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Amanecer - vista desde el templo de Borobudur

Anotaciones en Indonesia I

Amanecer - vista desde el templo de Borobudur

Vista desde el templo de Borobudur al amanecer / Yogyakarta

[Vista desde el templo de Borobudur al amanecer / Yogyakarta]

Ya la rutina quieta se aposenta del todo. Los 10 días pasados se me fueron en noches quebradas por el sueño en fatiga y sincopado. Una suerte de estado en que la mente anda alerta pero al mismo tiempo extenuada. Y en esos segmentos de vigilia en la madrugada, muy diferentes al insomnio acostumbrado -iluminador-, se está en un casi delirio, donde ideas, pensamientos, recuerdos se entremezclan y preguntas y dudas ametrallan nuestra conciencia. No, no ocurre nada particularmente extraordinario como consecuencia de ello. Es el cerebro reajustándose ante la nueva realidad que me rodea, son los ciclos circadianos y todo mi organismo adaptándose a las nuevas horas y la nueva luz… Y ahora sí, anoche fue noche de sueño completo sin romperse, sin amanecer con el cuerpo apaleado como por una rumba salada. Despertar solitario, pero amable.

La fascinación empieza a entrar de nuevo en mí por lo que estaba en pausa hasta mi regreso. La posibilidad de viaje por las islas, no el típico, el usual, sino el que puedo atesorar con mi cámara y hacia el que puedo extrapolarme. Animales, selva, ríos, volcanes, playas, gente. Intimida la cantidad de posibilidades que ofrece este país. Tengo dudas sobre la seguridad porque viajo sola, pero empiezan a disiparse. Estoy contenta por las perspectivas, porque la corriente fluye y me puedo dejar llevar.

Todo pasa al enmendarse el sueño. Todo se restaura.

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En Yakarta

Yakarta es inmensa.

Es la palabra que la encapsula y que implica todas las consecuencias establecidas por sus dimensiones. Me encuentro en ella desde hace 3 semanas. Llegué a ella como se llega a un sitio acostumbrado. A principios de año pasé 3 meses acá. Y me es familiar. Viajar por trabajo y establecer una rutina establece esa cercanía. Viajar por turismo siempre conlleva la excitación del descubrimiento en puertas, aunque el destino se haya visitado varias veces, o por lo menos, así me pasa a mí.

Esta ciudad tiene unos 18 millones de habitantes. Es una planicie de casas y edificios pequeños en la que sobresalen las “menaras” de treinta y tantos o más pisos y los complejos habitacionales gigantes sobre centros comerciales de hipérbole. Este concepto de desarrollo urbano, se presenta sobre toda Yakarta que sin ningún tipo de regulaciones -al parecer-, presta sus terrenos para tener topografía  a punta de construcción, que no para las 24 horas del día.

No es una ciudad para caminar, y la exploración para mí que viajo sola, es limitada por la falta de compañía y la barrera de la lengua que no manejo. La escuela de la precaución y la paranoia que llevo conmigo como venezolana no me abandona nunca, asumo el dicho better to be safe than sorry. Sin embargo, en conversaciones con mis compañeros de trabajo indonesios descubro que esta sensación de sobrecogimiento es compartida y tiene que ver con sus dimensiones, no con la criminalidad, que es baja.

Yakarta es una ciudad de tránsito, con compartimientos en los que uno vive, que no se rozan entre sí. El contraste social es evidente. Mucha pobreza y mucha ostentación de riqueza. Centros comerciales, localizados al lado de barrios muy pobres y canales de aguas negras, donde venden jaguares o porsches último modelo en los lobbys, frente a  tiendas de Valentino o Jean Paul Gautier.  Estos contrastes son similares a los que vivimos en Caracas y algunas otras partes de Venezuela, pero sin las dimensiones colosales que uno ve aquí. Son contrastes que siempre nos han parecido “normales”, porque crecimos con ellos. Y eso es lo que me la hace familiar, así como los sentimientos que me genera.

Mi estadía está determinada por una rutina, que vivo como cualquier otro de sus habitantes. La ciudad entonces está llena de misterios para mí aunque con la orientación de los colegas, me he defendido para establecer una cotidianidad. Pero el no saberla por completo es otra clave que me la hace cercana. Es así con Caracas. Cada quien tiene su Caracas, la sabe de distinta manera y al mismo tiempo la desconoce. Supongo que ese conocimiento fragmentado es normal en los habitantes de ciudades grandes y complicadas.

Yakarta es una ciudad costera y ello se aprecia en la brisa cálida y húmeda con dejo a mar. Me hace faltan las montañas. Un día claro descubrí unas hacia el oeste. Pero la vista está oculta la mayoría de los días debido a la contaminación. Y todos los días espero verlas, pero es un privilegio raro como los cielos despejados en esta ciudad donde la atmósfera siempre es brumosa y la luna, por ello, amarilla en las noches.

Me es familiar y ajena al mismo tiempo, me encuentro en ella y me pierdo.

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Divagación sobre Aeropuertos

Amanecer en Aeropuerto

Amanecer en Aeropuerto

 

Me fui por 5 aeropuertos. Simón Bolívar – Caracas, Charles de Gaulle – París, Schiphol – Amsterdam, Kuala Lumpur (una parada técnica con desembarco), Soeharto Hatta – Jakarta. Salí el 1ro de enero sin olvidar el año viejo todavía, a trancas al nuevo a pasear las maletas a las antípodas y 11 horas y media de diferencia. Aterricé en Jakarta el 3 de enero en la noche.

Regresé anteayer, pasando por los mismos 5 aeropuertos, 3 meses luego que pasaron como flechas en cámara lenta, salí el 29 y llegué el 30 a final de la tarde, recuperé 11 horas y media de mi vida o eso es lo que se dice luego de perder un total de 5 días que se me escapan en el tránsito de haber visto tantas caras igual de extenuadas por esperas, arrastrar maletas y maletines, y verse confinadas en autobuses voladores que comprimen piernas y maltratan el sueño. Pero no puedo decir que me disgusten los aeropuertos. Tengo mis favoritos en donde la estancia es amable y uno quisiera que así fuera la vida. Un tránsito cómodo, seguro, con todo a la mano y bonito. No worries.

Me gustan las panorámicas de los aeropuertos también y les tomo fotos, y desde el avión a tierra, nubes y amaneceres que parecen y se sienten extraterrestres.

Los aviones en servicio son como bueyes gigantes siendo consentidos para la carga, preparados para el destino de lleva y trae, y los zumbidos de partidas y aterrizajes que nos llegan enmudecidos a través del cristal me hacen pensar en abejas buscando flores y peregrinando para la miel. Y los paisajes sobre las nubes, en especial al amanecer me hacen sentir una exaltación que aspira a la de los astronautas del Apollo 8 al fotografiar la Tierra desde el espacio. Y secretamente, en el avión aflora el deseo de la sorpresa de un ovni revoloteando indiscreto o una visión inesperada, mágica, particular, como si estuviera en una película de Spielberg y como si no fuera suficiente volar.

El aeropuerto es entrada y salida a una suerte de máquina de tiempo. Uno llega a una tierra nueva y se lleva imágenes y deja improntas. Uno pierde y gana. He cambiado de husos horarios tantas veces que ya no sé si he ganado o perdido horas de vida. Tengo más de 70 sellos en este último pasaporte y promediando horas de vuelo y tránsito hay más de un mes en aviones y aeropuertos desde el 2006 hasta la fecha.  No sé como reaccionar ante este cálculo. Pero sé que el viaje ya es parte de mis modos. Que ya no es ceremonia, ni expectación a la maravilla. Ahora es parte del fluir de todo y un deber ser de la fragmentación inevitable y rompe-cabezas que vivo.

De madrugada

La tos no termina de salir del pecho.

La congestión no me deja dormir, pero tengo sueño. Hoy no es una de esas noches de insomnio donde la lucidez desata las sombras y las libera. Por el contrario, es una de esas noches en que dejarse llevar por el calorcito de la cama es lo más deseado en la vida. Pero es poco posible esta noche.

Oigo los muecines cantando fuerte su llamado a la oración a las 4 y 30 de la madrugada. Es como escuchar un coro espectral. Miles de voces a través de la ciudad se unen para clamar la atención de Dios desde sus minaretes y altoparlantes.

Yo, desde el piso 26 de esta torre de 37 me siento tentada también a salir al balcón y luego de tomar bastante aire, intentar mi cuota de atención lanzando mi plegaria al amanecer que aún no asoma.

Pero, nada, el calorcito de la cama puede más y me arrullo con el canto de una ciudad arropando su fe.

Preludio de Jakarta

Primera vista de Jakarta desde el hotel.

Primera vista de Jakarta desde el hotel.

La vida no tiene sentido. Sola, en sí, no lo tiene. La vida es una fuerza cruda que alcanza un pico de expresión y que luego mengua hasta que acaba.

Nuestra vida se basa en decisiones, y esas decisiones nos determinan. Estudios, pareja, dónde vivir, qué comer, si ejercitar o no, toda decisión tiene consecuencias que llevan a otras decisiones.

En este punto me pregunto qué hago aquí, por qué estoy aquí. Cuál de mis decisiones desencadenó ese efecto mariposa que me trajo a Jakarta. ¿Tiene sentido el estar aquí? Me pregunto estas cosas encapsulada en el taxi, en medio de un tráfico difícil de creer para un caraqueño. Estoy en un submarino urbano, encerrada y extranjera a lo que me rodea, contestando al taxista amablemente las preguntas que me hace en un inglés quebrado. Ah!! Venezuela. Miss Universe, jejeje. Beautiful ladies!

Mi vida es una fuerza cruda que avanza e impulsa hacia adelante, a ciegas, a la suerte, mi voluntad sin asideros.

Tiro los dados sin ver
bailan
tropiezan

abro los ojos

estoy rodeada de torres de cristal
brisa tibia
palmeras y lluvia
rostros distintos
y una ciudad interminable
de ser ciudad

una primera vista
y mi nostalgia está exhausta

transito accidental
la ruta de cada día
trazada por los arbitrios
del azar

Jakarta, durante 2 meses o más – no sé – se inscribirá en mi historia.