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Divagación sobre la muerte – y poema de Guillermo Sucre

vastedad

La muerte se ha llevado gente querida por mí en estos días pasados. También algunas celebridades han muerto haciendo entrar en shock al mundo del espectáculo…  al mundo y punto debiera decir ya que han acaparado más tiempo en prensa que los usuales muertos de guerras y desastres naturales que nos deparan las noticias de todos los días. Las guerras que de tan comunes ya nos parecen una catástrofe natural. Luego los accidentes aéreos que han proliferado últimamente nos impactan por esa terrible metáfora que significa tomar un avión para no llegar a ningún destino, pero efectivamente haber partido. Los muertos de fin de semana en Caracas son un número que se «canta» cada lunes como si fuera una lotería, que Dios mediante, al saberlo uno agradece no ser parte de ese número pero se muerde los labios cuando aparece cada siete días como una amenaza latente.

La muerte está siempre al lado nuestro. Camina al lado nuestro porque es una posibilidad diaria. Uno no la piensa, uno no está consciente de que la vida es un proceso hacia la muerte. La muerte no es un suceso súbito e inesperado. Es lo que queremos creer, pero es hacia esa meta hacia la que avanzamos en la vida. Los budistas tibetanos pasan el tiempo preparándose para ese momento porque es la gran oportunidad de mejorar el karma para la otra vida o de alcanzar el nirvana. Dentro de nuestra cultura occidental, algo más materialista y pragmática, la vida se hace corta para alcanzar todos los sueños porque la muerte nos los trunca, incluso si llegamos a avanzada edad. Cómo quiera verse la muerte está con nosotros siempre. Y siempre es evadida, y siempre tenemos esa noción de que es sorpresiva, de que no habría que esperarla. De que quizás la podamos burlar.

Y he aquí que me topo con este poema de Guillermo Sucre sobre ella y me da cierto sosiego, dentro del ánimo algo fúnebre que me envuelve estos últimos días. El poema es del libro La vastedad. México. Edit. Vuelta, 1988. P 23-24. Se puede encontrar en la Biblioteca Central de la UCV, bajo la cota PQ8860S94V3. Agotado en librerías hace tiempo.

El poema fue publicado-rescatado por la Revista El Salmón, revista de poesía, en su segundo número que toma de este libro, el nombre para esta edición. El artículo Conciencia de los sentidos de Roberto Martínez Bachrich reflexiona sobre esta obra de Sucre.

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and to die is different from what anyone supposed
W.W

Sólo la muerte tiene sentido

todo recobra su justa rotación como el pensamiento
cuando morimos
el cuerpo merece entonces ese esplendor y también
esa lenta respiración del mundo
en el verano

por primera vez vemos la vastedad
por primera vez el alba nos despierta con la arenisca
de la infancia
el vacío hace ahora el espacio de la casa y le devuelve
la profundidad de lo frágil
un muchacho recorre con sus manos las pulidas espirales
de la mecedora al mediodía
se mece en el sopor que nos hace más lúcidos
los helechos la humedad humeante del patio
y allá lejos el cotoperís espaciosamente mudo
la parra tramando la soleada caligrafía
de la soledad

qué no nos pertenece ya que pueda desposeernos de lo
que nos posee
somos la fijeza el último brillo donde empieza
la larga intemperie
ese lenguaje que todos hablamos
sin reconocerlo

morir no es un vértigo un abismo una incandescencia
sino el reconciliado orgullo
caen las máscaras y ya no hay rostro o el rostro
es la máscara que no cae
el mil veces expuesto signo que nadie
descifra

ni este mundo ni el otro ni éste ni el otro
espejo
ni memoria ni olvido
morir es la sola solitaria fresca posesión de la piel
que fuimos desollando
la memoria que el olvido recuerda

a Efraín, a Gonzalo

Guillermo Sucre

Divagación del viaje y las preguntas

[Atardecer en uno de los canales del Delta del Okavango – Botswana]

Uno viaja y de repente se encuentra en un sitio inimaginable. Inimaginable porque uno nunca previó el portento que ejercería sobre uno. El portento de preguntarse, por ejemplo, cómo es posible la maravilla de una luna en el atardecer naranja y rosa de este delta y que pueda atestiguarlo. Sí, el portento de las preguntas que afloran del asombro ante el encanto del mundo, ante la belleza al alcance de la mano que tantas veces nos empeñamos en ignorar.

Esta brisa en el Okavango pudiera ser la que viene todos los días a golpe de 5 y media de la tarde por el corredor de viento desde el Este atravesando Caracas. La brisa que se lleva la contaminación del aire todos los días. La que me trae los recuerdos de niñez en el jardín de casa de mamá en Los Dos Caminos.

Pienso en el olor a monte fresco al amanecer que no es otro sino el olor del llano húmedo despertando con el ulular de las palomas y la algarabía de los demás pájaros que se aprestan a iniciar el día. El llano de otras tantas memorias.

En las preguntas consigo la ubicuidad y la epifanía. Las respuestas son redundantes del asombro que quisiera eterno.

[El ocaso ya muriendo – Delta del Okavango, Botswana]

Me encuentro donde me encuentro.
No pierdo el horizonte.
Viene a mí con cada amanecer
y se queda impreso en el ocaso.
La noche es la misma siempre,
sin latitud ni longitud.
En ella habito.
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