Categoría: Viajes

Divagación del retorno II

Tengo ya un mes que llegué a Caracas. Aún no he terminado de aterrizar pero por la simple razón de que aún no vivo en mi apartamento. Siento que no he terminado el periplo que se inició el 22 de agosto al salir de Bangladesh. A veces durante el día me asaltan imágenes de nuestra vida en Dhaka o de los viajes por Kenya y Botswana de hace un año. De repente me siento lejos. Lejos de todo lo que ha sido mi existencia los diez últimos años. He intentado recordar mi vida antes de irme de acá y cuando por fin recupero los recuerdos, encuentro una persona bastante diferente de mí. Es cierto que el mundo se abre cuando se viaja y cuando se vive en sitios remotos, disminuye sus dimensiones en nuestra percepción. Todo se reduce a uno o dos vuelos de avión. El exotismo deja de existir porque uno termina asumiendo las diferencias culturales como algo natural y real, parte del planeta que compartimos. Así como experimentamos que una sonrisa o una lágrima nos pueden unir en todas partes a pesar de la barrera de cualquier idioma. El mundo sigue para mí lleno de sorpresas y misterios pero no es una hazaña, ni una extravagancia querer visitarlo todo, de ser posible tendría que ser un deber para poder desprendernos de tanta mezquindad y estrechez de visión.

En Venezuela nos miramos mucho el ombligo. Y trivializamos todo. Hasta la tragedia de las muertes diarias por la violencia criminal son banalizadas en la conversación cotidiana, donde la política y el estado del tráfico son los temas alienantes y alienados esgrimidos por todo caraqueño. Me da cansancio escuchar los ataques de tal o cual candidato a su contrario por falta de unidad o por disidente del PSUV. Me repugna escuchar al presidente decir que la revolución peligra sólo porque haya posibilidad de perder una que otra gobernación u alcaldía. Me repugna escuchar los dobles discursos. Me repugna ver aún más como la gente aún tiene fe en un líder aprovechador y traidor inescrupuloso de la misma. Caramba, ¿qué es lo que le ha impedido mejorar en estos diez años la calidad de vida de los venezolanos? ¿El imperio? ¿La oposición paupérrima? Diez años. Diez años de rojo pintado en vallas y derramado en la calle.

Diez años han pasado y he regresado a la ciudad de mi querencia abandonada en sus desechos y falta de mantenimiento, a los criminales inmisericordes e impunes, a los ciudadanos histéricos, abusivos y deprimidos. Son pocos los que mantienen el humor, la amabilidad y la sonrisa a prueba de intemperancias. Hace falta más que unas aceras bonitas y una que otra plaza inaugurada para que Caracas se vuelva acogedora. La ciudad la hacemos todos. Escucho a todo el mundo lamentarse como víctimas de melodrama telenovelesco de los precios de las cosas y quejarse de que no hay café para luego comentar de su último viaje a Nueva York o a Europa o de lo que le costó su nuevo gadget. Veo a la gente tirarse los carros e insultarse sin miramientos. ¿Qué cuesta no engancharse en la violencia?  No señores, no podemos ser tan borregos. No todo es culpa del amo y señor del palacio de Miraflores.

Mi corazón vuelve de un salto a Bangladesh. Rememoro al «rickshero» cantando mientras pedalea para llevarme unas cuantas cuadras más adelante empapado del sudor de los 40 grados y la humedad que ahoga. O al obrero en la obra cercana adonde vivíamos. Al chofer de taxi, al mendigo, cantando a cualquier hora del día. Los gobiernos autoritarios, la pobreza extrema no han podido con cierta paz interior.

Me enfurruño y regreso inmediatamente a los barrios de esta ciudad y los pueblos de miseria del país. Algunos halagados por la construcción de algunas casas y algún parapeteo del pueblo, pero aún sin luz o agua o medicina cercana o medios de comunicación o control de la inflación, del abastecimiento, y un largo etc, como si de un gobierno nuevo se tratara… todo parece comenzar cada día. Aún no ha habido revolución, todavía nos dirigimos a ella. O así dicen los gobierneros. Entretanto, tenemos un satélite en órbita. Logro, sí señor pero qué tan necesario y perentorio para la plataforma de telecomunicaciones qué tenemos, que en algún momento fuera la más avanzada de América latina. Nos deshicimos del imperio vecino para amancebarnos con otro mucho más grande del Este. Y cuentos de maletines con dinero en los medios, pero los que corren de boca a boca dejan sin aliento. La gente anda indignada, pero que no le pasen el maletincito por enfrente.

Nos vienen las elecciones del 23N y es cómo difícil convencer a la gente que vote por su líder local. El que le conviene. No el que le convenga al presidente o a la oposición. Pareciera que nada tiene matices y todo es un plebiscito. O estás pa’cá o estás pa’llá. Nos hemos convertido en bandos de borregos. Todo pareciera estar condensado en o «estás conmigo o eres mi enemigo» de lado y lado. Cómo no, hay diez años de cuentos y rencores que han conducido a ello. Y me pregunto como acabará este hipo histórico, dónde estará nuestro Mandela, nuestro líder superior no sólo en carisma sino en inteligencia que pueda superar tanta pequeñez y nos acerque en reconciliación y sentido común. Qué haga voltear los ojos para otra parte, que desatasque la mirada del ombligo y la gente sea capaz de verse en el otro como reflejo especular, en donde se evidencien las pequeñeces, las carencias que padecemos con esta división operática.

Pero con todo me siento feliz acá, porque todo tiene su contrapeso. La familia querida con la que se comparten estos dramas y cuyo calor alivia cualquier frustración. Los amigos entrañables… La visión de El Ávila que mantiene de alguna manera la cordura del caraqueño cuando le mira a cualquier hora buscando refugio mental como si de una plegaria se tratara. Y todos los reencuentros, con las cosas olvidadas en alguna caja, con los afectos, con los rincones usuales, los recuerdos y memorias que sentaron las bases fundacionales de mí misma. Lo demás, ya lo sé, es anécdota.

Inadecuada

Llegué a Venezuela y como que no he llegado. Estoy viendo la televisión, en un intento por insertarme, por aclimatarme a lo que está pasando. He compartido con amigos, no tan amigos, gente en la calle y he experimentado el agobio y la depresión que siente todo el mundo con la situación política así como la esquizofrenia colectiva de refugiarse en la más completa superficialidad y frivolidad (life goes on I guess). Aún no he aprehendido toda la situación. Aún soy testigo de lo que pasa pero no termino de comprender algunas cosas. Me siento inadecuada. No sólo a la situación de enquistamiento en posiciones, sino a la otra situación de evasión en el pantalleo, el botoxismo, siliconismo y consumismo desatado. No he podido evitar la caída de mi quijada ante la «prominente» transformación de algunas conocidas. Ojo no cuestiono corregir deficiencias o insatisfacciones con uno mismo, pero me asombran los volúmenes en pechos, labios, nalgas, etc. que he observado. Entre tanta sistematización de una anatomía «perfecta» éstandar me siento una vez más, inadecuada, no sólo por mi físico algo minimalista frente a la abundancia que predomina alrededor, sino porque no entiendo la compulsión exagerada por la transformación física. Por supuesto, vengo de vivir en la realidad de un país de gran miseria como puede ser Bangladesh, donde la compulsión es la sobrevivencia, el conseguir la taza de arroz del día, donde la pobreza no admite electricidad en la choza con todo lo que ello implica.

Cuando digo que me he venido con la esperanza de quedarme ya permanentemente, hay gente que me mira con una mezcla de asombro y lástima, de condescendencia por nuestra «equivocación» o admiración por nuestra «valentía». No hay equivocación ni valentía en regresar a casa. Es lo normal. Yo nunca senté raíces en otra parte y aún no siento que haya otro sitio mejor que mi país para vivir por siempre. No sé cómo o cuándo me sentiré adecuada. Pero supongo que llegará el momento.

Tears leaving Bangladesh and Nari Jibon – post in progress

I had tears. They were unexpected as I wasn’t conscious of my sadness of leaving Bangladesh. But I was. I am. I wonder, only 2 weeks later, how are the friends I left behind, asking myself if I ever will go back or see them again. Almost 5 years are not a small bit of life. I spent those years in an out of Bangladesh and always trying to figure how a country so full of people and so small can get going. I tried to connect to Bangladesh with partial success. I loved the art, the poetry, the bright colors of the women’s dresses on the street in contrast with the greyness of buildings and very often the sky, I loved the crafts, the kindness of the people, their candor by nature. I kept some detachment just to maintain the longing for my country while waiting to return. I figured that now. I didn’t realize then. But in overall the decision of leaving didn’t make so much weight on me until I started to go to Nari Jibon. And the tears came out first there.

Taken by surprise, Nari Jibon somehow created in me a sense of belonging and caring in a particular way. I care for all those women that with expectation and generosity accepted me among them to share the little I could bring for them. I am grateful for that. It is a precious gift that Bangladesh gave me. Precious memories. I am not sure if my presence and assistance made any significant difference, but I am certain that had made a definitive difference in me.

….

The last days I could go to Nari Jibon, I was in awe every single time. These women shyly and cautious approached me under the gentle demand of Taslima (teacher and mentor of them) to get some help in opening their blogs. Suddenly, just a couple of weeks later were actively helping their friends to open blogs when I got stuck by the language barrier. Jannat, Zannat, Jesmin, were taking over the task and sat with friends bringing help.

A week later we could read a full graphic chronicle of Zannat of her excursion in the Lalbagh Fort. Others like Jainub and Sufi, so reluctant at the beginning, became active writers in difficult issues, revealing a combative and thoughtful spirit, or a lyric and poetic soul. Every time, a wonderful surprise.

From doubt and uncertainty with the camera, they became powerful photoshooters. We – Kathy, Taslima and I – made a small session the following week on how to take digital pictures, little basis on composition and some technical tips. Immediately after the room became like a swarm of euphoric bees buzzing around snapping shots between them.

The daughters of Jainub were playful models and I couldn’t help but to think that this 2 girls were already at a tender age getting empowered by the digital media.

My last time, I got a beautiful farewell. I hate to say good bye. When I leave a country I try to not give so much relevance to goodbyes because that way I feel that I will come back anytime, in any given moment. But also I hate to say goodbye because I have tears with independent will. They just flow without warning when I feel a bit emotional about something. And of course seeing this forty something women sitting in front of me, giving me a beautiful gift with all their love and care, my tears came out turmoiling my feelings of wanting to go with this recent wish of staying to somehow support all the spirit I can sense in them. Then when I saw that I was ruining the occasion I calmed down, enjoyed the cake, pose with all of them for pictures and later on, had a chat with the group I was working with.

I asked how they were feeling now that they were blogging, and one, Zannat, said in a definitive tone «I feel proud» . Wow. Again… awe. How powerful that statement.

I thought about how the fact of being able to express ourselves, to have the tools for that is taken for granted so often by most of us. How can transform us, once we start doing it. How affirmative is on ourselves. Specially if we are women. I had never deeply grasped the fact that as a woman in this world, I am privileged of having the opportunity of an education, to work and to travel, and being able to decide over my life. Nari Jibon has made me feel more responsible about it, to value it in another way and I am grateful for that.

Now it will be the challenge to overcome the distance. To keep in touch and keep giving the support I can. Part of the challenge will be starting to write in english on this blog sharing space with the posts in spanish, as now my longing will rotate towards the other side of the world while in Venezuela.

I feel the need to publish this post now dedicating it to my friends of Nari Jibon… it may happen that I will change bits of it, correct my english, post the link of photos in flickr that I need to upload yet and during a while wonder if I’ll translate or not this post to spanish…

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