Archivo de la categoría: Crónica

Breves y no tan breves relatos de viajes, de cosas que me suceden; unos más, otros menos imbuidos de reflexiones. A veces me cuesta separar las historias de la reflexion. Ejercicios de escritura. Intento del diario.

De madrugada

La tos no termina de salir del pecho.

La congestión no me deja dormir, pero tengo sueño. Hoy no es una de esas noches de insomnio donde la lucidez desata las sombras y las libera. Por el contrario, es una de esas noches en que dejarse llevar por el calorcito de la cama es lo más deseado en la vida. Pero es poco posible esta noche.

Oigo los muecines cantando fuerte su llamado a la oración a las 4 y 30 de la madrugada. Es como escuchar un coro espectral. Miles de voces a través de la ciudad se unen para clamar la atención de Dios desde sus minaretes y altoparlantes.

Yo, desde el piso 26 de esta torre de 37 me siento tentada también a salir al balcón y luego de tomar bastante aire, intentar mi cuota de atención lanzando mi plegaria al amanecer que aún no asoma.

Pero, nada, el calorcito de la cama puede más y me arrullo con el canto de una ciudad arropando su fe.

Preludio de Jakarta

Primera vista de Jakarta desde el hotel.

Primera vista de Jakarta desde el hotel.

La vida no tiene sentido. Sola, en sí, no lo tiene. La vida es una fuerza cruda que alcanza un pico de expresión y que luego mengua hasta que acaba.

Nuestra vida se basa en decisiones, y esas decisiones nos determinan. Estudios, pareja, dónde vivir, qué comer, si ejercitar o no, toda decisión tiene consecuencias que llevan a otras decisiones.

En este punto me pregunto qué hago aquí, por qué estoy aquí. Cuál de mis decisiones desencadenó ese efecto mariposa que me trajo a Jakarta. ¿Tiene sentido el estar aquí? Me pregunto estas cosas encapsulada en el taxi, en medio de un tráfico difícil de creer para un caraqueño. Estoy en un submarino urbano, encerrada y extranjera a lo que me rodea, contestando al taxista amablemente las preguntas que me hace en un inglés quebrado. Ah!! Venezuela. Miss Universe, jejeje. Beautiful ladies!

Mi vida es una fuerza cruda que avanza e impulsa hacia adelante, a ciegas, a la suerte, mi voluntad sin asideros.

Tiro los dados sin ver
bailan
tropiezan

abro los ojos

estoy rodeada de torres de cristal
brisa tibia
palmeras y lluvia
rostros distintos
y una ciudad interminable
de ser ciudad

una primera vista
y mi nostalgia está exhausta

transito accidental
la ruta de cada día
trazada por los arbitrios
del azar

Jakarta, durante 2 meses o más – no sé – se inscribirá en mi historia.

Una tarde en la Casa Batlló

Cuando visito ciudades a las que volveré – o sé de alguna manera que lo haré-, me guardo varios de sus sitios para luego, para esa otra ocasión futura. Así el regreso se me hace importante y de alguna manera perentorio. La Casa Batlló de Antoni Gaudí tenía esperando como 4 visitas mías a Barcelona y me dije para esa -enero de este año- que ya era hora de cumplir el compromiso. Y el día llegó. Allí escribí en mi cuaderno unas notas breves que no deseo perder. Una sensación nada más.
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Salí de casa anhelando un rincón tibio y amoroso donde esconderme un rato de la costumbre que incluso en el extranjero, durante estadías largas, me impongo. Rutinas para sentirme en casa y diluirme en el entorno para hacerlo mío.

Tenía pendiente la Casa Batlló de Antoni Gaudí en Barcelona. No deja de fascinarme este hombre que tanto determinó el espíritu de la ciudad. Y aquí estoy ahora en el lounge de la casa donde uno puede sentarse a tomar un café con galleticas y contemplar el Paseo de Gracia inmerso en la melancolía invernal a través de unas magníficas ventanas de madera.

Juego a pensar que alguna vez él se asomaría por ellas mientras supervisaba los detalles de su diseño, sensual y sin duda lleno de amor. El solo pensamiento me cautiva sintiéndome privilegiada de ocupar este espacio, así sea por unos minutos, pensado para hogar, que lo fue, y que es obra de arte. Repaso en mi cámara las fotos de la entrada, las escaleras, la azotea, el cuarto de lavado, el diseño de las puertas, de los techos, de los salones. Me imagino lo que sería la vida cotidiana en un ambiente así, lleno de belleza.
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Estoy en el rincón amoroso –adjetivo necesario para describir la necesidad de cómo debe ser el escondite, el refugio, el instante ese que busco conmigo misma- fuera de la distracción de lo familiar y acostumbrado, con el café confortante para la tarde de invierno, ya crepuscular que me ataja en otro instante más a punto de ser perdido y en el que estoy inmersa en asombro y maravilla.

Miro por la ventana. No me pregunto nada, no hoy, porque el transcurrir de los días últimamente no trae respuestas, y quizás porque ya no quiero preguntarme nada. Sólo quiero abrazar el árbol afuera, desconchado y estoico ante el frío en espera de mejores tiempos  -y aquí parafraseo un poema mío que no me ha abandonado en todos estos días-, y aplacarme en el agrisamiento del día hacia la noche.

Intento aprehender otro momento de suspensión en el tiempo en este cuadernillo que espero sobreviva las intemperancias de estos viajes de la vida. Quiero regresar a esta escena algún día. La tarde se cuela hacia la noche, pero se queda en mí cuando decido que volveré.

Casa Batlló - Barcelona

Kali país – divagación

A veces reviso las entradas viejas de este blog y me digo, y ¿dónde está el cuento de tal o cual viaje? y ¿por qué no puse tal o cual foto?. Este blog tendría que ser no sólo cuaderno de notas y borradores sino bitácora y muchas entradas se me han quedado en el tintero. Quiero ponerlas acá. Como ejercicio de mi memoria. O como ejercicio y punto. Pero, bueno, el blog es tantas cosas…

Es una mañana de sábado, escucho música mientras veo por la ventana el cielo nublado que cubre a Caracas.

Me he echado en el sofá rojo oscuro de mi sala, acurrucada en todos esos cojines forrados de telas de Bangladesh, confortada con mi taza danesa de té ahumado, calentado por la llamita bajo mi tetera de hierro japonesa… No, no es un alarde de transhumancia, sino el retrato de cosas queridas que me hacen sentir en casa y propietaria de mi espacio. Bajo la cobija, tecleando en la computadora esta entrada, no quiero sino regodearme en este sosiego momentáneo. Me recupero de una cirugía. Me recupero también de noticias leídas que aniquilan y poemas escuchados la noche anterior, exultantes de vida y creación.

En Venezuela, uno se debate en los extremos de la euforia y la depresión. Lo de bipolar, a esta república, le sienta como anillo al dedo. Pero luego del rush del sube y baja, por fortuna viene ese cierto sosiego. O quizás yo me lo procuro para la sobrevivencia… Sobre – vivencia… En Venezuela se sobre-vive, es decir, la vivencia es excesiva, no en balde hay escasez de calmantes y demás fármacos que atenúan la extra experiencia.

De alguna manera, agradezco la alarma sobre la vida, así no nos puede pasar de largo. Siempre se está de urgencia para ella. En la necesidad de amigos, de contacto, o de aislamiento para la introspección o para crear o incluso, destruir. Venezuela es una suerte de Kali rediviva. Es energía en movimiento, en destrucción y construcción simultáneos. Y uno no es sino reflejo de ello, y quizás ella no es sino reflejo de todos.

Kali - Nepal

[Santuario de Kali en Nepal]

Y al hablar de Kali, recuerdo la visita que hicimos a un santuario en Nepal en abril del 2008, dedicado a la diosa. Uno de los más antiguos que existen, el cual, si la memoria no me falla (revisaré el dato), se remonta al siglo13. Ubicado a horas de Katmandú, entre montañas, el peregrinaje es de centenares de personas, quienes portan un cabrito o un gallo mientras hacen fila para entrar y ofrendar. Al llegar el turno de cada quien, el animal es sacrificado y su sangre se usa para bañar y alimentar la efigie de Kali, una pequeña escultura negra protegida por una capilla, al fondo de la hondonada, cuidada con celo por sus oficiantes. Para el rito se la desviste de todos sus adornos de plata, y así, desnuda es bañada de rojo.

Santuario de Kali - la diosa desvestida

[Santuario de Kali en Nepal]

Mirar al cielo – en alto

Mirar al cielo

Cielo del 23062010 sobre Caracas

Ayer el cielo nos regaló una imagen rara de ver: la luna brillante en el crepúsculo acompañada de un arcoiris. En momentos de desasosiego uno debe permitirse ver el cielo. No es que haya respuestas en él, pero sí hay sosiego. No sé si es la profundidad de la altura que se pierde de vista. Si es el azul o los naranjas de atardeceres y despuntes del sol. Si son las nubes que como elefantes etéreos lentamente siguen una marcha sin destino final. Mirar al cielo es una plegaria aunque uno no crea tener fe. Me recuerda que hay todo un universo fuera y del cual somos sólo partículas. Partículas infinitesimales. Mirar al cielo sirve para guardarme, cuidarme de lo pequeño, de lo mezquino y también para agradecer todo lo bueno, desear en alto.

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En alto

me procuro un tiempo de artificios
en ausencia de las formas amables
de nuestros hábitos

el Apocalipsis nos ronda
nos acecha silencioso
tras la basura

es una bestia incansable
es la rabia en espera

temblarán las bases carentes de sólida raigambre
todo se derrumbará                 leve en la irrealidad

me guardo tras el cerco

de lo deseado

en alto

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En día de pausa

Hoy es un día de pausa. Reflexiono con la ventana abierta al día que me escamotea al sol de tanto en tanto.

Desde hace meses siento que fluyen demasiadas cosas en mí: preocupaciones, trabajo, amistades nuevas, amistades viejas, libros leídos y por leer. He tenido satisfacciones plenas como participar en un recital poético, el primero; de un taller de poesía con Armando Rojas Guardia, y gozar de la continuidad de Literaria Blog actividad a la que me he visto más comprometida de lo que esperaba, pero feliz con ese compromiso (sabroso sólo reunirse para escuchar a autores leerse). También me he visto expuesta a algunas mezquindades, pequeñas aunque molestas, que han irritado mi temperamento, porque, realmente, hubiera querido que mi proceso de retorno a Venezuela se hubiera visto libre de ellas.

Quizás me he acostumbrado demasiado a la ermita que me construí viviendo fuera. Una ermita personal. En esa ermita hablaba, leía y escribía en español. Fuera de ella sucedían los países extraños, las historias inusitadas de amigos y conocidos de esos lares, que pasaban en otras lenguas o en otras variaciones del español. Siempre fui forastera a pesar de saber adaptarme a las circunstancias, habilidad que no sabía que tenía hasta que me fui de Venezuela hace 11 años. Y he aquí que retorné y me adapté, pero aún soy forastera y aún me cobija la ermita, porque fuera sucede un país extraño, mis amigos viven historias inusitadas y absurdas, incluso a veces hablan otra lengua, diferente a la que conocí.

Y siento ganas de huir, pero adónde. La ermita no me abandonará. Ni la sensación de extrañeza.

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