Sobre la maldad, rebanadas de queso y otras democratizaciones

No podemos seguir democratizando la estupidez.
Tascón persigue a Tascón . Alberto Barrera Tyszka. 24.04.2005. El Nacional

Esta frase la traigo a colación porque últimamente lo que se lee en los diarios venezolanos no hace sino reflejar cierta inclinación a hacerse los “gafos” que presentan tanto líderes chavistas como de oposición y la tendencia a querer “mediocrizar” todos lo niveles de la vida social y productiva igualando por lo bajo como expresión de una práctica heredada del pasado. Se lee acusaciones a universidades por exigir la excelencia entre el alumnado que ingresa o a instituciones y empresas por otorgar puestos de trabajo o ascensos en virtud de los méritos de los empleados. Regaños y reconciliaciones como si presenciáramos el ensayo de una telenovela en vez de una acción de gobierno. Esto hace preguntarme qué es lo que realmente quiere el gobierno y por extensión la Venezuela que lo ha elegido y la que ha aceptado la voluntad de la mayoría.

Lo de que las universidades sean elitescas porque no aceptan pobres es una distorsión de lo que realmente ocurre. Nadie es discriminado por pobre en los procesos de admisión, lo que filtra son las notas y el desempeño en el examen. La educación media deficiente es lo que causa esto. Admitir a gente sin adecuada preparación académica sólo provocará su fallo en la universidad.

Recuerdo que estudiando periodismo en el cuarto semestre nos tocó de compañera de estudios una señora que era empleada de limpieza. Su ingreso se produjo gracias a acuerdos gremiales. Leyendo una de sus prácticas me desconcertó comprobar que la señora no sabía escribir (tenía capacidad de redacción de pre-escolar) y posiblemente tampoco leer muy bien. Cómo llegó a ese nivel de la carrera en esas condiciones, todavía no lo sé. Es obvio que la señora quería superarse porque si no, para qué calarse clases de noche después de pasar el día coleteando. La falla estuvo en no preparar a esta señora para estar al nivel de lo que se exigiría luego de ella. La universidad podría tener para quienes ingresan con estos acuerdos, así como para estudiantes de menos ingresos y que asisten a colegios y liceos públicos cursos de nivelación pre-universitaria, previos a los exámenes de admisión. Porque tampoco pueden las universidades lavarse así como así las manos del problema si pretenden formar parte activa de nuestra sociedad.

La crítica a la “meritocracia” todavía no la entiendo porque hasta en partidos políticos los que hacen méritos son los que ascienden. En una sociedad competitiva se hace imperativo ganar méritos. Tener mejores estudios y/o mejor experiencia de trabajo, mejores actividades extracurriculares, mejores modales, más idiomas, etc. hacen diferencia en lo que se le puede aportar a la empresa, institución o gobierno en donde se trabaje. Creo que esto es una realidad de perogrullo. A menos que queramos eliminar el concepto de competitividad de nuestra dinámica social.

Pero la superación no sólo tendría que venir por el lado educativo y profesional sino social y económico. El presidente afirmó en estos días que ser rico es malo ¿Cómo es eso? Qué tiene de bueno vivir la pobreza venezolana sometida a los desmanes de los delincuentes del vecindario, la policía, la falta de justicia, la falta de educación y tener que conformarse con unos médicos cubanos sin recursos en vez de contar con el mejor servicio hospitalario gratuito en el mundo que pudiera tener este país gracias al dinero petrolero y a profesionales locales de primera línea. La pobreza venezolana solo está recibiendo migajas de la riqueza que tiene el país a través de las misiones. Y no hay otro responsable de esas migas sino el Estado porque el dinero es de él y de nadie más. No sé de qué oligarcas disfrutando del dinero petrolero venezolano hablan los socialistas franceses de salón si no hay ni ha habido oligarca con manos en el petróleo aparte del Estado.

Si partimos de la premisa de: ser rico es malo, entonces Venezuela es mala porque es rica. Somos un país malo con todo lo que ello implica para lo que contiene el universo de un gentilicio. ¿Y cómo es el responsable de administrar esa riqueza entonces? ¿Y si Venezuela es mala, somos malos los venezolanos? Pero no, porque la transitividad, una de estas leyes matemáticas que enseñan en quinto grado de primaria no me da hasta acá. Porque Venezuela es rica pero los venezolanos no somos ricos, por tanto no somos malos, si sigo la lógica presidencial.

Y si la sigo, para ser Venezuela buena, ¿tendrá que ser pobre toda ella? Será esa democratización la que se busca, la de la bondad inherente a la pobreza. La de dilapidar los recursos en medidas efectistas, la de gastar en vendajes en vez de hospitales. Hay países ricos y socialistas como los escandinavos y se ven buenos, a pesar del frío. Y en caso de que en realidad sean malos… Entonces creo que lo que quiero es ser mala, maluquísima y le deseo a todo el mundo la misma maldad.

Y así pudiera seguir por siempre jamás en juicios «faci-listos» como las rebanadas de queso, empacadas y listas para comer como si el mundo fuera solo blanco y negro y no lleno de matices. Como si la democracia fuera «faci-lista» y «merecida» como un premio, y no un derecho al cual respetar, ejercer y cuidar.

Los pobres no necesitan segur siendo pobres, las universidades deberían asumir responsabilidad en colaborar para solucionar la situación de exclusión debida a un sistema de educación público deficiente y a nuestros políticos bien les valdría aclarar unos cuantos conceptos, y quizás hasta tomar algún cursito de nivelación en el contenido de nuestra Constitución, en Biblia y otros textos esenciales que usualmente citan.

Y así estamos, oyendo que los pobres deben ir a la universidad porque son buenos, para luego seguir siendo buenos, porque ni de broma con un título a duras penas sacado y esos criterios de igualación por lo bajo llegarán jamás a ser malos, aunque sea un poquito, en una Venezuela mala, maluquísima.

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Publicado en www.analítica.com el 06.05.2005

Saber que tenemos un espíritu creador…

«… Es cuestión de organizarse, de creer en nosotros mismos y saber que tenemos un espíritu creador y un extraordinario sentido de la libertad; y que la justicia no se cumple con baraturas ni lugares comunes, como nunca se cumplió con el estalinismo brutal, como no se cumplió nunca con el hitlerismo ni con el franquismo. No albergo, ni quiero dejarle a la nueva generación, un mensaje pesimista y doloroso, quiero pensar que toda la gente tiene por dentro un demonio, un viento que lo recorre, un sentido de la creación que puede manifestarse hoy o mañana pero que con toda seguridad se hará presente para dar un ejemplo de dignidad al mundo. Venezuela debe hacer como el Quijote cuando, vencido por el Caballero de la Blanca Luna, éste le pone la lanza sobre la cabeza y le dice: “Confiese que Dulcinea es una pobre mujer”. Y el Quijote, desde el suelo, le responde con estas extraordinarias palabras: “Dulcinea del Toboso es la más grande dama que existe sobre la Tierras y no debe mi flaqueza destronar su belleza. Empuja la lanza, caballero, y quítame la vida, ya que me has quitado la honra”. Semejante sentido del honor creo que es lo que ha hecho tan vigente al Quijote. Con esa idea debemos volver a combatir y continuar soñando. Cuando don está en su cama, muriendo, rodeado de sus familiares y de los hombres de su aldea, Sancho se acerca por debajo de la cama y le dice: “Ay, no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie lo mate ni otras manos le acaben que las manos de la melancolía.» …«

Fragmento de la entrevista realizada a Adriano González León, por Milagros Socorro en el Nacional, 01.05.2005. Disponible en el noticiero digital.

La traigo a colación por múltiples razones. Por el aniversario de la muerte de Cervantes el pasado 23 de abril y día del libro; porque siempre me maravilla la capacidad de Adriano de citar de memoria luego de solo una lectura cualquier texto de la literatura no importa cuantos años después, y porque comparto la idea de que por encima de cualquier cosa debemos creer en nosotros y la capacidad que tenemos de crear y ser libres como país. Y hay que ejercitar esa creencia así sea en actos cotidianos mínimos para no dejarla morir de mengua y desaliento. Al espíritu no puede dejársele machacar por nadie. Tenemos mil ciento y tantos botones de muestra de dicho espíritu en nuestra comunidad de blogs venezolanos.

En estos tiempos que corren extraño las plumas agudas y sin miedo de Cabrujas, Nuño, Garmendia, Uslar, Liscano. Aún nos queda gente que puede dar testimonio de una época luminosa de nuestra literatura y que tiene la sabiduría de apreciar la que está acrisolándose. Que dicha literatura haya trascendido poco las fronteras es lo de menos, lo importante es que es nuestra y solo nosotros la podemos validar.

En otro orden de ideas y discusión sobre el estado actual de la literatura venezolana, a quien le interese pase por el post de Rulemanes para telémaco, Modelos para armar. Una tormenta en la tina y persiga los enlaces que provocaron el análisis al final de su artículo, en ellos se atisba uno de nuestros problemas y es el de la poca valoración de lo que tenemos y la falta de ganas de hablar de ello en el síntoma de una sillas vacías durante la última edición de la Bienal Mariano Picón Salas… y a quien quiera apreciar en que anda la narrativa breve local y disfrutar de una buena antología en línea Ficción Breve Venezolana es adonde hay que ir.

Malasia 2 – Langkawi

Aquí esta parte del cuento que debo del viaje a Malasia.

El objetivo del mismo era el de sacarme un nuevo pasaporte, porque el que tenía le quedaban sólo dos páginas inutilizadas por sellos secos de unas visas y además no es un pasaporte bolivariano. Me toca renovación de visa ahora en mayo y era urgente lo del pasaporte. Y las opciones estaban entre Nueva Delhi y Kuala Lumpur. Aunque me toca la embajada de la India, por el precio del viaje me convenía más ir a Malasia. Por su parte mi compañera de viaje Mila necesitaba renovar su visa. Hacerlo aquí es casi que imposible de manera eficiente y sin «gastos extra». Me comuniqué por teléfono con la embajada para hacer los arreglos y asegurarme de que los oficiales de la embajada tuvieran tiempo disponible para atenderme. Hice mi cita y envié algunos de los recaudos por fax.

La cosa es que gracias a una oferta de Emirates y su agenda de vuelos podíamos extender el viaje por unos días y conocer la playa, así que decidimos ir primero a Langkawi un complejo de islas hacia el norte casi en el borde con Tailandia y de allí luego a Kuala Lumpur. Llegamos el jueves tarde en la noche a la isla y el domingo siguiente a las 11 pm saldríamos a KL (key el o kolomp la llaman).

El aeropuerto es sencillamente espectacular. Con un tren eléctrico automático que te conecta entre terminales, grandes ventanales, triples alturas y techumbres de formas sinusoidales sostenidas por grandes tubos en forma de Y. Afuera la vegetación se deja ver en todo su verdor rodeando el edificio. Adentro la comodidad, el lujo, el orden, la limpieza. Tiendas de diseñadores, Harrods, Body Shop, Tie Rack, etc. La verdad es que nada más el aeropuerto ya fue un buen inicio del viaje, un abreboca cuyo contraste con el de Dhaka (como congelado en los años setenta, con nada de atractivo en su arquitectura ni amable en instalaciones para el que viaja), me hizo entrar en humor de relajación y disfrute desde el principio. El aeropuerto de Langkawi, siendo un aeropuerto menor es como una versión reducida del de KL e hizo que la sensación de pisar mundo moderno se me acrecentara. Para este viaje no pude documentarme mucho. Las guías estaban agotadas en la librerías de Dhaka y no tuve tiempo para investigar en internet antes de embarcarme.

Langkawi
Esta isla se abrió al turismo en los ochenta con categoría de puerto libre y aunque no ha dejado algunos modos de vida tradicionales como el cultivo de arroz, la pesquería y la artesanía, es obvio que toda actividad se centra ahora en el turismo.

Por supuesto la nostalgia me invadió cuando aterricé en esta isla con excelentes carreteras, tiendas, y geografía que a ratos me recordaba la Isla Margarita o el Parque Nacional Mochima combinados en un extraño coctel de sabores asiáticos. Una isla central con montañas de granito terminando abruptamente en el mar y cubierta de selva húmeda tropical. Islotes que parecen rocas tiradas al desgano por algún gigante de tiempos remotos y cubiertas también del verde desbordado. El mar azul turquesa, a ratos verde esmeralda. La gente amabilísima y curiosa por saber de dónde vienes.

Llegamos a un hotel que no me gustó mucho y sin playa. Pero ésta estaba apenas a unos metros tomando la carretera absolutamente limpia y asfaltada que nos comunicaba con el resto de la isla por lo que realmente no importaba mucho. Sólo dormimos y desayunamos allí de resto las comidas las hicimos en restaurantes. La cocina que se encuentra es malaya, tailandesa, china y japonesa aparte del «junk food». De la malaya solo intenté los satay (pinchos) con salsa de maní, porque en general es picante y el picante me mata el estómago… nada de viajar tan lejos para pasarla en el baño. Por eso en la exploración gastronómica soy medio pacata, pero tengo que admitir que me causaba curiosidad las combinaciones que veía de dulce (frutillas marinadas) con salado (suerte de anchoitas secas) y picante (chiles) sobre una suerte de papilla de arroz. Lo dejaré para la próxima vez.

Hay bastantes cosas que hacer aparte de ir a la playa y hacer compras en mercados o centros comerciales (compras que valen la pena si vienes de un país como Bangladesh donde la variedad es mínima). Hay un teleférico a la cumbre de la isla desde donde se puede apreciar el complejo de islotes y playas. No fuimos muy afortunadas porque la cumbre estaba medio nubosa así que solo pudimos ver parte de la vista. En la estación de tierra un complejo de restaurantes y tiendas, un zoológico para los pequeños y un lago artificial en el medio. La salida de este teleférico está solita dentro del vértice de la base de la montaña. Al salir hay que manejar un buen rato antes de encontrar algún poblado.

Hay un parque nacional acuático al que no fuimos porque era un tour de todo el día. No sólo haces snorkelling sino que estás en un barco con tragos, fiesta y piso de vidrio para ver el fondo. Hay un acuario, Underwater World, y opciones para ir a visitar los bosques de mangle, las factorías de los sarong pintados a mano (la tela típica que la gente se amarra a la cintura por estos lares), un sitio donde alimentan a las águilas pescadoras, una cueva de murciélagos, otra de cocodrilos, una granja de peces y las islas de los alrededores. Aparte del tour del paquete (sarong, teleférico y compras) Mila y yo tomamos el island hopping que incluía ir a una de las islas donde hay un lago de agua dulce en medio y que es motivo de una leyenda, ver las águilas alimentándose, y una playa de arrecife de coral en una de las islas. Para Mila era toda una novedad porque no había estado nunca en playas de arrecife, para mí un total banquete de algo que siempre añoro: la playita a la que estoy acostumbrada. Y sin embargo, a pesar de que me encantó y es bella no me pareció tan espectacular como en mi país. Pero el resultado de la visita fue el deseado. No sé cómo no me entró el estrés de estar en la computadora sino solo para enviarle un correo a Lino y decirle que todo ok en el frente. Tenía tiempo que no me sentía tan bien. Excelente hacer terapia de playa, compras y cotorra con una buena amiga.

Los sarong hechos a mano fueron algo que no pude dejar de adquirir. La técnica consiste en seguir el dibujo aplicando cera sobre la tela para no teñir esas porciones y sucesivamente se va aplicando el color en las distintas áreas donde se va quitando la misma. Me compré 3 de algodón pero los de seda eran para quitar el aliento. Coleccionar trozos de tela es una debilidad que tengo, donde quiera que voy compro y aquí no me pude resistir. También compré 3 trozos pequeños pintados de forma abstracta para mandar a montar. Sé que este quizás es un detalle un poco frívolo pero es parte del encanto de viajar, coleccionar cosas que en el futuro te recordarán la experiencia y formarán parte de tu historia.

Mila y yo llamábamos la atención por nuestro tipo. Ella andaluza total y yo el arroz con mango indiscernible. Un día volviendo de cenar el taxista nos preguntó si sabíamos hablar latín por como hablábamos y le dijimos que no, que hablábamos español y le explicamos que el idioma derivaba del latín así como el italiano, el francés y el portugués entre otras lenguas. Entonces nos preguntó si sabíamos el significado de «Pobre diabla» a lo que tradujimos el sentido de la expresión lo mejor que pudimos, y luego «La intrusa» y otro más que no recuerdo y nos comenta que entonces el latín es muy parecido al español y allí caímos en cuenta que el señor pensaba que en Latinoamérica se hablaba latín porque las telenovelas que nadie se pela en Malasia vienen de allá! La verdad es que la cosa me hizo gracia y nunca dejo de asombrarme del alcance y penetración de las mismas. Por supuesto le aclaramos el punto al señor, el porqué llamamos así a gran parte de América y el porqué hablamos español y portugués en nuestro continente.

La estancia en Langkawi fue placentera pero me causaba un poco de aprensión todo el asunto con la embajada por cuentos que le había escuchado a gente con las que tenemos en otras partes del mundo, pero la verdad es que hasta el momento todo había sido muy fluído por correo electrónico y por teléfono. Nos fuimos al aeropuerto con suficiente antelación para encontrar un retraso de hora y media por una tormenta que hubo en esa zona de la isla que trastornó todos los vuelos. Aterrizamos en KL a las 12 y media de la noche y llegamos al hotel casi a las 2 am, porque el aeropuerto se encuentra a más o menos una hora de la capital…

La experiencia en KL la relataré en otro post en un par de días. Aquí les dejo una vista de la playita y en cuanto pueda pondré algunas de las fotos en flickr.