En búsqueda del país perdido – Venezuela sin adjetivos

Ya es doloroso estar fuera de Venezuela. Se extraña lo bueno que nos caracteriza como venezolanos y a veces hasta lo malo. Pero leyendo las noticias de la prensa, toda la prensa digital, me pregunto si esa idea de venezolanidad que tengo en la mente es ahora la correcta. Si ya lo que yo creía que era ser venezolano no es sino un sueño que por soñado ahora duele.

No soy chavista, pero tampoco puedo considerarme antichavista. Por lo menos no de la manera que se usa ahora. Hasta ahora la historia ha probado que cualquier extremismo es perjudicial para la salud de cualquier país y me perdonan esta imagen tan burda, pero es que siento que el país está enfermo.

Se me dificulta imaginarme a los círculos “bolivarianos” en acción, y con horror me paseo en las imágenes del 11 de abril, de los asesinatos, saqueos y actos de vandalismo contra embajadas.

Soy hija de un inmigrante que hizo suyo este país y selló su compromiso con una venezolana produciendo una familia que continua expandiéndose. En ese sentido siempre me he sentido venezolana de pura cepa, porque la venezolanidad, por lo menos de la manera que la percibo, siempre se ha basado en la mezcla racial, la pluralidad y la amabilidad para adoptar modos o costumbres de otras culturas, a la suya.

Estando en Africa, que es donde estoy, reconozco en la sazón africana ingredientes de la nuestra, en el uso de la hoja de cierta banana para envolver la comida puedo adivinar a la hallaca.

Añoro la belleza de lo que es mío y no puedo disfrutar. Y con horror presiento que no volveré a ver esa belleza, que ese concepto o percepción de venezolanidad que yo tenía se ha dejado avasallar por la barbarie de nuestros más básicos sentimientos de odio y envidia, por la distorsión de valores que a pesar de todos nuestros defectos siempre estaban presentes como una finalidad o aspiración: honestidad, respeto por el otro, justicia, democracia. Quizás la distancia me ha hecho idealizar el gentilicio, o quizás el contraste africano. Otro día disgregaré al respecto.

Sinceramente creí, que a pesar de los males de la “IV República”, que de un gobierno absolutamente centralizado a principios de los sesenta, cada día íbamos perfeccionando más nuestro sistema hacia una federalización donde mayor participación ciudadana estaba garantizada. Una federación dentro de un sistema que proporcionaba además el beneficio social de la educación gratuita, salud y protección al trabajador. Beneficio ineficiente, es verdad, pero que estaba ahí, en la ley; y el cual, amparado por ella como derecho ciudadano, era susceptible a perfección igualmente. Lento pero seguro.

Me sentí orgullosa de nuestra democracia cuando (a pesar de no haber votado por él), se reconoció la victoria del presidente Chávez, y me dije que se había demostrado que nuestro sistema democrático sí reflejaba la voluntad del pueblo. Y hasta allí llega el encantamiento.

Discutir las cualidades de nuestro presidente como tal es para mí a estas alturas innecesario y hasta irrelevante. Lo obvio no se discute. La pregunta para mí es cuáles son las cualidades de nuestra “ciudadanía”, cuáles son las cualidades que constituyen el ser cívicamente venezolanos. Chavistas y no chavistas por igual estamos pagando el precio de la indiferencia política que ejercimos en el pasado y todos tenemos esos muertos, los del 11 de abril, ahora pesando en la espalda. Otra pregunta es si queremos tener más.

¿Nos costará el país seguir en posiciones extremas? Una vez termine esta borrasca seguiremos siendo venezolanos, de ello no me cabe duda, pero ¿qué clase de Venezuela tendremos? ¿Dejaremos como herencia organismos paramilitares enquistados como los de Colombia, “frentes de liberación” a quienes nadie les ha pedido que liberen nada, un perpetuo malestar con el país vecino que más que nunca necesita de nuestra solidaridad y ayuda efectiva? La meta no tendría que ser sacar a Chávez como quien extirpa un lunar maligno, ello no necesariamente libera de un cáncer.

A estas alturas algunos se preguntarán cuál es el punto de este artículo, la verdad es que no lo tiene. No uno evidente…me tienta pedir a todos unos minutos para pensar cuál es la Venezuela que queremos. A todos: chavistas y no chavistas. A ver el bosque en vez del árbol.

Estoy segura de que es la misma Venezuela. Una Venezuela próspera, democrática, con oportunidades y bienestar para todos sin distingo de raza, nacionalidad, religión o credo, donde la impresionante riqueza que poseemos se reparta equitativemente a través de beneficios que todos deberíamos gozar.

En esa Venezuela creo que hay lugar para todos. Y si se pone tiempo en pensar en ella, mientras más se piensa hay menos sitio para círculos armados, para posiciones recalcitrantes, para insultos y para una presidencia manejada por intereses ajenos a los del bienestar del país e influenciada patéticamente por terceros, llámense Fidel, José Vicente, Miquilena o el favorito de turno.

Tampoco habría lugar para una guerra civil, con qué objeto. ¿Cuál sería el objeto de una guerra civil? ¿Habrá alguien que pueda contestar a esta pregunta?

Venezuela debería ser el verdadero foco de nuestros argumentos y espacios de discusión, porque todos somos venezolanos. Y dentro o fuera del país no dejaremos de serlo. Al pasar éste período, no habrá boinas o colores que valgan, la bandera y el escudo serán los mismos y el nombre del país con o sin adjetivos será Venezuela. Aquí dejo muchas preguntas que no sé si se puedan contestar. Yo no me las puedo contestar satisfactoriamente. Me asusta pensar que no encontraré el país que dejé, ilusionado y esperanzado con un cambio, ahora llana y simplemente desesperado y a la deriva. ¿Será que algún día mencionaremos a Venezuela sin acompañarla de adjetivos…?

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