La tortica

Con los panas…
Mila y Marta a la izquierda, Edgar, Lino (esposo y pana), Carmen y David a la derecha.
La foto es cortesía de Josep.

39

Hoy hace 39 años llegué a este planeta, gracias a la coincidencia cósmica de la unión de un ruso emigrado de 40 años con una chama de 23 completamente criolla.

El experimento aparte de producirme como primogénita fue seguido de tres más que constituyen mis hermanas queridas a las que extraño un montón junto a mi mamá, sobre todo en este día que las quisiera conmigo.

Hasta ahora todo bien. 39 que se me han pasado rapidito y aunque ya no aguanto una rumba larga sigo sintiéndome bastante carajita. Creo que estoy entrando en la belleza renacentista o quizás rembrandtiana, con carnitas por aquí y por allá. La gente me halaga diciéndome que me echan diez años menos. Y la verdad es que no sé si me veo así de joven. Serán cosas de la combinación de cromosomas y la práctica reproductiva afortunada de nuestras tierras cálidas.

O también será el cómo me siento. Porque así como cuando andaba en mis 17, con la melena suelta coloreada con henna, cueritos y cuerditas en el cuello y zarcillos hechos por mí, camisitas jiposas hindúes, jeans y un par de botas de cuero con flecos -que aún algunos recuerdan de cuando mis tiempos de pichón de bióloga en la USB-, estoy en mis casi 40 con la melena suelta pero amarillosa, cueritos y cuerditas en el cuello, camisitas jiposas bangladeshis, jeans y calzada para todo terreno. La diferencia es que en ese entonces eran los ochenta y el «what a feeling» de la película y la canción eran el look. Ahora andamos en una nueva centuria sin look definido por completo y yo aquí en Bangladesh donde encuentro buen surtido para con el que siempre he estado más cómoda.

Y así como en esa adolescencia universitaria en que sentía que tenía todo el mundo por delante y todo un universo dentro de mí misma que explorar, siento que hoy no he llegado ni a la mitad del camino y aún tengo mucho que andar y descubrir. Así que para allá voy.

He llegado sana y salva a la fecha, y la crisis -otra más- si me da por las cosas de la edad, que sea el año que viene luego de haber saboreado estos intentos de nueva adolescencia por los que ando transcurriendo.

Carroñeras

Trigal con cuervos de Vincent Van Gogh

En Caracas, podía pasar horas viendo volar a los zamuros (zopilotes) de azotea en azotea. Y a pesar de medrar en la basura y los animales muertos, los sentía [siento] tan libres. Me gustaba sentarme en el balcón del apartamento y verlos en contraste con el azul del cielo y el lento transcurrir de las nubes.

En Uganda, descubrí los marabou stork. Una suerte de cigueña de como un metro cincuenta de estatura con una bolsa que cuelga pajo el pico a la manera de los alcatraces. Estos seres estaban protegidos por el gobierno, en parte [totalmente] porque no hay sistema de recolección de basura. En toda la ciudad caminan con parsimonia entre las montañas de desechos y vuelan espectacularmente libres. A los nidos monumentales nadie los perturba. La cría blanquita se va tornando gris y poco a poco la impoluta apariencia se mancha por los efectos de la carroña. Uno veía también águilas pescadoras, cuervos de pecho blanco y una suerte de gavilán marrón por toda la ciudad, pero el rey es el marabú. En el interior del país es donde abundan los zopilotes, también con majestad, sobre los restos de la muerte cotidiana.

En Dhaka, hay muchas águilas pescadoras por los lagos y ríos que posee la ciudad, halcones, búhos y gavilanes, pero sobre todo, cuervos. Cuervos negros. Frente a mi ventana, entre los jardines vecinos vive toda una comunidad. Unos 30. Se paran en la baranda del balcón, en la fronda del árbol de mango que da a mi apartamento. A las 5 de la mañana en vez de gallos se oyen cuervos. Dependiendo del día me recuerdan a Poe, o esa última (y debatida) pintura agorera de Van Gogh o esa otra no me acuerdo de quien, de los cuervos parados en los cables de la electricidad. Graznan todo el santo día y me pregunto de qué hablarán. Su vuelo es rápido y certero. Son inteligentes y te miran como queriendo decirte algo. Nada de andar suspendidos en el aire flotando en contemplación… o rara vez. Pero también son libres.

Por supuesto me gustan otros pajaritos más tiernos y dulces, y también otros con más estátus como los loros. Los loros reales, las guacamayas, los kasukus grises africanos o los verdiazules de por acá. También las de rapiña: gavilanes, águilas, búhos y halcones. Pero nada como las carroñeras.

No sé qué me hace gustar estas aves ni porqué las asocio con libertad. El vínculo no me es tan obvio, porque la muerte no la veo como liberación ni reposo. Siempre me debato entre si final o finalidad.

Supongo que serán cosas de mi lado obscuro, que a veces de día es insomne.