Diario fragmentado del retorno (con epílogo abierto)

Este relato o divagación acerca del retorno, fue publicado en el libro Escribir Afuera – Cuentos de intemperies y querencias, compilación de Katie Brown, Liliana Lara, Raquel Rivas Rojas. Es un texto que en gran parte deriva de este blog, aunque algún fragmento viene de mis cuadernos.

El viernes 30 de julio 2021 a la 1 pm hora de Vzla., habrá un intercambio con Raquel Rivas Rojas, Federico Vegas y yo, sobre nuestros textos, y la temática del libro que gira en torno al destierro, el exilio, insilio, retornos y desarraigos.

Se puede comprar en Amazon.

I

Regresaremos a Venezuela luego de diez años de ausencia, aunque no sabemos por cuánto tiempo. Estuve en diciembre en Caracas. Me sentí inadecuada al entorno exagerado de bótox, silicona y la eterna superficialidad de tanto caraqueño, pero no pude sino suspirar con el asombro de antes al ver El Ávila cambiando su color con la hora del día, disfrutar de la brisa de las cinco de la tarde en Los Dos Caminos, reconocerme en los modismos cálidos, la informalidad del trato, y esa absoluta ausencia del sentido de las jerarquías que caracteriza al venezolano, para quien todo el mundo es “mi amor”, “mi rey” o “mi reina”. Terminé convencida de la necesidad de cerrar este ciclo de andanzas por tan lejos e intentar asentarme. No sé si lo logre. Con frecuencia me debato en la necesidad de estar anclada para luego, en un impulso y como con angustia, soltar amarras.

II

Luego de un reality check sobre mí misma en medio de culturas ajenas, atesorar paisajes tan disímiles como la sabana africana y los Himalayas, reafirmar mi gentilicio e identidad, regreso a confrontar la nostalgia de todos estos años. A encontrar mi centro, que es hacia donde las pistas íntimas y personales apuntan. A revivir esta geografía mía.

III

La vida es un ir y venir todo el tiempo. ¿Lo dijo alguien? No sé. Digo yo con estos abriles encima. Si los hados me conceden suficiente longevidad, quizás compruebe que retornar es una constante. Volvemos a lo que nos hace únicos, nos define, nos construye.

IV

Arribé a Venezuela, pero como que no he llegado. Veo la televisión, en un intento por insertarme, por aclimatarme. He compartido con amigos, no tan amigos, gente en la calle y he experimentado el agobio y la depresión sentidos por la situación política, así como la esquizofrenia colectiva de refugiarse en la más completa superficialidad y frivolidad (life goes on, I guess?). Aún no he aprehendido (¿aprendido?) toda la situación. Soy testigo de lo que pasa, pero no termino de comprender algunas cosas. No sólo el enquistamiento en posiciones políticas, sino la evasión en el pantalleo, el consumismo desatado y las intervenciones en el cuerpo. No he podido evitar la caída de la quijada ante las “prominentes” transformaciones de algunas conocidas. Me desconcierta todo.

Cuando comento que hemos vuelto con la esperanza de quedarnos, alguna gente me mira con una mezcla de asombro y lástima, de condescendencia por nuestra “equivocación” o admiración por nuestra “valentía”. No hay equivocación ni valentía en volver a casa. Es lo normal. Nunca eché raíces en otra parte y no creo que haya otro sitio mejor que mi país para vivir por siempre. No sé cómo o cuándo me sentiré menos descolocada. Ya llegará el momento.

V

Anoche escuché, en una mesa redonda muy seria y solemne, hablar sobre exilios y migraciones, sobre las asincronías del retorno, sobre las diferencias entre patria y nación. Pero nadie entiende que, aunque uno se haya ido, se sigue en el sitio de origen y que, aunque se vuelva a él, no se llega. Hay un desfase con el origen después del regreso. No diría desarraigo, porque la raíz sigue allí, uno vive la conexión, pero no vuelve a encajar en el entorno. Por lo menos, no de inmediato.

VI

Termina un año y empieza otro. Si viviéramos en la inconsciencia de lo natural no nos preocuparía este final y este principio. En el mundo natural no hay fronteras ni noción del paso del tiempo. Nosotros somos quienes le planteamos un inicio y un término a todo. Ponemos límites para no traspasarlos o como reto para hacerlo. Nos ponemos fechas para alcanzar logros o para renunciar a ellos.

He circulado poco en la ciudad. Me concentro en resolver asuntos de la domesticidad reasumida y por ese cuasi aislamiento sigo sintiéndome lejos. Miro por la ventana mientras añoro. Sencillamente añoro. Quizás deba iniciar la lista de propósitos para este año y en primer término poner: dejar la nostalgia de acá, hacer como que aterricé en un país nuevo, mirarlo con desapego, establecer una relación con él, con la curiosidad y la excitación de la recién llegada… No funciona. Hay un cambio considerable, pero no es tan radical como para sentir que no pertenezco. Pertenezco. Qué bueno y terminante es sentir esto y, sin embargo, continúa la sensación de no encajar en el entorno. Qué expectativas puedo tener. Mi único propósito para este año es seguir acá. El resto lo dejo en manos del destino o el azar.

Entretanto, todos los días tengo la dicha de ver El Ávila. Luego de vivir en sitios planos o sin topografía de importancia, elevo la mirada y contemplo al coloso que nos guarda. Al que veneramos como buenos caraqueños, con el que padecemos cuando arde y nos reconforta en cuanto reverdece. Nuestro tótem al norte, inderrotable. Quizás El Ávila nos inspira a resistir tanta intemperancia.

VII

El tiempo ha transcurrido en mí
o quizás sea
que he transcurrido en él
No es una metáfora ni una idea
es una circunstancia
tangible
palpable

Estoy sobre la cama e intento sin éxito sacar palabras de mí para escribirlas en este cuaderno, en la serenidad de una soledad momentánea y afortunada, mientras escucho música y veo la tarde irse.

Estos meses he transcurrido en el tiempo, en espera, en búsqueda para encontrar asideros y aprehender aquí ese sentido de “casa”. Hay referencias, recordatorios, hitos que sencillamente se han perdido y ya no son más.

La canción dice who says you can’t go home? y pienso I am not there quite yet. Los caminos a veces se enredan y una termina transitando cualquier senderito a la vista. Luego de estos años fuera de Venezuela, a pesar de la familiaridad, hay extrañeza, porque home is not quite here anymore.

Epílogo abierto (que quizás no lo sea)

I

Han pasado ya varios años. Todavía siento inadaptación y sorpresa ante códigos sociales, modismos del lenguaje inéditos, ciertas manifestaciones idiosincráticas que no reconozco. La vida prolongada afuera nos cambia hasta el lenguaje del cuerpo. Esto no sé si me pone triste, pero sí sé que me causa nostalgia. Y esa nostalgia es intrínseca y permanente. Un pasado en fragmentos. El presente también se me quiebra. No estuve exilada, ni desterrada, ni siquiera puedo decir que migré, porque desde un principio estuvo claro que regresaríamos. Diez años de anhelos y nostalgias vividos afuera, y otros diez en lo mismo, pero aquí.

Añoranza de casas dejadas atrás, existentes sólo en la memoria, desmanteladas en cajas, repartidas para custodia entre amigos y no tan amigos, de la familia restante aquí y de la que se fue, de los olores de la ciudad propia y las adoptadas, de sus vistas. Añoranzas perdurables, porque no habrá momento recuperado.

Me he vuelto extraña a ciertas aristas de esta tierra, ajena a la mecánica de muchas cosas habituales. ¿Cómo salvar este tiempo perdido? ¿Es un propósito posible desalienarse de la extrañeza? ¿Adecuarse? ¿O supeditarse al redescubrimiento, a desechar nostalgias? Quizás debamos redescubrir los nuevos tiempos que rechazan a los de antes, que los profanan. ¿Poner duración al ya, para construir una memoria renovada? No lo sé. Estoy atornillada en pasados, incluso en las nostalgias de las residencias de viaje. No tengo respuestas.

Mientras tomo las decisiones necesarias, quedo arropada y protegida dentro de mi crisálida, acompañada de familia y amigos. Entretanto, gozo de lo ofrecido por los días en este paisaje urbano: me detengo a mirar un cielo hermoso, un árbol florecido, una mariposa que se me antoja extranjera. Me abstraigo en la belleza inesperada. Los amaneceres son uno y el mismo en todas partes, y ello me sobrepasa.

II

En las últimas semanas he tenido un debate interior sobre la permanencia en el país. Y luego recuerdo –así ha sido en mi vida y así creo– que no hay nada definitivo sino morirse y que, si llega un momento para partir, siempre habrá uno para retornar. A la patria. Sí, a esa palabra tan antipática, entelequia que engloba la tierra de los afectos, la construida a nuestra medida con amor. No la impuesta en vallas y afiches militantes, la agredida con violencia desde corazones en cuatricromía acompañados de un eslogan sin significado. Produce cansancio la carga política infligida a palabras como esta, las han convertido en panfleto, les han impuesto un determinismo ideológico amoral y ofensivo. Desencanta que los derrotados aquí o afuera expolien esas palabras de su verdadero significado, sumándose así a la voluntad de los autócratas que padecemos.

Hay gente afuera escribiendo mensajes de lástima –no de solidaridad– por los que nos “quedamos”. Me revuelve por dentro que se hayan ido con odio, decepción y renuncia. Es perturbadora la idea de que no tengan un territorio del afecto, de la querencia. Otros escriben con ese territorio dentro y lo recuerdan unas veces cálido, otras sangrante, pero consigo. Padecen en la nostalgia, pero saben que para ellos su tierra seguirá allí, en ese espacio que les hace suspirar.

Están los que dicen que no tenemos patria. Somos traidores por no abrazar un color político o rendir pleitesía a un líder. El intento de negarnos la patria no es suficiente para cortarnos la raíz. Por el contrario, se afianza más así, con terquedad.

III

No es un pasaporte, ni una nacionalidad establecida en una partida de nacimiento lo que nos da pertenencia, sino lo amado de un sitio, la familia y los amigos, los atardeceres, una montaña, los rincones de la casa de infancia, el árbol favorito del parque, el grito de las guacharacas y los loros, la impertinencia de algún piropo, la vista del mar Caribe, el humor, entre tantas otras cosas que nos caldean el alma. No se trata de tener una de esas listas de “orgullo nacional” basada en paisajes, comidas y rasgos de idiosincrasia. El orgullo es generado por cosas más pragmáticas como logros de nación, nada obvios, ni elocuentes. Tenemos ese dejo de vergüenza por todo aquello que nos nubla por dentro, lo que no funciona, lo ofensivo en los discursos políticos, la violencia en la basura regada, las paredes rayadas, la muerte sin sentido repartida con gratuidad.

Retorné queriendo. Y a pesar de sentirme inapropiada las más de las veces, de vestir pieles prestadas de otras tierras que son pequeñas querencias en mí, ésta continúa siendo la mía, la fundacional, con sus dolencias y horrores, pero también con su belleza, con la paz que me otorga el estar en ella, por la fe inamovible que le profeso.

IV

No sé si a la vuelta de los días decida partir de nuevo y entonces me quede en otra parte como lo he hecho otras veces. La patria me la hago yo y por eso nadie me la puede quitar ni decirme que no es mía.

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