Recuerdo de Alejandro Salas

Me crucé con tu poema y terminantes, entre paréntesis, el año de tu nacimiento y de éste, definitivo, que señalaba así de sobrio el de tu muerte.

Recuerdo que cuando apareció Erotia, la intensidad de esos versos causaron asombro y evidenciaron cierta paraplejia mental de algunos seres del medio que no concebían tanta sexualidad proveniente de la figura delgada, con lentes, un tanto desgarbada más propia del ratón de biblioteca que proyectabas.

Erotia arrebató asombro, respeto y tambien un dejito de envidia ante el verso auténtico y por tanto difícil que muchos eran incapaces de producir sin miedo en sus propias frases, en su poesía o demás escritos, a la hora de explorar la carne.

Recuerdo también que al contrario de todos los escritores que he conocido le rogabas a Liscano, tu editor y a Milla tu distribuidor que cero bautizos, fiestas, recitales o foros. Te resignaste a aceptar la idea de las concebidas gacetillas y el ejemplar de cortesía a la prensa. Lo mismo con la antología de poesía venezolana editada por Milla, la cual (a lo mejor recuerdo mal) fue presentada por Armando Sequera contando con tu ausencia o no fue presentada en absoluto?

No menciono estos detalles por maluquería con los escritores a quienes la vanidad, el ego o el querer ser reconocidos o simplemente leídos a veces los traiciona y los hace perder asidero con la tierra, sino para resaltar el contraste de que así de callado y con una modestia a toda prueba, tu vida era escribir, investigar, traducir, hacer grabados, y demás ejercicios de libertad que se me escapa en este momento enumerar. En ti se me autenticaba lo del escritor escribe para sí. Publicar, difundir era ya darle a esa entidad creada en el poema, el ensayo o las traducciones de Ashberry en ediciones limitadas, en cualquier obra producto de tu mano, el empujoncito del padre a la criatura cuando le dice que salga al mundo porque ahora es suyo a encontrarse o perderse entre los otros. Un acto de liberación más que de confrontación con el otro.

Eras un ave rara, porque justamente mi trabajo en ese entonces y por varios años lo fue el de promover las obras y los autores editados por la casa editorial de turno a como diera lugar y tú, para mi desespero, no colaborabas.

Esa extrañeza se convirtió en admiración, años más tarde, cuando tuve la madurez suficiente de entender la paz de espíritu, la seguridad y satisfacción que se debe tener consigo mismo para no requerir del gesto aprobatorio de los colegas o de los lectores. Auténtica modestia. Rara avis.

Así te tenía en mi memoria hasta que hace un par de años, de visita en Caracas, reanudamos la charla que alguna vez empezamos en las oficinas de Alfadil y que continuaban en esporádicos, fortuitos encuentros en alguna librería o en los pasillos de la GAN con años de por medio. Sonia Casanova, tu compinche de la galería, nos hizo coincidir de nuevo y la conversación continuó quedando en vilo cuando me tuve que regresar para una próxima vez que ya no será, porque el que ha partido ahora eres tú.

La vida es finita. Chiquita ante el destino sin certezas que nos traga y rejurgita como le da la gana. Ese destino que eventualmente nos pasa el suiche, nos borra o nos vindica.

No tuvistes la intención y sin quererlo finalmente se hace presente tu paso por nuestras vidas. Las de quienes te conocimos en la brevedad de encuentros esporádicos (y entonces guardábamos esta admiración), las de tus amigos, la de tu esposa. Las de quienes no necesitan sino publicar un poema tuyo y dar a entender todo, constatar tu legado y establecer en el acto, tu huella.

Publicado en www.elmeollo.net

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