De vuelta en Dhaka

Llegué hace dos días. Y ya me achicopalaron el clima y el entorno. Pasé 3 días en Dubai antes de aterrizar acá y a pesar de que estaba caliente, el hecho de que la humedad no fuera tan alta hizo diferencia. Aquí la humedad con el calor, hacen que uno sienta el cerebro licuándose.

Sin embargo, es sabroso llegar al hogar casa después de 3 meses de estar fuera, a pesar de que casi todo estaba cubierto de moho y con olor a húmedo, pero igual es sabroso.

En tres meses no han habido muchos cambios. Siguen los apagones cada una o dos horas por más de una hora. Los olores son los mismos y las noticias también. Paros (hartal pronunciada la hache como una jota) casi todos los días por un motivo u otro de corte político con lo cual se para todo el país, y con la elecciones cerca, la propaganda y la parafernalia política están a todo dar. Nada a lo que no estemos acostumbrados.

Pero luego de 3 meses en la Africa mía, tengo la añoranza de los espacios abiertos y sin aglomeraciones de gente, la lluvia trayendo olor a lluvia y no a acequias desbordadas, los árboles gigantes y centenarios por doquier, la gente amable, pícara y como en estado eterno de relajación. Por supuesto, que es esta nostalgia una visión romántica de esa África mía, muy personal.

Dubai se disfruta pero sigue siendo para mí un sitio extraño. Me parece artificial, sin personalidad. Quizás de aquí a unos 30 o 40 años desarrolle alguna. Merece capítulo aparte hablar de este sitio.

Entretanto les dejo la foto de la pista de esquí en la nieve indoors más grande del mundo, que por supuesto está en Dubai. De lo más surreal ver a gente vestida de árabe con abrigos encima supervisando a sus chamos y viéndolos gozar un mundo en la nieve.

Pero así es Dubai. Con miles de centros comerciales de ultra lujo, todos con pisos de mármol y acabados opulentos, llenos de gente de todas partes del mundo y, sin que les quede nada por dentro, llenos de ciudadanas de los Emiratos Árabes Unidos quienes se visten de marca bajo las abayas negras. Demasiada paradoja, ironía y hasta cierto punto, exabrupto, este sitio.

Y bueno, luego de esta suerte de vacación sensorial y cultural que nos tomamos de Bangladesh, aquí estamos de nuevo, listos a sumergirnos en la rutina de no saber hasta cuándo estaremos acá y repleta de anhelos y nostalgias.

Conversandito

Luego de 3 semanas en Uganda he regresado a Kenya donde pasaré una semana más y luego me embarcaré de vuelta a Bangladesh con una breve escala en Dubai. En Uganda, me encontré con mis panas latinos, mayormente cubanos. Todos andan preocupados con la salud de Fidel, porque el futuro se presenta incierto. Unos recién llegados de la isla, me contaron que la gente sencillamente no habla del asunto no sólo por preocupación sino por temor. Hay policías en todas las esquinas, y en sitios de reunión se pueden adivinar los que andan como civiles con la oreja parada. A la par alguien me comenta que todos los venezolanos que ven allá andan de lo más felices que los lleven a Cuba a operarse. Yo también estaría feliz de que me manden de viaje gratis, a verme con médicos gratis. La cosa es que de verdad se creen que la medicina en Venezuela es solamente privada y que le están haciendo un favor a nuestro país con ello. Es allí donde me dan rabia los hospitales no construidos, los médicos mal pagados, los insumos que no se consiguen en nuestros hospitales y entretanto el chorro de dólares entrando como nunca. En fin, no me voy a enredar en esa madeja.

La cosa es que a la par de que andan preocupados se sintieron insultados con las manifestaciones en Miami, cuando Fidel se ingresó. Así son las cosas. La figura de Fidel es paternal. Todos en la isla, hasta sus ocultos críticos, lo quieren de la misma manera que se quiere al padre con el que uno no se lleva. Se le resiente, incluso se le odia, pero se le quiere también.

Aparte de estos cuentos, recibo los de mi amigo palestino que anduvo de visita en Siria a ver a su familia y refiere cómo con las fotos del líder de Hezbollah la gente esgrimía las de nuestro presidente, porque fue el primer y casi que único líder occidental en vocear el repudio radical a las acciones de Israel. Me cuenta que la matanza en el Líbano ha dado cerca de 1800 muertos, la mayoría niños y mujeres y que la infraestructura ha sido completamente destruida. 1800 en contra de unas decenas del lado israelí. No creo que las actividades terroristas de un grupo justifiquen a un país bombear gente a ver si la pegan y matan a un terrorista. Sea el país que sea. Sigue contando de cómo la gente en Siria abrió sus casas al millón de personas en su mayoría desconocidos que llegaron a refugiarse allá, así como de los apagones que soportaron de varias horas diarias para enviarle electricidad al Líbano. La escena internacional está cada vez más complicada y no me extrañaría que explotara finalmente una tercera guerra mundial, llena de elementos religiosos y odios raciales. Qué atraso. Más de 6000 años de civilización y aún tanta ignorancia y estrechez de corazón. La historia como que se rehúsa a enseñarnos nada y estamos condenados a la maldición de repetirla una y otra vez.

La visita a Uganda refrendó amistades viejas y nos dio la oportunidad de abrazar a gente que se convirtió en nuestra familia, con la cual hemos compartido vicisitudes de la vida y disfrutado conversaciones de todo tipo, en especial, de temas políticos siempre ligados a nuestra propia experiencia, que es lo que al final nos brinda la otra perspectiva de las cosas. La experiencia de compartir las diferencias es lo que nos hace políticamente correctos. El factor humano es fundamental. Siempre que hablan de muertos en el número que sea me imagino el dolor de las familias sin importar sus nacionalidades o alianzas políticas. Me horroriza que la comunidad internacional se alegre con la muerte tras cacería, de nadie. La muerte no es castigo porque no se padece.

Pero bueno, basta de política. Los días en Uganda no pudieron ser mejores. La mayoría soleados. Y los de lluvia, con palos de agua poderosos y explosivos como sólo se experimentan en la cercanía del Lago Victoria, uno de los mayores recibidores de relámpagos en el mundo.

Gracias

Aparte de halagarme con profusión me han dado mucho cariño sus comentarios a los dos últimos posts y eso se agradece desde por acá. Mi ego está que no me cabe.

Sobre un recuerdo mientras caminaba

Ayer hubo un día bello en Uganda.

El cielo no tenía ni una nube. Salí de un almuerzo de trabajo, a caminar por Kampala Road, una de las principales avenidas de la capital de este país. Es una avenida larga y bulliciosa, llena de tráfico y gente. En uno de sus lados, cerca de la estación central del tren, hay una serie de árboles sembrados que florecen igualito que el apamate rosado. No pude obtener el nombre de la mata. Aquí como me dice un amigo, sólo se conocen los nombres de las plantas que dan de comer. En el tope de una de ellas un marabou stork estaba parado. El marabú es una suerte de cigüeña que come carroña y basura y mide más de metro y medio parada, tiene una bolsa debajo el pico, como un pelícano, y su vuelo es lento y flotante. Es en gran medida responsable de la eliminación de la basura local.

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Y en fin, el caso es que caminaba viendo la escena de la carroñera en el tope rosado del árbol en contraste con el azul tremendo del cielo, y no pude evitar preguntarme cómo fue que la vida me trajo hasta acá. En cómo mis sueños concretos de cuando más joven (acoto, por si acaso) no tienen nada que ver con los que tengo ahora ni con la realidad que estoy viviendo.

De repente, tuve una epifanía. Quizás, mejor dicho, me vino de muy dentro un recuerdo. Viajar siempre fue un sueño intrínseco. Secreto. Un anhelo inconfesado. Conminado por Las mil y una noches, las aventuras escritas sobre piratas pendencieros de Salgari, las anécdotas de Tom Sawyer en el mítico sur de los Estados Unidos, los cuentos rusos ambientados en misteriosos bosques con babayagas viviendo en dachas danzarinas, las épicas y romances de Pushkin, las biografías de seres excepcionales para su momento como Solimán el Magnífico, conquistador de tierras lejanas y extrañas, los policiales de Agatha Christie donde todo el mundo tenía algún pasado en las colonias africanas. Toda lectura que caía en mis manos era un viaje a algún paraje lejano de la realidad que vivía. Hasta el Ortiz de Casas Muertas, me reverberó la fascinacion del viaje a través de la lectura, cuando por casualidad al ir al pueblo ví las casas muertas de verdad, la iglesia abandonada y en ruinas y un esplendor olvidado en los ecos presentidos de sus paredes desnudas.

Y así, aquí estoy. A veces los sueños menos obvios se hacen realidad. Los que nos apuntalan la voluntad subversivamente. Los que la hacen inquieta y compulsiva. Aquí estoy. Recordando la insinuación de esos sueños entre las páginas de mis lecturas de niña, rememorando las noches encerrada en mi cuarto aprendiendo las mañas del insomnio, mientras camino en una de las avenidas de Kampala, Uganda.