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Alfrombra tejida en el encuentro de tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

La bondad en este tejido

Detalle de alfrombra tejida por niños en el Encuentro de Tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

Detalle de alfrombra tejida por niños en el Encuentro de Tejedores. Hacienda la Trinidad 21/07/2013

 

Un 9 de abril falleció papá. Era jueves santo. Algunos amigos no llegaron al entierro porque no estaban en Caracas. Falleció en 1998. Papá era ruso apátrida. Es decir, nació fuera de Rusia de padres partidarios del zar, exilados de la rusia soviética. Mi abuela y él siguieron teniendo ese estatus hasta que se nacionalizaron en los 70. Ya mi abuelo había fallecido. Hoy que se cumplen 16 años de la ausencia de mi padre pondero las cosas que no vio.

No vio las consecuencias del advenimiento del chavismo, lo cual le hubiera entristecido sobremanera ya que amaba nuestro país, le conocía bien y le agradecía que le hubiera dado pertenencia. No vivió mi ausencia durante la vida de expatriada que tuve por 10 años, ni la de mi hermana ahora. No vio el deterioro de la industria eléctrica venezolana a la que dedicó casi 50 años de vida profesional, prácticamente desde su llegada en el 47. No padeció el miedo de esta violencia.

No vio el auge de la era digital. Quizás no le hubiera gustado tanto, o quizás hubiera gozado navegando y averiguando cosas.

Tampoco vio a sus nietos. Ello le hubiera hecho feliz. Creo que mis hermanas y mi mamá lo vemos en el rostro de ellos, en el carisma que poseen.

Aunque le extraño tanto, no puedo pensar sino que su muerte a destiempo le libró también de mucha infelicidad. Por haber sido un hombre sin patria desde que nació hasta la adultez, hizo de ésta la suya. Era un ávido lector de libros de historia de Venezuela y de su botánica. Recuerdo nuestros paseos por el Parque del Este de niñitas y él coleccionando semillas en potecitos de metal de los que antes guardaban los rollos de fotografía. Llevaban etiquetas: flamboyant, bucare, jacaranda, caoba, cedro, acacia, jabillo, etc. Si hubiera podido hubiera tenido su jardín botánico personal y como señalé en alguna otra entrada del pasado, le encantaba dejar crecer matas inesperadas en el jardín a ver qué eran, así llegamos a tener un caobo, una péjua, un mamón, un apamate y un mango.

Hoy me detuve a recordarle, para aliviar la preocupación por este país que es mi país. Mi nombre extranjero no me suena sino a de aquí y ninguna parte más. Esta pertenencia es una certeza sin costuras.

El día anterior puse en mi estatus de facebook:

“La bondad es el poema de Dios” > Ayer en una sesión memorable de taller con Armando Rojas Guardia donde hablamos de budismo, cristianismo, de la inextricable conexión de las cosas, de la compasión, de la justicia y el orden de la razón en el cosmos, del caos, y por supuesto de Venezuela… Me llevó a pensar en la obra de Gego, de todas esas conexiones de sus reticuláreas, de la belleza en medio de la fealdad, en la esperanza y la fe, esta última base de todo lo que sostiene a muchos de nosotros. La fe basada en la bondad – Quería compartir esto y dejarlo en el aire en días en que la confrontación y la desazón son costumbre. Para la reflexión.

Y continúo el tejido de sentimientos con esta remembranza de mi papá. Mi papá era muy humano. Es decir, como todos nosotros era un ser con innumerables cualidades y faltas. Todo un personaje la verdad, un ruso tropical. En su esencia había bonhomía. No puedo dejar de pensar que su calidad de persona buena y querida, los valores que nos inculcó, han sido para mí y mis hermanas nuestra mejor herencia.

La fe que llevo se la debo a él, y claro, también a mi abuela, a mamá, mis hermanas, a mi esposo.  Las andanzas por el mundo, las cosas duras que vivimos y vimos mi esposo y yo, así como las buenas me compelen a pensar en que, es así, la bondad es lo que hace mantener la fe y que la fe habita en la bondad.

Estos días nos hieren por los recuerdos de la iniquidad que ha vivido el país, por el descalabro de la justicia, por la costumbre al maltrato, el horror de las muertes de la violencia y el testimonio inédito de las producidas por la represión de la protesta que amplifica más aún ese horror. Hay que detenerse a pensar en la bondad y a sacar la fe de donde está, en el destierro que parece sufrir en estos días. Hay que pensar en lo bueno. En lo bueno que queremos todos para este país, y que aún está en nosotros, aunque nublado por tanta desazón. Hay que detenerse a sacar la bondad afuera para hacerla fuerte e imponerla duradera, inderrotable.

Sobre La Paz y La Esperanza

También tuvimos una trinitaria morada en el jardín. Esta la tomé en Lombok pensando justamente en casa.

La casa donde crecí y viví por 26 años, se llama La Paz. En estos días pensé que si llegaba a tener una casa la llamaría Esperanza. No sé por qué me vino esa idea a la cabeza.

Mi papá construyó la casa donde vivimos mis hermanas, mamá y yo, antes de casarse para vivir con mi abuela “babuña”. Recuerdo una vez que alguien le preguntó a ella por qué la casa se llamaba así. Y mi abuela le contestó que porque finalmente con esa casa y aquí en Venezuela había conseguido la paz. En esa casa mi abuela vivió los últimos 27 años de su vida de noventa y dos. Y fue la casa en que vivió más tiempo. Su vida fue una mudanza perpetua, una huida, una migrancia. Ni siquiera en su juventud disfrutó de su casa materna. A los 18 años estaba en Odessa, lejos de su madre que vivía en San Petersburgo. En Odessa se quedó hasta sus 20 en que se fue a Constantinopla, huyendo de la revolución que se expandía con fuerza en toda Rusia en medio de una guerra civil. Más nunca vio a su madre ni a sus hermanas. Y en ese desamparo, se casó en Turquía con otro ruso, el abuelo Vladimir ex-oficial del zar. Luego se fue a Alemania donde tuvo a papá, a Polonia donde le crió y pasó parte de la guerra, y por último a Austria en un periplo de unos veintitantos años. A Venezuela arribó en 1947 y continuó con la errancia junto a su hijo, ya viuda, por distintas ciudades del país hasta el 64, año en que estrenó la casa donde murió y en la cual nos brindó su amor y entrega.

Para mi padre tenía un significado similar el haber construido su casa. Fue el sueño de su vida luego de una juventud sincopada por la guerra y la adaptación a un trópico generoso con el cual congenió sin obstáculos. Nuestra casa era su templo. Tenía un taller en la terraza, donde pasaba sus ratos haciendo carpintería amateur, se vacilaba la fronda de los árboles que rodeaban la casa, a los cuales permitía crecer en desordenado azar, “vamos a ver qué es esa matica que está saliendo allí“.  El jardín era gigante en mi niñez y fuente de aventuras atrapando grillos o ranitas y corriendo con los perros. Era el campo de juegos de papá también, empeñado además en hacerlo medio conuco sin mucho éxito. Hasta yuca tuvimos sembrada.

Los domingos eran de cocina para mamá, que pasaba la semana en la universidad entregada a su trabajo, con la eventual visita de amigos que se apoltronaban en la sala, a veces inesperados, tal y como luego se apoltronaron muchas veces por días nuestras amigas de infancia, adolescencia y ahora madurez. A pesar de las muertes hace ya muchos años de mi abuela y papá, de los cambios, la desaparición del conuco para dar paso a un ordenado jardín de grama, y la constante acumulación de objetos -dada por los viajes y mudanzas de mis hermanas y míos- que le otorga, algo así como un desorden encantador, la casa sigue siendo un centro, un anhelo heredado.

Uno a veces pierde de perspectiva lo que es una casa. La casa es el nido donde crecemos, es el habitáculo de nuestros sueños íntimos, nuestras aspiraciones y pequeñeces. Donde somos imperfectos libremente y esa es nuestra felicidad.

Creo que mi deseo de tener una casa llamada Esperanza, es porque perdí paz, me hallo desorientada en el remolino de esta vida, y los sentidos andan desencontrados. Tengo certeza de los afectos, la memoria de lo que quiero, pero el mundo confunde, los espejismos confunden.

Esperanza de claridad.

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