Categoría: Viajes

La otra luna

Así como hay atardeceres mercúreos en Dhaka,
hoy la luna anda a medias y está guerrera.
Naranja en medio de un cielo negro sin estrellas,
denso como todos los cielos de Dhaka.

Está asomada como una sonrisa sin rostro,
o como un último molusco en un mar de pesadilla.

Los cielos más raros los he visto acá.
Los más extranjeros.

Pero la luna era la misma hermana de siempre.

Hoy es extraña.

No es la luna terrícola acostumbrada,
plateada y mística,
flotante.

La de esta medianoche está incrustada en la oscuridad con luz ominosa.

No sabía que la luna pudiera ser otra.

Luz verde

De repente el cielo de Dhaka se tornó blanco amarillento y la atmósfera se llenó de una extraña luz verde en medio de la semi penumbra que la densidad de las nubes ha provocado.

Lo increíble de estas «nublaturas» en Dhaka es que las nubes no parecen ser nubes y el cielo pareciera que fuera un techo compacto de alguna masa gris pastosa, sin irregularidades ni volúmenes. Es un cielo muy raro que provoca las más extrañas luces. A veces naranjas, a veces amarillas en medio de esa casi oscuridad que provoca el encapotamiento del cielo en pleno día.

Hoy por primera vez la luz de la atmósfera se ha puesto verde.

Un verde lechoso, que se me antoja pensar pudiera ser el tono de la luz de la superficie de Venus o cualquier otro planeta extraño lejos de aquí.

Sobre un recuerdo mientras caminaba

Ayer hubo un día bello en Uganda.

El cielo no tenía ni una nube. Salí de un almuerzo de trabajo, a caminar por Kampala Road, una de las principales avenidas de la capital de este país. Es una avenida larga y bulliciosa, llena de tráfico y gente. En uno de sus lados, cerca de la estación central del tren, hay una serie de árboles sembrados que florecen igualito que el apamate rosado. No pude obtener el nombre de la mata. Aquí como me dice un amigo, sólo se conocen los nombres de las plantas que dan de comer. En el tope de una de ellas un marabou stork estaba parado. El marabú es una suerte de cigüeña que come carroña y basura y mide más de metro y medio parada, tiene una bolsa debajo el pico, como un pelícano, y su vuelo es lento y flotante. Es en gran medida responsable de la eliminación de la basura local.

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Y en fin, el caso es que caminaba viendo la escena de la carroñera en el tope rosado del árbol en contraste con el azul tremendo del cielo, y no pude evitar preguntarme cómo fue que la vida me trajo hasta acá. En cómo mis sueños concretos de cuando más joven (acoto, por si acaso) no tienen nada que ver con los que tengo ahora ni con la realidad que estoy viviendo.

De repente, tuve una epifanía. Quizás, mejor dicho, me vino de muy dentro un recuerdo. Viajar siempre fue un sueño intrínseco. Secreto. Un anhelo inconfesado. Conminado por Las mil y una noches, las aventuras escritas sobre piratas pendencieros de Salgari, las anécdotas de Tom Sawyer en el mítico sur de los Estados Unidos, los cuentos rusos ambientados en misteriosos bosques con babayagas viviendo en dachas danzarinas, las épicas y romances de Pushkin, las biografías de seres excepcionales para su momento como Solimán el Magnífico, conquistador de tierras lejanas y extrañas, los policiales de Agatha Christie donde todo el mundo tenía algún pasado en las colonias africanas. Toda lectura que caía en mis manos era un viaje a algún paraje lejano de la realidad que vivía. Hasta el Ortiz de Casas Muertas, me reverberó la fascinacion del viaje a través de la lectura, cuando por casualidad al ir al pueblo ví las casas muertas de verdad, la iglesia abandonada y en ruinas y un esplendor olvidado en los ecos presentidos de sus paredes desnudas.

Y así, aquí estoy. A veces los sueños menos obvios se hacen realidad. Los que nos apuntalan la voluntad subversivamente. Los que la hacen inquieta y compulsiva. Aquí estoy. Recordando la insinuación de esos sueños entre las páginas de mis lecturas de niña, rememorando las noches encerrada en mi cuarto aprendiendo las mañas del insomnio, mientras camino en una de las avenidas de Kampala, Uganda.