Categoría: Crónica

Breves y no tan breves relatos de viajes, de cosas que me suceden; unos más, otros menos imbuidos de reflexiones. A veces me cuesta separar las historias de la reflexion. Ejercicios de escritura. Intento del diario.

Inadecuada

Llegué a Venezuela y como que no he llegado. Estoy viendo la televisión, en un intento por insertarme, por aclimatarme a lo que está pasando. He compartido con amigos, no tan amigos, gente en la calle y he experimentado el agobio y la depresión que siente todo el mundo con la situación política así como la esquizofrenia colectiva de refugiarse en la más completa superficialidad y frivolidad (life goes on I guess). Aún no he aprehendido toda la situación. Aún soy testigo de lo que pasa pero no termino de comprender algunas cosas. Me siento inadecuada. No sólo a la situación de enquistamiento en posiciones, sino a la otra situación de evasión en el pantalleo, el botoxismo, siliconismo y consumismo desatado. No he podido evitar la caída de mi quijada ante la «prominente» transformación de algunas conocidas. Ojo no cuestiono corregir deficiencias o insatisfacciones con uno mismo, pero me asombran los volúmenes en pechos, labios, nalgas, etc. que he observado. Entre tanta sistematización de una anatomía «perfecta» éstandar me siento una vez más, inadecuada, no sólo por mi físico algo minimalista frente a la abundancia que predomina alrededor, sino porque no entiendo la compulsión exagerada por la transformación física. Por supuesto, vengo de vivir en la realidad de un país de gran miseria como puede ser Bangladesh, donde la compulsión es la sobrevivencia, el conseguir la taza de arroz del día, donde la pobreza no admite electricidad en la choza con todo lo que ello implica.

Cuando digo que me he venido con la esperanza de quedarme ya permanentemente, hay gente que me mira con una mezcla de asombro y lástima, de condescendencia por nuestra «equivocación» o admiración por nuestra «valentía». No hay equivocación ni valentía en regresar a casa. Es lo normal. Yo nunca senté raíces en otra parte y aún no siento que haya otro sitio mejor que mi país para vivir por siempre. No sé cómo o cuándo me sentiré adecuada. Pero supongo que llegará el momento.

Breve del monzón

El monzón trae la melancolía a Dhaka. Es inevitable. La lluvia que como película gris nubla la vista de la ventana, la canción insípida y triste del agua cayendo, no hacen sino convocar suspiro tras suspiro. Añorar un adónde ir, un café o un tecito con amigos del alma, una conversación inteligente y honesta. Pero sólo es posible una visita razonable a los medios digitales. Y para nada, para seguir suspiro tras suspiro pensando en los olvidos de Dios para con este mundo que vive mordiéndose la cola como un perro tonto y confundido.

El cielo retumba y vibra ajeno a este pensamiento microscópico. No puedo sino pensar cuán extranjeros somos todos a este planeta. La realidad verdadera es el cielo reverberante, la lluvia que cae, el gris que emploma el ánimo, no las noticias. Las noticias son de fabricación humana, sus consecuencias nuestra responsabilidad. Pero qué cansancio con esta idea. La lluvia debiera lavar todo.

Hay tantas cosas pendientes, y este clima, este desasosiego me sabotean las ganas de terminarlas, pero es un sentimiento temporal, de hoy, de este momento, como tantos otros donde me dejo abrumar por las circunstancias y sucumbo a la tentación de la dejadez. Pero ya. Nada de qué preocuparse. Es sólo un momento que excusan estas líneas, que me acompañan, pero no definen sino este minuto regodeado en el tedio del monzón y sus susurros a los sentidos.