condiciones adversas de sus aguas. En medio del gran caos citadino que describo se pueden ver escenas de total bucolismo como una pesca tradicional en un bote de madera. O al pedir el transporte de un rickshaw o babytaxi escuchar discretamente al conductor cantando alguna canción de Tagore o Lalón, los grandes compositores místicos del Bengal. O en las noches cuando ya el reposo es mandatorio, en las construcciones vecinas los obreros residentes, bajo la flauta y los tambores cantar y celebrar un día de trabajo.

Y cuando nos adentramos en la historia, nos admiramos de que este país ha sobrevivido dos separaciones, la primera de la India para ser parte de Pakistán en 1947 y luego de Pakistán para ser un estado libre e independiente en 1971. Bangladesh dió el primer paso a la emancipación del Pakistán tomando como bandera la defensa de su idioma el 21 de febrero de 1952. Día en que varios estudiantes fueron asesinados por el ejército pakistaní por reclamar el uso del Bangla como lengua por sobre el Urdu, idioma que le querían imponer como de uso oficial desde Pakistán del Oeste. Cada año se conmemora este martirio (Shaheed Dibas) como Día Universal del Idioma con ferias de libros, declamaciones de poemas, obras de teatro, ofrendas florales y todo el país se suma al recuerdo con orgullo porque fue el día en que se decidió su identidad. Este día es llamado Ekushey y la conmemoración que dura un mes, Ekushey Mela. Una vez emancipado de Pakistán cerca de veinte años después, en 1971, el nuevo país adoptó el nombre de Bangladesh que quiere decir país del Bangla, siendo el Bangla el idioma hablado aquí. Llamado Bengalí en la India. Pero días antes del Shaheed Dibas se celebra la llegada de la primavera con festivales de flores, música y adornos en casas y jardines con plantas florecidas adquiridas con ese propósito.

Cuando Bangladesh era aún parte de India y de la provincia del Bengal, era también parte de la tierra de Rabindranath Tagore. Poeta, ensayista, dramaturgo, compositor de canciones, pintor y místico. Un hombre de espíritu universal que representa para el subcontinente asiático lo que para nosotros representa Cervantes o para los ingleses Shakespeare, no sólo a nivel literario sino también espiritual.

Por ello así como por sus tradiciones populares y costumbres, Bangladesh, es un país donde ser artista es particularmente reconocido y goza de prestigio. El teatro forma parte de la tradición popular en la forma de los jatra, pequeñas obras que se montan en los pueblos, en las calles; también el peregrinar de trovadores llamados Baul es una tradición común: al son de la cítara, el organillo, tambores y flautas ejecutan canciones sumamente melancólicas. Quizás la lluvia que los puebla durante uno seis meses del año le da ese espíritu de añoranza a la gente de esta tierra. Bangladesh es quizás el país más melancólico en el que he tenido la suerte de estar. Un país de contrastes acusadísimos, de color en medio de miseria terrible. De música, poesía y melancolía.

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Se puede leer más sobre Bangladesh y Tagore:

En K-minos:

Crónica íntima

Un aspecto de mi estudio en Dhaka 2007

Un aspecto de mi estudio en Dhaka, Bangladesh

En estos días he acomodado mi cuarto y de alguna manera he paliado la pequeña crisis en la que me encuentro. Su origen todavía lo desconozco con precisión, pero tengo algunas pistas.

Ahora veo de frente a la ventana, mis pinturas tienen su sitio en un rincón y en otra pared se encuentra la pequeña biblioteca que me puedo permitir en esta vida de gitana. Ya encargué el sofacito para echarme a leer y sustituir la colchoneta en el suelo, y pronto vestiré a la ventana con alguna tela colorida de por estas partes.

Sin embargo, la ventana la tengo que tener abierta. Necesito ver las palmeras bañadas de sol o lavadas por la lluvia como hoy. El graznar de los cuervos me hace compañía y de tanto en tanto les dejo una chuchería en el balcón. Para mí no son agoreros, sino un recordatorio. En estos días también me visitan otra clase de pájaros pequeños y marroncitos que gozan bañándose en la tierrilla de las macetas. He saltado de lectura en lectura buscando palabras que me toquen. Y una que otra me hace alguna cosquilla pero nada de contundencia.

Está lloviendo y ando inquieta.

El centro lo tengo descolocado. Y mientras halla su lugar no puedo sino dejarme llevar por la corriente de los días, cepillarme los dientes, tomar la ducha, vestirme y alistarme para el trabajo, reunirme con las amistades instantáneas que esta vida de trashumante ofrece como un regalo o a veces una lotería. Reír aquí y allá, tomarme un trago, comer rico, regresar a casa y acurrucarme en la seguridad y el amor. Luego más tardecito, entrar de nuevo en mi cuarto, ver hacia el atardecer o la noche según el caso, contemplar las palmeras, dar unos brochazos o teclear algunas palabras… o no.

O no, sencillamente entrar en el cuarto y aposentarme allí en la lucidez del insomnio.
Y esperar.

Esperar.
Ver el tiempo.
Verlo.
Pasar.
Correr.
A tu lado.
A través tuyo.
Dejarte atrás.
Esperar.
Por recordarte.
Por encontrarte.
Por adivinarte.
O quizás por nada
sólo por esperar
por estar
por ver el reloj
por querer una palabra
aún sin inventar
un sentimiento
que no sea antiguo
un conocimiento
que no sea el de siempre
tibio y acostumbrado

El centro está descolocado…
¿Y si sigue en su moldura
seguro y eterno?
A lo mejor, entonces,
son mis periferias las que no encuentran
el dibujo de sus límites
la precisión de una atmósfera
la certeza de una cartografía…

Divagación de la fe perdida

He llegado a la oficina y una multitud se encuentra aglomerada en las puertas del edificio de enfrente. Al lado hay una mezquita. Todos los presentes son en su mayoría hombres y visten sus punjabis y gorros blancos. Estamos en Ramadán. Empezó hace cinco días.

Me entero al subir que alguien trató de robar un auto. Mis compañeros de oficina se encuentran viendo por la ventana el solar del edificio en cuestión. Adentro hay policías y un hombre en el suelo. De repente uno de los que rodean al ladrón le cae a patadas y el policía hace un gesto sin afán de que se calme. Otros tienen tubos en sus manos. De repente empiezan a pegarle con rabia tres de ellos. Mis compañeros de oficina aúpan el asunto desde nuestro segundo piso con expresiones ininteligibles para mí. Pregunto porqué le pegan si la policía ya está allí. Me explican que posiblemente la policía no haga nada y que lo que están tratando es de romperle el brazo. Me retiro con los ojos doliéndome y con la terrible sensación de impotencia que sentí hace dos años ante algo similar en Uganda. Desde mi oficina oigo más gritos, me asomo de nuevo y pregunto si es que lo mataron, pero no, lo están levantando del piso… Llegó la jaula de la policía y se lo llevan. El brazo está como guindando y casi no puede caminar, está ensangrentado con heridas en la cabeza y el resto de su cuerpo.

No entenderé nunca el que, por castigar a un ladrón, la gente pueda convertirse en asesina. Ni entenderé tampoco que es lo que tiene de festivo un linchamiento, porque todo el mundo parece disfrutarlo. Habrían quizás unas 50 personas o más aglomeradas en la calle que querían ver y participar.

Hace dos días me cuenta una amiga que en una de las escuelas para niñas que maneja su ONG, se han enterado de que uno de los maestros estaba teniendo relaciones con pequeñas de 12 , 9 y 7 años. Lo descubrió una de las maestras al ver una nota de “amor” del maestro a una de las niñas en cuestión. Pero nadie de la comunidad fue a lincharlo. Se le acusó y puso denuncia ante la policía pero no está preso. Nunca se leen noticias de linchamiento por la violación de niñas o mujeres en este país. Pero si de violaciones en grupo o quemas con ácido o fuego o torturas a mujeres o niñas en retaliación por las familias no haber pagado una dote o como castigo al servicio doméstico.

No sé qué es lo que está mal con nosotros. La sofisticación de esta civilización habla de derechos humanos. Hasta los más terribles criminales tienen derechos sólo por ser humanos. Quizás esa sea la mayor expresión de nuestra separación del reino animal, somos seres culturales capaces de abstraer unas reglas de convivencia más allá de la sobrevivencia del más apto, del ojo por ojo, y de la prominencia del macho sobre la hembra en la manada.

Estamos en el mes de Ramadán. Mes de contrición y ayuno, no solo de alimentos, sino de abstenernos a decir mentiras y ejercer violencia.

Cuando oramos pedimos perdón por nuestros pecados y ofensas, pero no tenemos oraciones para perdonar a Dios. He estado tratando de recuperar mi fe y no he podido. En estos momentos tengo más fe en lo bueno del hombre, que por lo menos se deja ver de cuando en cuando, que en la “omnipotencia” e “infinita sabiduría” de Dios. ¿Y quien es él en todo caso para perdonarme a mí o no? ¿En nuestro caso cristiano, no sería mejor pensar en Jesús como hombre extraordinario que como Dios? Como Dios, como entelequia suprapoderosa y más que humana, resta la posibilidad de que cualquiera de nosotros sintamos amor y compasión infinitos, esto se presenta como algo imposible de alcanzar desde nuestra pequeña caparazón bípeda tan llena de mezquindades y pequeñeces. Él es el pastor, nosotros las ovejas…

Esta no es una cuestión, por supuesto, que pueda solventarla con un post. La solución a problemas de fe no me son obvios porque la fe se tiene o no se tiene. Y me es difícil tenerla cuando veo tanta gente olvidada en el mundo que no posee ni poseerá nunca una pequeña esperanza… y también cuando presencio esa violencia tan básica y olvidada de toda compasión…