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Invierno en Dinamarca

En el tren de camino a Aarhus desde Copenhagen, contemplo el invierno aún sin nieve en Dinamarca. Son unas cuatro horas de camino y no puedo dejar de pensar que este es un país en el que realmente me siento extranjera. La lengua es indiscernible y hay pocas traducciones al inglés en rótulos de aeropuerto, estación de tren y calles. Cuando llego a cualquier nuevo destino una de las primeras cosas que hago es contemplar el cielo. El cielo da cuenta de cómo está configurada la gente de una tierra. Y no, los cielos no son iguales. Los cielos son diferentes en cada territorio que arropan.

En esta ocasión, el cielo es el más plomizo que he visto en mi vida. Es como si se fuera a caer pesado sobre los árboles desnudos por el invierno convirtiéndolos en miríadas de astillas, agujitas de madera congelada.

Todo este país se ve como de cuento de hadas en el verano, pero en invierno es bastante sombrío aunque sin faltarle belleza. Una belleza triste, como la de algo delicioso que se ha dejado olvidado en el congelador.

El trayecto no es monótono. Me cuesta encontrar el asiento y luego de dos paradas tengo que mudarme porque estoy en el vagón equivocado y me explican que el servicio de tren cometió un error de concordancia entre los números de vagón de los tickets y los del tren, y que todo el mundo sabía eso, menos por supuesto, los turistas. Al mudarme a mi sitio en puestos ordenados de a dos enfrentados con una mesa en medio, la pareja sentada enfrente mío, padre e hija adolescente se murmuran algo entre ellos y deciden que no quieren mi compañía y se van a otro lado. No sé si por mi pinta extranjera indefinida o sencillamente quieren estar ellos dos solos. No me hizo falta saber danés para entender su incomodidad. Está bien, si hay algo que aprecio es la soledad en trenes y aviones. Ellos no tenían reserva de asiento, yo sí. Pero al cabo de algunas paradas dos mujeres se sentaron enfrente y luego una señora al lado. De las tres, dos sacaron su tejido a dos agujas. Bufandas.

En Dinamarca, las casas parecen de muñecas. Bellas, con jardines diminutos se juntan para formar pequeños pueblos a través de los cuales pasa el tren con interludios de bosques y campos para la siembra ya vacíos. De repente, de esta aura de cuento de hadas impreciso me saca un par de arcos dorados en medio de uno de estos pueblos de ensueño. Siguen más bosques, más campos y en algún horizonte un molino solitario tratando de elevarse con sus aspas de jet.

Me parece difícil este paisaje. Me parece admirable que un grupo humano haya sido capaz de domarlo, domesticarlo, poseerlo y finalmente amarlo. Es entendible este orgullo danés por su herencia histórica, organización social, y tiene sentido entonces todo lo que conozco sobre Dinamarca, un país donde se cuida el bienestar común cuidando el del individuo y viceversa, pero no idealizo esta tierra ni la considero una sociedad perfecta. Sólo  intento comprender el matrimonio entre paisaje y gente, el devenir, la consecuencia que produjo esta nación, organizada, juiciosa, llena de sentido común y al mismo tiempo hermética, compacta, dentro de sí.

Finalmente, llego a mi destino. Me espera un querido amigo que grande como sus ancestros vikingos, me saluda con una sonrisa llana y abierta. De Dinamarca y su invierno, una cálida bienvenida es lo mejor. Me quedaré con él y su esposa ugandesa, otra amiga querida y también alta, de estirpe guerrera.

Me maravillo ante las migraciones modernas, las nuevas sangres que conforman la Tierra, los nuevos devenires, las consecuencias.

Me pregunto si entonces el cielo seguirá signando destinos y miradas.

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Invierno en Dinamarca

deseo volver a mi paisaje
como el árbol desdichado
en medio del campo a ras
esperando mejores días para la vida

las lágrimas del tren
corren horizontales
trazan una ruta veloz
de hormigas plateadas
en la ventanilla

al fondo
el cielo huraño
árboles desnudos que tejen en mi memoria
paisajes de soledad y frío

nostalgia y anhelo del abrazo

10/12/09
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