La violencia parece estar aguaitando el momento oportuno para desbocarse por completo.
En el Zulia se perdieron dos vidas. Otros estudiantes simpatizantes de ambos bandos han resultado heridos por enfrentamientos entre ellos. Heridas que casi fueron fatales.
Periodistas usan el lenguaje para ejercer otra violencia que atiza y enriquece los odios. Los políticos andan en lo mismo.
Detrás de los hechos de violencia siempre hay un alguien moviendo los hilos. Un alguien que jamás se convierte en víctima.
Sólo digo a quien se vea tentado a reventar su ira contra el otro: antes de tomar el arma que vas a usar, piensa qué mano te la está dando, quién te está conminando y si de verdad vale la pena desgraciarle la vida a alguien, para que luego nada cambie realmente, para que siga la sinvergüenzura que parece el sino de nuestra historia. Gane quien gane. Esté quien esté en el poder.
Las discusiones están caldeadas como si la vida se nos fuera a ir con esta reforma. Es cierto que hay mucho en juego pero al mismo tiempo me caben dudas de si realmente las cosas cambiarán tanto de aprobarse. Por los momentos, hay que ejercer el derecho a opinar con el voto. Ve y vota. Es suficiente. No hace falta golpear a nadie.
Hay que ejercitarse en la equidad. Diría también que el quererse a juro. Porque el «otro», sea quien sea, tiene familia tal y como uno, padece, come, duerme y va al trabajo tal y como uno. Uno es también el otro. Quiero decir con esto que somos las dos caras de una sola moneda.
Ya sé que no estoy allí. Que no me lo he «calado». Pero es justamente porque no lo estoy que veo crecer la ira como un monstruo titánico a punto de desencadenarse.
Venezuela no necesita mártires. Han habido muchos. Y todos olvidados.



