
Son las 5 y tanto de la mañana… Me he despertado luego de apenas unas tres horas de sueño preocupado y narrativa angustiante. No recuerdo bien qué pasaba, pero mantengo el estado de ansiedad que me produjo… Salgo a la sala, las ventanas están abiertas de par en par y el fresco de la mañana bastante gris entra con el impacto de un agua fría sobre la cara. La bullaranga de los pájaros amaneciendo se ve acentuada por el graznido de unas guacharacas que se roban el concierto. Varios zamuros vuelan a lo alto y otros descienden y terminan su trayectoria de remolino en las antenas de TV del edificio de al lado. Cruzan el rectángulo de la vista unos loros reales, y a lo lejos distingo el vuelo de cuatro guacamayas.
Las luces de Petare que se ven al fondo dejan de titilar paulatinamente, aunque la bruma matutina todavía las envuelve. A pesar de que es sábado ya hay un tránsito madrugador. Las cortinas se mecen con el viento. Todo parece seguir una rutina calmosa de entrar de lleno en la luz del día. Pero aquí adentro la angustia con la que me desperté persiste. Y el escenario visto de la ventana de repente me parece frágil en el pragmatismo de su realidad, de su regularidad cotidiana.
He experimentado en estos días el pesimismo reinante, la depresión por un futuro que se presenta incierto y lleno de dudas para mucha gente. He escuchado el discurso de la confrontación conflagratoria que encuentra eco en muchas partes y me pregunto si será posible, factible, si no me estaré engañando en un optimismo que quizás no tenga asidero en esa realidad objetiva que nos sirve de fondo y escenario…
La mañana sigue emplomada ya acercándose las 6 y resuelvo volver a dormir, a ver si al recuperar algo de sueño vuelvo a la paz.
