Sobre un recuerdo mientras caminaba

Ayer hubo un día bello en Uganda.

El cielo no tenía ni una nube. Salí de un almuerzo de trabajo, a caminar por Kampala Road, una de las principales avenidas de la capital de este país. Es una avenida larga y bulliciosa, llena de tráfico y gente. En uno de sus lados, cerca de la estación central del tren, hay una serie de árboles sembrados que florecen igualito que el apamate rosado. No pude obtener el nombre de la mata. Aquí como me dice un amigo, sólo se conocen los nombres de las plantas que dan de comer. En el tope de una de ellas un marabou stork estaba parado. El marabú es una suerte de cigüeña que come carroña y basura y mide más de metro y medio parada, tiene una bolsa debajo el pico, como un pelícano, y su vuelo es lento y flotante. Es en gran medida responsable de la eliminación de la basura local.

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Y en fin, el caso es que caminaba viendo la escena de la carroñera en el tope rosado del árbol en contraste con el azul tremendo del cielo, y no pude evitar preguntarme cómo fue que la vida me trajo hasta acá. En cómo mis sueños concretos de cuando más joven (acoto, por si acaso) no tienen nada que ver con los que tengo ahora ni con la realidad que estoy viviendo.

De repente, tuve una epifanía. Quizás, mejor dicho, me vino de muy dentro un recuerdo. Viajar siempre fue un sueño intrínseco. Secreto. Un anhelo inconfesado. Conminado por Las mil y una noches, las aventuras escritas sobre piratas pendencieros de Salgari, las anécdotas de Tom Sawyer en el mítico sur de los Estados Unidos, los cuentos rusos ambientados en misteriosos bosques con babayagas viviendo en dachas danzarinas, las épicas y romances de Pushkin, las biografías de seres excepcionales para su momento como Solimán el Magnífico, conquistador de tierras lejanas y extrañas, los policiales de Agatha Christie donde todo el mundo tenía algún pasado en las colonias africanas. Toda lectura que caía en mis manos era un viaje a algún paraje lejano de la realidad que vivía. Hasta el Ortiz de Casas Muertas, me reverberó la fascinacion del viaje a través de la lectura, cuando por casualidad al ir al pueblo ví las casas muertas de verdad, la iglesia abandonada y en ruinas y un esplendor olvidado en los ecos presentidos de sus paredes desnudas.

Y así, aquí estoy. A veces los sueños menos obvios se hacen realidad. Los que nos apuntalan la voluntad subversivamente. Los que la hacen inquieta y compulsiva. Aquí estoy. Recordando la insinuación de esos sueños entre las páginas de mis lecturas de niña, rememorando las noches encerrada en mi cuarto aprendiendo las mañas del insomnio, mientras camino en una de las avenidas de Kampala, Uganda.

7 comentarios en “Sobre un recuerdo mientras caminaba

  1. La dama vino inspirada. Empujando a sus lectores hacia adelante. A jugar con el poder del Africa. El blog-post convertido en transportación… casi que tocamos la lejanía. Casi.

  2. tiene razón Mauricio: ¡quiero seguir viajando, así que no pares!
    (y yo digo, para mis adentros, aquí estoy viendo una hermosa novela de viajes, o un libro tipo “Viaje a Italia” de Goethe.
    Gran abrazo.

  3. Al final pareciera, que todos terminamos en África, bueno, por lo menos los que te leemos. Gracias por contarnos tus sueños y hacernos vivir tus realidades amiga.

  4. Se viaja de muchas maneras y formas. Esta forma de re-escritura o re-visión de una experiencia del presente combinada con un sueño del pasado se convierte en un texto en cierto modo lírico.

  5. Pue sí, yo también he caminado contigo por Kampala Road y he visto por primera vez en mi vida a un marobou stork.

    Me pregunto cómo hiciste, poque hace dos minutos estaba en Uganda y ahora me doy cuenta de que sigo aquí, en La Boyera, esperando el aguacero vespertino de cada día que está a punto de caer, sentado en la biblioteca de papá (tu profesor Urriola). Y me sigo preguntando “qué hago aquí, cómo es que he vuelto al mismo lugar donde me pasé toda la infancia”.

    Abrazo,
    J.

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