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Algo de abril

Ganesh - Templo en Kathmandu- Nepal Abril 2007.

Ganesh – Templo en Kathmandú – Nepal Abril 2007.

Siento que debo irme para volver a pertenecer. Aunque la experiencia me indique que no importa cuantas veces me vaya, la pertenencia no será sino más que una ilusión.

Recuerdo que conversando con una querida sicóloga, la única vez que hice terapia, le comenté que nunca me he sentido totalmente ajustada a mis entornos. Que ese sentimiento de inadecuación es algo que me habita siempre, que pierdo de vista pistas de convivencia, que mis escalas de darle importancia a ciertas cosas son diferentes de las de los demás y ello provoca desconcierto en mí y los que me rodean (me sucede con frecuencia con familia, amigos, conocidos y extraños, incluso hasta con mi esposo).

Quisiera ser adecuada, ajustada, para no sentir que camino sobre cáscaras frágiles y que debo cuidarme de quebrarlas. A la inadecuación se le une la desazón frente a la duda y el desconcierto. Ello se traduce en lo que escribo, porque en mi vida interior proceso todo en un tiempo que pareciera no transcurrir.  Lo constato cuando releo parte de mis diarios y encuentro que preocupaciones que tuve a los 20 años forman parte de las que aún tengo de casi 49, las cuales interpreto o valoro ahora desde otra perspectiva. La experiencia de vida nos va cambiando, por supuesto, pero la esencia de esas preocupaciones sigue igual. Preocupaciones existenciales sobre la vida, el dolor, la renovación, el amor, las tristezas, los principios, de las decisiones sobre lo que es importante y lo que no.

Quizás mi mayor lección de todos los viajes y vida afuera sea la aceptación. Deslastrarme de juicios. Valorando lo bueno en cada quien. Y ese es uno de los ejercicios mayores, un constante reto, porque somos una cultura que juzga, evalúa y critica todo, que ejerce y promueve la tolerancia pero no la aceptación. Y ya sabemos que a los viejos hábitos les cuesta morir. Esto de la aceptación es un aprendizaje constante. Se muestra como fundamental en este momento de historia que nos sobrepasa para poder entrar en un proceso de reconciliación con esta sombra de país. El camino es largo y el tiempo corto para ello.

Sólo en dos ocasiones he dejado el blog desamparado por tanto tiempo. Por temporadas me entran pruritos de decir cosas como la anterior. Es decir, de desnudar cosas de mí. Una amiga hace unos días me dijo, quizás sea hora de dejar de lado tanta ponderación, la cautela. Sentirme en libertad de hacer lo que deseo y decir lo que pienso me es tan fundamental como respirar. Forma parte de la vocación de escribir. Y es cierto, hay mudeces que son sólo incapacidad de honestidad. O miedo a ella. Incapacidades y miedos restringen e inhabilitan la libertad. Por tanto, se hace imperativo para el despojo de limitaciones, no callar la pluma, no cerrar el cuaderno. Escribir lo vivido, vivir lo escrito.

Realizaciones, constataciones que me tocan en abril, mes de tanto.

Alfrombra tejida en el encuentro de tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

La bondad en este tejido

Detalle de alfrombra tejida por niños en el Encuentro de Tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

Detalle de alfrombra tejida por niños en el Encuentro de Tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

 

Un 9 de abril falleció papá. Era jueves santo. Algunos amigos no llegaron al entierro porque no estaban en Caracas. Falleció en 1998. Papá era ruso apátrida. Es decir, nació fuera de Rusia de padres partidarios del zar, exilados de la rusia soviética. Mi abuela y él siguieron teniendo ese estatus hasta que se nacionalizaron en los 70. Ya mi abuelo había fallecido. Hoy que se cumplen 16 años de la ausencia de mi padre pondero las cosas que no vio.

No vio las consecuencias del advenimiento del chavismo, lo cual le hubiera entristecido sobremanera ya que amaba nuestro país, le conocía bien y le agradecía que le hubiera dado pertenencia. No vivió mi ausencia durante la vida de expatriada que tuve por 10 años, ni la de mi hermana ahora. No vio el deterioro de la industria eléctrica venezolana a la que dedicó casi 50 años de vida profesional, prácticamente desde su llegada en el 47. No padeció el miedo de esta violencia.

No vio el auge de la era digital. Quizás no le hubiera gustado tanto, o quizás hubiera gozado navegando y averiguando cosas.

Tampoco vio a sus nietos. Ello le hubiera hecho feliz. Creo que mis hermanas y mi mamá lo vemos en el rostro de ellos, en el carisma que poseen.

Aunque le extraño tanto, no puedo pensar sino que su muerte a destiempo le libró también de mucha infelicidad. Por haber sido un hombre sin patria desde que nació hasta la adultez, hizo de ésta la suya. Era un ávido lector de libros de historia de Venezuela y de su botánica. Recuerdo nuestros paseos por el Parque del Este de niñitas y él coleccionando semillas en potecitos de metal de los que antes guardaban los rollos de fotografía. Llevaban etiquetas: flamboyant, bucare, jacaranda, caoba, cedro, acacia, jabillo, etc. Si hubiera podido hubiera tenido su jardín botánico personal y como señalé en alguna otra entrada del pasado, le encantaba dejar crecer matas inesperadas en el jardín a ver qué eran, así llegamos a tener un caobo, una péjua, un mamón, un apamate y un mango.

Hoy me detuve a recordarle, para aliviar la preocupación por este país que es mi país. Mi nombre extranjero no me suena sino a de aquí y ninguna parte más. Esta pertenencia es una certeza sin costuras.

El día anterior puse en mi estatus de facebook:

“La bondad es el poema de Dios” > Ayer en una sesión memorable de taller con Armando Rojas Guardia donde hablamos de budismo, cristianismo, de la inextricable conexión de las cosas, de la compasión, de la justicia y el orden de la razón en el cosmos, del caos, y por supuesto de Venezuela… Me llevó a pensar en la obra de Gego, de todas esas conexiones de sus reticuláreas, de la belleza en medio de la fealdad, en la esperanza y la fe, esta última base de todo lo que sostiene a muchos de nosotros. La fe basada en la bondad – Quería compartir esto y dejarlo en el aire en días en que la confrontación y la desazón son costumbre. Para la reflexión.

Y continúo el tejido de sentimientos con esta remembranza de mi papá. Mi papá era muy humano. Es decir, como todos nosotros era un ser con innumerables cualidades y faltas. Todo un personaje la verdad, un ruso tropical. En su esencia había bonhomía. No puedo dejar de pensar que su calidad de persona buena y querida, los valores que nos inculcó, han sido para mí y mis hermanas nuestra mejor herencia.

La fe que llevo se la debo a él, y claro, también a mi abuela, a mamá, mis hermanas, a mi esposo.  Las andanzas por el mundo, las cosas duras que vivimos y vimos mi esposo y yo, así como las buenas me compelen a pensar en que, es así, la bondad es lo que hace mantener la fe y que la fe habita en la bondad.

Estos días nos hieren por los recuerdos de la iniquidad que ha vivido el país, por el descalabro de la justicia, por la costumbre al maltrato, el horror de las muertes de la violencia y el testimonio inédito de las producidas por la represión de la protesta que amplifica más aún ese horror. Hay que detenerse a pensar en la bondad y a sacar la fe de donde está, en el destierro que parece sufrir en estos días. Hay que pensar en lo bueno. En lo bueno que queremos todos para este país, y que aún está en nosotros, aunque nublado por tanta desazón. Hay que detenerse a sacar la bondad afuera para hacerla fuerte e imponerla duradera, inderrotable.