En la vía a Botswana me paro en Nairobi porque tengo que sacarme la visa.
La vez pasada fue así y me la dieron. Esta vez el oficial de inmigración no estaba en el país y era imposible darme una. Hoy me dicen que no necesito visa para Botswana como venezolana. Al parecer las cosas al respecto cambiaron en este par de meses. Espero que no me devuelvan en el aeropuerto este lunes.
Los meses de julio, agosto y septiembre fueron sumamente fríos en Nairobi. Nublados y lluviosos. La ciudad estaba gris constantemente y el follaje de los árboles que la cubren tomaba ese gris de la atmósfera para convertirse en repositorio de melancolía. Mi humor y mi espíritu se reflejaron en el clima de esos días que estuve aquí.
Tenía aprehensión de volver. Es el principio de un largo viaje, ya que de vuelta de Botswana mi intención es ir a Venezuela sin pasar por Bangladesh. Otros tres meses sin estar en el hogar, pero aterrizando en sitios donde me siento como si estuviera en casa. Como en progresión hasta llegar a Venezuela a casa de mamá, mi antiguo, interminable y originario hogar. Estos retornos nos centran, nos brindan perspectivas. Perspectivas diferentes a las que provee la distancia, pragmáticas y desapegadas. Volver al origen nos otorga de nuevo el centro de nosotros mismos, nos confirma los aciertos o enseña los equívocos. A eso aspiro, aparte de unas hallaca, cachapitas y demás delicias que extraño.
Los días están hermosos en Nairobi. El cielo es azul absoluto. La luz amarilla, lo es tanto que la suma del follaje de los árboles pierde su verdor para convertirse en una fiesta solar. En flor están bucares, acacias y las increíbles jacarandas que convertidas en árboles violeta, ofrecen al festín cromático un ingrediente sin parangón.

Es difícil no sentir cierta paz con este clima que invita a la dejadez, al hedonismo de una siesta en la tarde temprana o el traguito viendo el atardecer sintiéndose uno contento de estar vivo, y a pesar de todo lo malo que nos puede rodear o acontecer, permitirnos un instante de optimismo.
