Categoría: Divagaciones

Seminario blog – Cumaná hospitalaria – las mejores pepitonas

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[Calle del centro histórico de Cumaná]

Este sábado pasado estuve en Cumaná dando el seminario Weblog una herramienta para comunicar en la red organizado en conjunto con el Colegio Nacional de Periodistas capítulo Sucre y Espacio Público en el laboratorio de comunicaciones de la Universidad de Oriente. Este seminario se inserta dentro de las actividades de diseminación y capacitación que Espacio P’ublico lleva a cabo en toda Venezuela para promover el ejercicio de la libertad de expresión. El seminario es de corte teórico y práctico, ya que se hace una introducción a la web 2.0 y al blog como una herramienta útil de comunicación y para establecer redes sociales, y luego se pasa a la parte práctica de abrir el blog. En enero estuve en Trujillo en lo mismo y están pendientes otros puntos del país durante el año, con distintos instructores. Este viernes le toca a Juliana Boersner en Ciudad Ojeda.

La experiencia fue muy satisfactoria de nuevo. La recompensa es ver a la gente motivada con abrir un blog, sin aprensiones tecnológicas por cierta mitología urbana de robos de identidad, secuestros planeados desde la red, etc. No digo que no ocurra, pero las estadísticas no creo que superen las probabilidades de que nos pase algo sin que intervenga la red en ello.

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[El grupo que atendió el seminario, junto conmigo y Nadia Goncalves al centro]

Le dimos al seminario corrido, sin pausa para almorzar, sólo tuvimos 3 recesos de unos 15 minutos cada uno. En estos descansos empiezan a fluir los cuentos de la violencia que no llegan a la prensa nacional ni la de la capital. Asesinatos por sicariato del narcotráfico más que todo, aparte de conflictos sindicales, políticos, etc. De repente sentí que Cumaná era un lugar remoto y tan alejado como lo puede ser Dhaka de Caracas. Pensé en lo útil del blog para acercarnos, para dar a conocer sin cortapisas las versiones de país que cada quien tiene y conciliarlo en un panorama menos blanquinegro que el que tenemos hoy.

Colofón del seminario

Salimos del seminario. La Universidad de Oriente es una de las principales universidades del país. Me conduelo de verla. Con la pintura desconchada, los jardínes agrestes dejados a su propia naturaleza, algunos pupitres rotos aquí y allá fuera de las aulas, las paredes rayadas llenas de grafitti. Pienso en las cantidades de dinero que entraron en Venezuela en estos últimos 10 años y me pregunto si es que fue aquí que entró esa plata. Si es que es el mismo país, porque tanto abandono no se explica. En el carro veo por la ventanilla extensiones de terreno de la vegetación típica semiárida de la costa venezolana a la salida de la UDO. En el recorrido veo pequeños barrios pobres, miserables. Me asaltan los recuerdos de Bangladesh y toda la indignidad de la miseria. Esta pobreza que veo es mayor que la estereotipada de Caracas. Ranchitos mínimos de zinc bajo este calor. Aquí no hay la antena de Direct TV afuera, ni el carro, ni el semiconuco de los ranchos que he visto en otras partes del interior. Están sobre la desnudez de la tierra clara y sin hierbas, pintados de colores brillantes que imagino sería el maquillaje para disfrazar nuestras carencias a los invitados al ALBA.

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[Laboratorio de Comunicación de la UDO]

El laboratorio de comunicación de la UDO, eso sí, era perfecto. Veinticinco computadoras entre laptops y desktops con tremenda conexión a internet. Esa es la paradoja de este país que ama el avance tecnológico comunicacional pero no le importa hundirse en basura, mantener la pobreza indigna como valor y perder sus infraestructuras por falta de mantenimiento.

Hospitalidad A número 1.

Las reflexiones y las imágenes que recogí se vieron acalladas por la abrumadora hospitalidad. Nos llevaron, Dionely y Magdalena, a dar una vueltica al centro histórico de la primera ciudad de tierra firme en el continente, Cumaná. Tendría que ser la tacita de plata de este país. Pero no. Ya ni pensar en ello vale la pena. No hay explicación aceptable. En estos momentos se hace un esfuerzo de restauración del casco central y se ve coqueto, hermoso con sus colores vivos.

Me comentaron que al castillo de Araya lo habían ¡frisado! ¿Qué de la pátina del tiempo, qué de la antigüedad noble de la piedra y la argamasa?… No, nada de eso. Nada de nadedad, por parafrasear, es lo que hay en los criterios de algunas políticas de preservación de patrimonio. Lo que debieran frisar y pintar es la UDO, no un antiguo castillo de piedra.

Y como no había explicación que darme a mí misma, sencillmente tomé algunas fotos de la plaza, las calles aledañas, del palacio de gobierno quemado… por el actual gobernador cuando era estudiante y aún en ruinas. Simbólico y elocuente.

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[Gárgola del Palacio de Gobierno quemado]

Hacía falta unas frías para cerrar el seminario. Una de nuestras anfitrionas, Magdalena, le tocó la puerta a La Uvita, del Sr. Cheché, a una cuadra de la gobernación, quién nos la abrió franca lleno de amabilidad. Allí no sólo nos tomamos varias frías sino que nos regalaron con las mejores pepitonas del mundo. Ni un granito de arena tenían. Frescas en su limón con toque de vinagre, zanahoria y el puntico picante sin exagerar. Deliciosas. Un lujo. Con el refresco de las cervezas y ya en confianza dimos rienda suelta a los dimes y diretes de la cotidianidad nacional, nos recomendaron sitios de interés para ir a ver en Sucre, nos reímos, comulgamos en el humor, echamos cuentos, Magdalena cantaba con el cuatro un polo mientras el Sr. Cheché nos piropeaba al tiempo que nos confesaba un enamoramiento eterno por su esposa. Nos traían más pepitonas a las que atacaba sin piedad y queso con casabe, y al final a la hora de la cuenta, ¡todo iba por la casa! y nos nos dejaban ir.

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[El Sr. Cheché de La Uvita]

Esta hospitalidad venezolana no tiene precio. No se consigue en otra parte. Yo no la he conseguido hasta ahora. El calorcito de estar en confianza pasados los primeros momentos de natural reserva y luego como si nos conociéramos de toda la vida.

En Cumaná me encontré con Tulio Hernández que andaba dando también un seminario. Conversamos largo pero en segmentos de a raticos durante el fin de semana. Termino ponderando sobre el futuro del país luego de que me echa los cuentos del Ateneo y otros más, sin llegar a ninguna conclusión. Sólo me queda tener fe en las ganas de hacer de la gente, a pesar de las circunstancias adversas que afectan a todo el mundo. Este es el país del pa’lante. Donde la gente hace cursos para mejorar, aprender cosas nuevas. Eso nos distingue. Nos une. Quizás sean excepciones para algunos. A lo mejor es así y no lo quiero ver. Pero no creo en los clichés y lugares comunes que plagan los malos estereotipos qué tenemos sobre nosotros. En cada seminario veo gente entusiasta sin importar qué color político le preocupa, sacrifica su sábado con gusto, para aprender una nueva herramienta que quizás le abra otro horizonte.

Mi número 43

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Cada año, uno tiene un número que le acompaña, hasta que en el día del aniversario le sucede otro. Hay números que se acogen mejor a uno que los demás. Hay unos que nos quedan incómodos. Nos aprietan un poco por allá o nos quedan grandes. A otros hay que amansarlos como si fueran zapatos rígidos, hasta que se ajusten perfecto y sean flexibles. Y otros sencillamente nos causan desconcierto, incertidumbre y no hay manera de que nos acostumbremos a ellos.

Mi número 42, se esfumaba de tanto en tanto dando paso a un 25, otros días a un 30 con picos mayores y menores según el caso. Hoy que el 42 es desplazado por el 43, me pregunto como me quedará. 43 no es un número fácil. No es par. Suena raro, como contar en reversa y que se escapen el 2, 1, 0 dejándonos en el vilo de algún despegue a cielos incógnitos. Hoy que estoy de 43  -soy de 43-, no sé qué hacer con ese número que se me está combinando tan extrañamente con el 27 de mi cumpleaños.

Espero que en retroactivo 42 no se me aparezca sincopadamente, ni 44 y Dios no quiera 45 decida adelantarse a su momento. 43 y yo tenemos que negociar una coexistencia pacífica. Tendrá que aceptar mis preferencias a otros números y retirarse con gracia cuando desee la compañía de otro más joven y dinámico, pero estar disponible si requiero de consultas o consejos gracias a la experiencia que su número conlleva. Pero hasta allí.

Siempre tuve problemitas con las matemáticas, aunque sé sacar cuentas como mucha gente, los números representan misterios e incógnitas, especialmente cuando los poseo o me poseen. No he tenido problemas con ninguno, pero 43 me da algo de escozor y presiento que será un año de borrasca. O quizás me siento rara porque desde 1999 no recibo uno de mis números en este país. Hay una superstición que dice que si celebras tu cumpleaños de viaje o en otro país seguirás viajando.

He recibido cumpleaños en aviones, sola en sitios exóticos o acompañada de amigos. Este es mi primer número en 10 años acá. Si la superstición es cierta, este será un año sedentario. Hace unas semanas tenía la inquietud del viaje por dentro. Desde hace unos años atrás, cada pocos meses he tenido que agarrar un avión. Y no es que me guste el proceso, sólo llegar al destino. Los aviones son autobuses con alas. Uno está incómodo, compartiendo con gente extraña al lado, que hace ruidos mientras está despierta, ronca mientras dormida o en el peor de los casos, es interactiva, decide compartir sus anécdotas, atmósferas, virtuales o reales con uno. La inquietud ya se me esfumó. Tengo el paso un poco más firme aunque nunca me sentí ajena, sólo algo inadecuada.

43 parece ser un número sólido y sin ambiciones de movilidad. Sin ánimos de tránsitos pero sí de transiciones. Eso quizás es lo que es 43, transiciones. Algo así como moverse pero plantado en el mismo sitio.

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Otros de mis números para los curiosos:

Mis 42 yoes… divagaciones de cumpleaños
41 en Kenya
Mis 40
Los 39

Adiós para Stefania Mosca

Una de las cosas peores de estar ausente tanto tiempo de la tierra de uno es enterarse de la partida de gente que se quería o la que uno asumía que estaría allí como por siempre, porque su energía, su presencia se nos antojaba vital e imprescindible para el pequeño cosmos al que uno pertenecía.

Y de ese cosmos donde gravitaban esos afectos fueron desertando de esta vida, Denzil Romero, en plena fuerza de su voz, Salvador Garmendia, conciencia imprescindible, Adriano González León, demasiado grande e infinito, exceso de la literatura y de la vida, Alejandro Salas, artífice de la intelectualidad y la sensibilidad sin alardes, Leonardo Milla, amigo y maestro de las lides editoriales, entre otras figuras queridas de este medio literario y cultural empequeñecido por la fractura mezquina de la situación del país.

De la lejanía uno lamenta la imposibilidad de haber tenido una última conversación. Haber tomado el último café y haber dicho, expresado de alguna manera, el cariño permanente profesado. Y aún aterrizada en Venezuela pero todavía en proceso de conectarme estoy padeciendo de esa imposibilidad.

Ayer se fue Stefania Mosca. Está en mi recuerdo su belleza e inteligencia emparejadas en igual medida. No puedo dejar de conmoverme. De sentirme por un lado bastante triste de saber que esta mujer chispeante haya dejado este pequeño universo nuestro, y por otro lado feliz de que haya podido dejar una obra coherente a pesar de su relativa juventud literaria y una vida llevada con pasión no sólo en lo personal sino en lo profesional. Con todo derecho ocupa su lugar en nuestras letras.

Stefania asumió una postura de apoyo a este gobierno y fue vocal en su defensa y en su participación en el mismo. Eso, tengo entendido, fue motivo de que mucha gente del medio cultural, que está en oposición, se alejara de ella. Es una lástima que se haya llegado a esto. En una lástima porque de verdad no vale la pena. De verdad. Ahora qué posibilidad de reencuentro hay. La vida y sus sorpresas la han negado. Creo que el futuro nos hará ver las cosas en su justa medida. Espero que brinde la oportunidad a muchos de perdonar y perdonarse las ausencias, los cariños y el respeto condicionados. Que nos retire la miopía que nos ocasiona tanta amargura, que nos aleja de quienes queremos, que nos impide caer en cuenta que en el fondo y al final nos preocupamos por lo mismo.

Stefania escribió en un artículo hace unos meses «Es recurrente en la mujer que escribe enfrentar el mundo que la oprime, desafiar la hoguera que la amenaza» y a pesar de que el contexto del artículo era otro, no puedo sino pensar que su vida se signó por ese enfrentamiento y ese desafío como escritora y como mujer.

Sin duda, será extrañada.

Enlaces:

Tenemos que recuperar el sentido de las palabras

Se apagó la voz de Stefania Mosca

Ficha biobibliográfica