Mes: mayo 2006

Tobías Lasser

Murió Tobías Lasser, fundador de nuestro Jardín Botánico y preocupado por el desarrollo de la botánica en nuestro país.

Cuando me enteré de que el cuido de las plantas y de la jardinería de toda la ciudad de Singapur estaba bajo la responsabilidad de su Jardín Botánico me acordé del nuestro, y pensé que qué bueno sería si algo así pasara en Venezuela. Donde los botánicos y jardineros pudieran dedicarse a embellecer y refrescar las ciudades con árboles y flores apropiados para ellas, y así contribuir a rescatar nuestras especies autóctonas y crear laboratorios gigantes donde llevar a cabo parte de sus estudios. Ojalá todas las avenidas tuvieran túneles vegetales y las autopistas y bulevares no tuvieran que depender de patrocinios para tener plantas cuidadas. Sé que no es una prioridad para nuestro país, pero creo que el tener espacios amables en las ciudades mejora la disposición de la gente. Una cosa es caminar en una avenida castigada por el sol y otra al amparo de la sombrita. El humor es diferente.

Hace añales, para la tesis que se tenía que hacer en bachillerato, hice una de botánica, Eficiencia de las reproducciones artificial y natural en la Impatiens Sultani… la matica de Coqueta, cuyo origen, por cierto, es africano. Pués una de las visitas para hacer la tesis, fue a la pequeña biblioteca del Jardín Botánico, donde por suerte alguien me introdujo con el señor Lasser que estaba allí de pasada. Recuerdo que la muchacha de la biblioteca, una estudiante de biología me dijo con admiración que aunque estaba retirado, él se dejaba caer por allí todo el tiempo a ver cómo andaba la cosa y seguía colaborando y ayudando con las consultas a los estudiantes. Esto fue hace más de veinte años. Pero me fascinó la figura de Lasser, tan como de este mundo y al mismo tiempo como ajeno a él.

Siempre he pensado que una de las más nobles ocupaciones es la de sembrar y la de cuidar plantas. La magia de poner una semilla en la tierra y presenciar como germina y crece hasta convertirse en un árbol o cualquier otra planta floreada no tiene comparación. Y he aquí que este señor, creó el parque del Jardín Botánico de Caracas en el último reducto de la selva autóctona del valle, y se dedicó a crear semilleros y a iniciar la colección de plantas de nuestro país y de otras latitudes, para disfrute y conocimiento de todos los venezolanos.

Qué mayor ejercicio de amor.

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Leer también:

La ciudad agradece existencia del Jardín Botánico

Código de novela

Por fin se estrenó la película El código Da Vinci, y ha roto récords de taquilla. No era para menos. Las historias paralelas de escándalos de plagio, indignación de la iglesia, desmentidos del Opus Dei, etc., han sido más interesantes que el libro mismo.

Me acerqué a la novela pensando que se trataba más sobre Leonardo Da Vinci que sobre la teoría del Santo Grial entendido como la descendencia de Jesús. Esta teoría ya me la había digerido con la lectura del The Holy Blood and the Holy Grail unos años antes, traducido al español como El Enigma Sagrado de los autores Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, que fueron los que demandaron (a excepción del último) a la editorial Random House por plagio (?). Al parecer dicha teoría fue desmentida posteriormente por los mismos supuestos descendientes de Jesús que ellos citan. Pero todo el asunto no deja de ser plausible e interesante.

Brown cita a «The Holy Blood…» en su introducción como una de las fuentes de referencia de la novela. En realidad, usa toda la base de la teoría presentada en dicho libro para establecer la trama. Pero a eso no podría llamársele plagio.

El libro me pareció bastante entretenido e interesante como típico best-seller hasta que llegó al punto en que el simbologista Langdon termina enredado amorosamente con la francesita que (oh, sorpresa) termina siendo la recontratataranieta de Jesús (final más predecible no podía ser y me perdonan los que no la han leído). Como siempre el superhéroe gringo se queda con el chivo y el mecate y ¡tremendo mecate! Y al terminarlo pensé Este libro sería una buena película de acción y misterio. No la he visto todavía, pero espero que así lo sea. Lástima que no la hizo Spielberg.

Pero, bueno, el libro tiene un mérito como dice Khandika y lo cito:

«…Da Vinci se ha convertido en un poder frente a la verdad oficial. Más allá de una película polémica cualquier católico tiene que plantearse que existe una lucha entre el dogma y la heterodoxia. La verdad impuesta religiosa y la otra verdad oculta y herética. La otra verdad gnóstica, mágica, esotérica tan temida por la iglesia como poder-establishment.

Todo ese asunto sobre María Magdalena es tan sólo la reivindicación de lo femenino como inherente a lo sagrado. Es recordarnos que hubo un culto a la diosa duramente oprimido por Constantino en 325 para cimentar un modelo de creencias en lo masculino.»

Y le agregaría además que tiene el otro mérito de humanizar a Jesús. De darle dimensión terrenal. Capaz de amar y de procrear sin la mácula de pecado que conlleva el sexo según la creencia cristiana. Noción ésta que nos ha inculcado la iglesia a lo largo de los siglos y que está internalizada de tal manera que sigue siendo el sexo un tema espinoso de tratar. Un hombre que con tanta pasión predicó el amor al semejante y la compasión, se me presenta corajudo y viril, así como extremadamente inteligente y paciente con los apóstoles que fueron ganados por sus enseñanzas, una imagen que se me contrapone a la otra, andrógina, asexuada, perversamente frágil e indefensa de hombre sin testosterona en la sangre.

Una imagen masculina que por supuesto de asentarse en el imaginario colectivo traería un serio conflicto de branding a la iglesia católica, que se vende como institución llena de seres por encima de lo humano, más cercanos a lo divino, emulando la insipidez sexual de Cristo. En la divinidad, según la iglesia, no hay sexo.

La paradoja con este libro es que estoy segura de que Brown no tenía la más mínima idea de las consecuencias colaterales que iba a traer la ficcionalización de tamañas teorías. Y ya se sabe que no hay mejor propaganda que la de Hollywood. Así que lo que le viene a la iglesia es realmente de novela.

Esperemos a ver qué pasa con el Evangelio de Judas… De repente a Brown se le ocurre otra ficción con él y definitivamente mientras hace millones, desbanca a la iglesia con sus nuevos «evangelios» salidos calientitos de los talleres de impresión de Random House. ¡Ah! y no se pierdan la inmaculada concepción del hijo de un Papa mezclada con complejos edípicos mal orientados en esta centuria, en su otra novela Angeles y Demonios donde Langdon también es el héroe de la ¿película?…

En la cueva

He estado alejada de aquí estos últimos días porque al finalizar el trabajo no soporto más a la computadora. La apago y me busco un libro o me instalo en la tele a no pensar. Flojera, que le llaman, a bloguear. Paso por alguno que otro blog pero no tantos como antes. El pasado viaje y algunas demandas de tiempo de mi trabajo y familiares (tenemos a la querida prima Carola de visita) me han hecho retraerme un poco y he caído en la negligencia con esto y con la pintura y con otros proyectos en mente en las últimas semanas.

Pero estoy llegando al llegadero con ello. También me está dando «jartera» mi negligencia.

Mi cuarto anda patas arriba… ese, el de la ventana desde donde miro los atardeceres, el cocotero y que es escenario de mis películas mentales. Así está mi cabeza, con un reguero de pensamientos hibernando a la espera de una chispa de vitalidad que los active. Hace un par de días tuve la experiencia de despertarme creando en sueños. Un proyecto de revista completo, una teoría de vida. Todo muy lúcido en sueños. Los sueños a veces son más claros que la vida misma, ¿no? ¿Que la vida es sueño? ¿Y los sueños, sueños son? Ay, Calderón. A veces no. A veces los sueños no son ni vida ni sueños.

Estoy divagando mucho… Quizás deba aterrizar en mí misma y salir de nuevo en una de resistencia. He leído hoy una frase de Uslar Pietri citada en El Universal con motivo de una exposición conmemorativa de su centésimo cumpleaños. Me gustó mucho la frase:

«…hay una (Venezuela) que ha sido y muchas que pueden ser; hay la que no puede salvarse y hay la que debe salvarse. De unas y otras, de una a otra Venezuela debe ir la angustia creadora de los venezolanos. De una a otra Venezuela, de la que no es a la que debe ser, ha de encaminarse la acción colectiva. Lo que no es otra cosa que invocar una política venezolana para un país que casi no la ha conocido»

Me gustó porque en alguna parte se puede aplicar a uno mismo… Uno ha sido uno, pero puede ser muchos… hay cosas de uno que no se pueden salvar (agrego yo… solucionar) y otras que deben ser salvadas (y/o solucionadas)… y de una a otra cosa, de las insalvables y a las por salvar debe ir nuestra angustia creadora (interna)… y bueno el resto del párrafo se lo dejo al país, el cual me parece pertinente y en concordancia con mi propia línea de pensamiento en referencia a Venezuela… aunque por supuesto quién decide qué es lo que es salvable y qué no…

Pero hoy el país no es mi centro. Tengo suficiente de las noticias bizcas de lado y lado no solo de Venezuela sino del mundo. De los dobles discursos y las hipocresías de la política. Definitivamente milito con el país como entelequia, como summum de lo propio. Como metáfora de génesis y apocalipsis… pero ya. Hasta allí. Supremamente. Y milito con este planeta y su diversidad. También hasta allí. Me alíneo con eso.

Los demás que se caigan a dentelladas si quieren. Prefiero dar besitos. Aunque suene cursi. Pero es que hoy prefiero ser cursi. Uno debe tener derecho a ser cursi…, ¿no? Y a que le de asquito el mundo de la «realidad real» de vez en cuando. Y a querer que todo sea paz y amor, y que todo lo «feo» no exista. A que la burbuja no explote y te salpique la cara la porquería de afuera [por no decir mierda, porque hoy no estamos de humor para tal palabra].

Voy a tener que abrir las cortinas del cuarto. Estoy demasiado encuevada.

…Ando de preparativos para otro viaje en dos semanas. La misma ruta africana (Tanzania, Uganda y Kenya), más o menos el mismo tiempo. Un mes y medio. A lo mejor eso es lo que me tiene encuevada.

…Necesito «resetearme» luego de estos últimos días raros. Comiendo arepas de budare con diablitos gracias a la prima de visita en Dhaka. Cosa curiosa… le abrieron la maleta en su escala en Kuwait [es decir, le robaron] y le desaparecieron el café, la harina pan y un par de sandalias… los diablitos, por suerte, los dejaron.

El País – Divagación

Esta es una divagación a partir de las preguntas que del país (Venezuela) se hace la Maga. Le hice un comentario y al leer los de los demás, me quedó la inquietud de reflexionar sobre las respuestas que yo me daría si me hiciera a mí misma esas preguntas. Por tanto esta no es una respuesta a la Maga, sino a mí misma. Es un repaso de mis sentimientos. Un ejercicio de re-afirmación.

Los venezolanos tenemos esa tendencia de cuestionar tanto al país. De preguntarlo tanto. De juzgarlo tanto. Nosotros somos el país. Desde la última persona que vive en la cima del «cerro» hasta la última persona que vive en la cima de la «colina».

Comenté en el post El país en preguntas:

…El país es todas esas preguntas y muchas más respuestas. Unas llenas de amor y otras de amargura y tristeza. El país es eso. Contradicciones. Espantos. Pero también maravillas y amor y don de gente y sentido del humor y picardía. Y, no. Lo mío no es optimismo patológico ni nostalgia trasnochada. Hay país justamente en el contraste, en la diversidad, en la posibilidad de realidades disímiles, extremas. Al país hay que quererlo como a la familia a la que siempre se disfruta y se padece. Que amamos hasta la muerte y que padecemos hasta la muerte. De la que no nos podemos deshacer ni física ni moralmente. La que nos recuerda de dónde venimos y qué somos. El país está allí y es ineludible incluso desde la distancia más extrema. El país te define. El país existe y aunque nos pese, nos configura, y aunque nos pese, somos nosotros los que lo configuramos a él. Para el país nosotros también somos ineludibles.

Si nos fijamos bien, y empezamos a disectar con pinzas los odios y rencores, las divisiones y desacuerdos, al final siempre queda el amor por el país. Como concepto, sentimiento, base, entelequia. De cualquier forma que uno se defina se comparte un mismo punto con el otro. Y a lo mejor el amor que yo siento desde «mi» Caracas es diferente al que sienten otros desde la «suya» desde «su» Maracay o «su» Barquisimeto o «su» Mérida o «su» Maracaibo o «su» Cumaná. Pero es amor al final y está allí. Amor con amargura, con esperanza, con tristeza, con alegría, con pesimismo u optimismo.

Yo no creo en eso del «no-país». Ni en demás metáforas, eufemismos, descalificaciones o hiperbólicos enaltecimientos que son como pastillitas para evadir y desapegarnos responsabilidades y cuyo efecto no es más que un espejismo.

El país somos nosotros. Siempre ha sido de todos, porque todos lo conformamos, pero antes ninguno quiso asumir que era de uno. De uno, ese paquete entero. Porque para que sea de uno verdaderamente, se tiene que asumir completo y poder decir que es una maravilla y que es tuya, pero también poder decir de todo aquello que es malo, que es una mierda y que es tuya, y llevar ese barranco encima sin que te quede nada por dentro. No es una cuestión de orgullos o vergüenzas. Es sencillamente aceptar lo que se es y lo que se tiene. Partir de allí para mejorar, potenciar, modificar, corregir, lo que se necesite. Y para lo que no se pueda, pues aceptarlo. Si no, no podremos encontrar belleza y futuro en los contrastes, en las miserias y esplendores que nos son propios.

A pesar de la nostalgia que me aniquila por días, estos viajes y andanzas solo me han acendrado el amor por el país. A verlo sin filtros caleidoscópicos. A deglutirlo sin la pastillita placebo, la que me inventa el cuento de que el culpable es otro, el personaje, la historia, los blancos, los verdes, los rojos, los del norte o los que trae la brisa caribeña. A tocar sus costuras y cicatrices. Su tersura. Porque la culpa no sirve para nada. Y sí. No estoy ahora allá, pero estuve. Siete años no han cambiado la cosa, sólo la han destapado, puesto al descubierto para el olfato de todos, lo que somos, lo que no fuimos y lo que podemos ser. Entiendo y comparto el agobio, el refugio en lo íntimo al que mucha gente opta. Esa escapada no es nueva. Es la de siempre. Yo la practico también. Y también la practiqué en el pasado. La promuevo como cuestión de higiene mental pero no como militancia.

Hoy amanecí en un día de resistencia. De salir afuera y decir lo que me parece obvio. De declarar que lo que es mío no ha dejado de serlo y que sí, a veces, por desidia, por facilidad, amanezco algunos días creyendo que me lo han quitado, cuando sencillamente lo dejo ir en cada momento que me tomo una de las pastillitas de espejismos. Cada vez que ese periodismo bizco me conmina a encostrarme en una esquina. La de mi conveniencia. Cada vez que decido creer lo que me es más fácil creer. Cada vez que me compro una esperanza estéril impresa en el periódico o la engañosa ilusión de que perdí mi país. De que Venezuela es otra o de otros.

Sí tengo país. Sí tenemos país. Cojea aquí y allá. Da un paso a la derecha y otro a la izquierda, se cae y se levanta, es ínfimo y supremo, todos los días. Y así lo quiero. Sin más. Como se quiere a los hijos y a los padres. Sin condiciones. Con la certeza de la pertenencia.

La palabra «país» no me es una metáfora es sólo una realidad que hay. Hay país. Tengo país. Tenemos país a pesar o gusto nuestro. A consecuencia y causa nuestra. En la cercanía y la distancia.

Uno no se debe dejar quitar lo que es suyo. Y menos por uno mismo. Esa es la respuesta a mí misma.