Categoría: Divagaciones

La enfermedad de la calina

La calina ha oprimido a Caracas estos días. El incendio de semanas de El Ávila le ha dado un toque ominoso al tiempo transcurrido. Y para remate a esos sentimientos y quizás como consecuencia de la contaminación del humo, muchos andan con gripe, el asma exacerbada, alergias y otras dolencias respiratorias. Formo parte de este último grupo.

Dicen que las enfermedades respiratorias tienen que ver con los afectos. Y que las tristezas pegan en los bronquios. Yo no sé si eso es verdad o no. Sé que muchos caraqueños andan engripados y con el alma alborotada, apocalíptica a pesar de la larga Semana Santa en la que en hipótesis se ahorraría energía y agua. Caracas estuvo inusitadamente sola durante esa semana. No salí a ninguna parte fuera de la ciudad sino a una casa de campo en Caucagua, por un día. Desolador el paisaje gris amarillento de la sequía. Allí me agarró el malestar. Y para hoy ando postrada con los bronquios congestionados.

En ese día en familia, hablamos de política, de la falta de unidad de la Mesa de Unidad, de los protagonismos, y de los desmanes, ya acostumbrados, del poder. De la sensación de un ahora o nunca, que otrora prevaleciera cuando el referendo de consulta de modificación de la constitución el 23 de noviembre del 2008, y de las elecciones del 15 de febrero del 2009, que al final nos valieron cero. No entraré en detalles de lo ya sabido, porque el ahora se convirtió en nada. De la insatisfacción y la frustración que tan poco han amañado una unión.

La calina como una maldición invade no sólo la atmósfera sino el buen juicio. Ha nublado todo. La sensación es de enfermedad.

enfermedad
leve
suficiente
alarma las horas de la vigilia
produce monstruos
hermanos de miedo

soy extraña a mi cuerpo
sus fatigas extemporáneas arruinan los deseos
sus dolores contravienen
atenazan las tristezas
perturban la fe

¿qué hacer con la enfermedad?
ojalá se pudiera borrar pulsando un botón
ojalá se pudiera tachar como una mala metáfora

con la enfermedad no se puede hacer nada

padecerla

sus venenos quizás florezcan
en una cura
leve
suficiente
en la hoja de papel
en la encrucijada del pecho

En el fondo de la mirada

[La muchacha de la perla de Vermeer]

me volví a verte de nuevo
dejé la impronta de mi aliento en ti

quise por última vez
darte mi imagen
impregnar tus ojos perplejos
esconderla en recuerdos inasibles

sólo juegos solares la convocarán al presente

la mirada indiscernible
el rostro inundado en luz tardía
la boca entreabierta
presta al beso deseado en susurro

habitaré la oscuridad de tu memoria
esperaré que me invoques
nocturno
cuando el deseo te asalte

allí estaré
en el fondo de tu mirada

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Escrito en Caracas, 11-02-2010.

Sólo destellos

Quisiera escribir el Gran Texto, de la Gran Reflexión, pero solo me sale el pequeño texto sometido a los linderos de mi circunstancia. El que sólo entiendo yo por completo, que sólo brinda destellos de mis penas y alegrías. Así he ido sumando textos mínimos en distintos cuadernos en donde me rebelo ante el transcurrir certero hacia la muerte. En un fútil gesto de arrogancia, vuelco algunas palabras pensando que trascenderán esas páginas, que algún día el familiar lejano o el amigo nostálgico accederá a ellas y tendrá una luz fugaz y escurridiza de lo que una vez fui. Verá los tachones, los incisos, las dudas al escribir y le invadirá esa rara sensación de fantasmagoría cuando mire mi letra sobre el papel amarillento. Una verdadera cápsula de tiempo esa hoja en el cuaderno, leve testigo de un instante de introspección en vigilia mientras tomaba un té o durante algún otro instante de soledad.

Así como yo, muchos escriben pequeños textos en cuadernos u hojas sueltas. Pequeñas rebeldías, leves actos de arrogancia, de desafío a la muerte.

Quizás los pequeños textos trasciendan el espacio de los afectos. Quizás palabras y sentimientos migren a aquellas personas que anhelan adivinar al que escribe, convirtiéndose en cosa ajena al autor pero cosa propia del lector y la ilusión se cumplirá, aunque las palabras de esta manera se renueven y renazcan sin la pátina original del instante que las produjo. Serán palabras y sentimientos abandonados a su suerte, huérfanos, en espera de alguien que los adopte y haga suyos.

Esos fragmentos, pequeños textos, serán aún más, sólo destellos.