Categoría: Divagaciones

Cuando muera quiero ser un diamante

Hace años decidí que cuando muera quiero que me cremen, por razones prácticas y hasta cierto punto existenciales.

Las prácticas obedecen a que me parece absurdo gastar dinero en tener tumbas y someter a los deudos de uno a que las mantengan. Deudos quienes nos recordarán con cariño hasta el nivel de nietos. Después de eso formaremos parte de la memoria familiar, y sólo si llegamos a merecerlo, es decir, si de alguna manera creamos una mitología de nosotros mismos que valga la pena recordar en el futuro. Hagan la prueba y traten de traer a la memoria algún cuento de sus bisabuelos o tatarabuelos a ver cuántos pueden recabar. Ni se hable de tíos abuelos o primos abuelos, etc. Además traten de recordar dónde se encuentran enterrados y con cuanta frecuencia los visitan. Si tienen éxito en obtener recuerdos e información, los felicito. Sin embargo, me atrevo a afirmar que la mayoría no tendrá éxito en esa prueba, fundamentalmente por lo diverso de nuestros orígenes y la extensión de nuestras familias.

Me salí del punto de señalar la impracticidad de una tumba lo cual, en suma, se refiere a dinero, obligación y duración en el tiempo en el recuerdo de nuestras familias y amigos.

Las razones existenciales.
Para mí el cuerpo es una cascarita. Cuando he visitado la tumba de mis familiares nunca he sentido que los he visitado a ellos. Me siento absurda enfrente de una cruz de piedra o una placa en la grama tratando de orar o hablar con ellos cuando la conexión siempre la tengo donde esté … a excepción justamente de sus tumbas. Por supuesto esto es una experiencia muy personal que tiene que ver con mis propias creencias.

Para mí la cascarita debería integrarse de nuevo a la tierra siguiendo el ciclo que la naturaleza dicta, en vez de estar aislada en una caja que se lo impide.

La vanidad también juega un rol en mi adversión a los ataúdes y ser enterrada: la idea de que me pongan algodón en los orificios y me inyecten formol para verme bien en el funeral ¡sencillamente, me crispa! Por lo que aparte de que me cremen lo más rápido posible, no deseo que me muestren tampoco. Más si estoy vieja y chuchumeca.

Pero luego de haber decidido esto hace tiempo, siempre he visitado las opciones de qué hacer con las cenizas y no me he decidido… Echarlas al mar, de repente en Mochima o Los Roques; o en el río Cinaruco donde he pasado tantos buenos ratos, o en el llano o en la cima del Santo Ángel o sembrarlas en la tierra con semillas y parir un árbol, o si sigo en el extranjero que las echen en la costa de Zanzíbar, uno de mis sitios favoritos en el mundo, pero este último puede ser un costoso capricho post-mortem dependiendo de donde me muera.

Ayer me vino todo esto a la mente de nuevo cuando leí en un artículo hace años la explicación de que con ocho onzas de nuestras cenizas y el carbono contenido en ellas se pueden crear diamantes sintéticos. Y esto me pareció genial. Una vez muerta y estropeada ser condensada en algo bello y casi eterno como lo es un diamante. Algo que se puede lucir y en caso de emergencia vender. Así que hasta en la posteridad se pudiera ser útil. Y en vez de ser un gasto, uno se convierte en una inversión. Pudiera parecer insensible o hasta macabro, pero si lo piensan bien es práctico.

Se imaginan por ejemplo si enviudan cargar al marido en el cuello guindando (así te quería ver, pajarito) en tremenda piedra de 1/2 o 1 carat montada en un pendiente de oro o platino. O en el caso viceversa, nosotras en un hermoso alfiler de corbata o anillo para nuestros maridos o hijos. Posiblemente a los precios de hoy cueste casi lo mismo hacer esto que tener una tumba con la ventaja de que se puede lucir y, como ya dije, en caso de emergencia,vender. No hay que hacer mantenimiento ni ir a ninguna parte porque estamos siempre allí brillando en un joyero o en alguno de nuestros seres queridos y eventualmente en descendientes que no conocimos.

Todavía no estoy cien por ciento segura pero creo que cuando me muera quiero ser un diamante. ¿Pero qué hacer con el resto de mis cenizas si solo usamos ocho onzas (pensando en el diamante más chico)? Otra idea que me gusta: mezclar las cenizas con concreto en un bloque y echarlo al mar para promover la formación de corales y micro-ecosistemas marinos. Así evitaría las dos cosas que más me aterran de la muerte, el olvido y no volver a la naturaleza. Porque cómo olvidarse que el diamante ese, es abuelita y que en alguna parte en Morrocoy hay un pequeño arrecife gracias a ella. Eso me da nota. Claro que si me muriera todavía joven, no quisiera estar en el anillo de la futura nueva esposa de mi viudo, o que ella por «accidente» me perdiera o líbreme Dios terminar en el bolsillo de un choro luego de un secuestro express. Pero esas son contingencias que quizás se puedan solventar con un testamento.

Para los que encuentren esto serio y les interese, o les parezca broma y les divierte aquí esté el enlace de la compañía de los diamantes en Estados Unidos con toda la información y acá otra en España. También he leído sobre cenizas en el espacio lanzadas en cohetes o dispersadas con fuegos artificiales en el aire, pero esos métodos para disponer de las cenizas no me cautivaron tanto.

Aunque no me molestaría que enterraran mis cenizas en la Luna… Mmmm.

Ranteo de medianoche

Hay algo que es común a todos los que escribimos por afición, vocación o compulsión. La necesidad de expresarnos. Y a todos los que blogueamos, además, la de entablar comunicación y establecer una de esas conexiones azarosas e inesperadas que nos hacen reconciliarnos con el mundo.

Escribir es un acto íntimo. Y lo es más que el de la conversación. No gozamos de nuestra expresión corporal para apoyarnos por lo que debemos ser más precisos y en mi opinión dejamos ver mucho más de nosotros. De alguna forma ponemos nuestra vulnerabilidad al descubierto y de otra, ello nos hace sólidos. No sé si me explico… pero creo que me entienden.

Escribir también es un acto de liberación. A las aprensiones, a los prejuicios que nos hace limitarnos como seres sensibles y ávidos de contacto. A superar la paradoja del hombre, de ser un animal gregario pero que padece de soledad inmanente, existencial.

En estos días he tenido la epifanía de que en realidad todos estamos conectados, pero que no sabemos ver los finos hilos que nos unen. Hemos como especie, desaprendido a ver la conexión entre nosotros. ¿O quizás nunca lo supimos y estamos aprendiendo apenas? …No sé.

Es posible que nunca superemos la soledad existencial, pero por lo menos podemos asumirla y vivirla acompañados. Unos con más éxito que otros y … en eso estamos.

Mi padre, el inmigrante – Vicente Gerbasi

Canoabo 1917. Del archivo de fotos en vicentegerbasi.net. El padre del poeta a la derecha en la foto.
Canoabo 1917. Del archivo de fotos en vicentegerbasi.net. El padre del poeta a la derecha en la foto.

Yo no le había prestado mucha atención a la poesía de Gerbasi cuando estaba en Venezuela. El año que me fui hacía casi uno del fallecimiento de mi padre.

Estar lejos le limpia los lentes a uno. Hace apreciar más las resonancias y atributos de nuestro idioma. Estar lejos también crea avidez por lo que se añora. Nos hace buscar, hurgar, inquirir y regocijarnos cuando encontramos una remembranza de lo que consideramos nuestro: un buen café, una tonada, expresiones coloquiales, paisajes que se nos escapan. A mí me hizo aún más ávida de la literatura nuestra. Si ya la apreciaba, la lejanía me permitió hacerla mía totalmente.

Así fue como encontré de nuevo a Gerbasi. Quien no sólo alumbra con imágenes las añoranzas que podamos tener, sino que en mi caso, hace presente a mi padre, quien fuera inmigrante, al igual que el suyo. Al igual que el de mucha otra gente en Venezuela.

Aquí tres de los cantos de su obra Mi padre, el inmigrante.

Canto I
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún,
sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas
o pasa por las almas con golpes de agonía.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.

Canto V
A veces caigo en mí, como viniendo de ti,
y me recojo en una tristeza inmóvil,
como una bandera que ha olvidado el viento.
Por mis sentidos pasan ángeles del crepúsculo
y lentos me aprisionan los círculos nocturnos.
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Escucha. Yo te llamo desde un reloj de piedra,
donde caen las sombras, donde el silencio cae.

Canto X
¿Qué fuego de tiniebla, qué círculo de trueno,
cayó sobre tu frente cuando viste esta tierra?
Pasaron costas negras, arbustos inflamados,
barcas con piña, coco, bananas, chirimoyas,
sobre un mar tenebroso con medusas y anémonas.
Y pararon caminos, zamuros, caseríos,
y un niño sin parientes pasar por la llanura,
y un vaquero llamando la sombra del ganado.
Una puerta caliente se abrió para tu vida.
Te llamaron las aguas con sus lenguas oscuras,
los pájaros con gritos, y animales dolientes
que lloran largamente en el alto follaje.
Y llegaste a la puerta de la casa del brujo,
de cuyo techo cuelgan gruesas hojas moradas,
semillas venenosas, corazones de pájaros.
Y viste la melaza correr en los trapiches.
Y el toro que en la tarde avanza hacia la muerte,
atado a dos caballos,
Y viste la serpiente de agua retorcida,
que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta.
Y anduviste de noche entre las mariposas
de luto, que visitan los ranchos tenebrosos,
donde habita la fiebre de labios amarillos.
Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano,
seguido por el canto del aguaitacamino,
que avanza, misterioso, junto al paso del hombre.
Y dormiste entre hormigas, arañas y escorpiones.
Y grandes flores lilas, con brillos siderales,
se abrieron en tu sueño de encendidos diamantes.

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La página oficial de VIcente Gerbasi: http://www.vicentegerbasi.net/

Hermoso artículo de Cleto de Assis sobre el poeta http://cdeassis.wordpress.com/vicente-gerbasi-o-poeta-de-canoabo/

La foto proviene del archivo público de sus fotos en http://www.vicentegerbasi.net/