Categoría: Divagaciones

La distancia de nuestros afectos

Esta semana pasada estuvieron de visita, mi suegra Carmen Elena, con su esposo Eduardo.

Se fueron el jueves y no bien salieron por la puerta, me eché a llorar. Me sentí íngrima. Que no valía la pena estar aquí tan lejos de nuestra familia. Y de repente también sentí miedo al cambio. Y frustración de sentir que quizás deba de nuevo vender y empacar cosas y desarticular mi hogar para crearnos otro en otra parte. Este año lo inicié con la corazonada de que venían cambios en nuestra vida y aunque se han dejado asomar pistas de que así será aún nada ha cristalizado. Es un interminable juego de espera y duda en medio de la certidumbre de que algo va a pasar.

Al dejar a su mamá y su padrastro en el aeropuerto, Lino me llamó y me dió a entender que estaba tan torcido como yo por el guayabo de despedirlos. El resto del día lo pasamos juntos echados viendo televisión, abrazados o agarrados de la mano, como para asegurar que estábamos allí el uno para el otro, inhabilitados de sobrellevar la nostalgia como siempre. Tratando de aliviar la pena que nos deja la distancia de nuestros afectos.

Por amor a su Bangladesh

Aunque vivo en Bangladesh, me entero por Ojo al texto que Muhammad Yunus ha ganado el Premio Nobel de la Paz. (Creo que vi su post poco después que lo publicara).
No me voy a extender en la obra de Yunus, que ya se enterarán por el periódico y las noticias de la tele, pero este es un hombre que no para de declarar el amor por su país, cuya pobreza parte el corazón de cualquiera que lo visite. Siempre que se le entrevista expresa que lo que le llevó a diseñar lo de los microcréditos fue la aspiración de ver salir de la pobreza a la mayoría de sus connacionales y el profundo amor que le tiene a Bangladesh. Nunca ha estado en campaña electoral de nada. La expresión de su amor no es con fines de propaganda. Realmente no la necesita.

Yunus es quizás la persona con más credibilidad en Bangladesh. Y una de las razones es porque jamás se ha metido en la política. Para los bangladeshis todos los políticos son ladrones.

Su amor a Bangladesh no le llevó a pintar, ni a meterse a jugador de cricket (aquí no hay béisbol), ni a militar, ni a político. Jamás ha sido responsable de la muerte de un compatriota Bangladeshi en nombre del «amor» a su país.

El premio está más que merecido y los bangladeshis pueden estar muy orgullosos de Yunus. Porque él sí ama a su país de verdad y ha hecho una revolución sin sangre ni muertos ni violencia a través de un modelo financiero basado en el capitalismo pero también en la confianza de la honestidad de la gente, porque comprenderán que alguien que vive en la miseria no puede dar nada como garantía sino su palabra. El sistema ha sido exitoso porque casi el cien por ciento de la gente le hace honor a esa palabra empeñada en pagar su deuda. Así reciben otro pequeño crédito mientras su negocio prospera y se puede mantener sin más créditos.

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Más sobre Yunus y su labor en:

Grameen Foundation

Muhammad Yunus

Aceptar y entender la diferencia.

En junio, en el post Drenando, escribí lo siguiente

«… Aquí desde tan lejos, es como si todo el mundo hubiera perdido el juicio ante las circunstancias y la habilidad de analizar las cosas desde ambos puntos de vista, de aceptar (no tolerar, que es distinto) la diferencia y discutir y confrontarse desde esa aceptación…»

De alguna manera los ultimos post sobre política que he escrito han confirmado estos sentimientos. Sé que es casi imposible deslastrarse de la frustración e impotencia que causa la situación del país, más si se vive en él. Tenemos un presidente que literalmente nos tiene locos a conciencia para que gastemos el tiempo en reacciones emocionales y no en trabajar en una oposición estructurada estratégicamente.

Y así entonces dependiendo del grado de frustración o afiliación a uno u otro lado nos negamos a escuchar, tolerar, respetar, aceptar al compatriota como alguien diferente pero igual de «bueno» que uno. Si a algunos les parece este enfoque un poco «comeflor», vale. Lo acepto. Pero como van las cosas, vamos a tener que ponernos un poco «comeflores» para evadir el odio y la división que nos pueden destruir sin remedio. Yo sigo negándome a odiar a otros venezolanos solo porque sigan a Chávez.

Yo no he emigrado. Sólo estoy trabajando acá y espero en algún momento regresar. Mi suegra, Carmen Elena en estos momentos de visita, me dice que es difícil llevar el día a día en Caracas, donde pareciera que las cosas se sienten más y los enconos son más radicales que en el interior. Me dice que el ambiente es más opresivo y que desligarse emocionalmente de lo que pasa es imposible porque las malas noticias te bombardean constantemente y de allí que la gente ande obnubilada de rabia y frustración – de lado y lado. Que la crítica suena a traición y por ello no se acepta – de lado y lado. Quién sabe si de volver me vería entrampada en las espirales de las emociones en contra de Chávez. Es posible.

En todo caso no me considero un ápice menos venezolana por el hecho de vivir afuera o con menos derecho de hablar de política, sólo me da otra perspectiva de las cosas porque me puedo abstraer de esas emociones. Esta perspectiva me pertenece solo a mí y no pretendo imponerla a nadie sino en todo caso contrastarla. Quizás no pueda votar este diciembre por falta de embajada aquí pero por lo menos puedo ejercitar mis opiniones en este espacio. Poder leer las de los demás en los suyos o aquí mismo me mantiene la fe de que no todo está perdido para el país, que aún es posible un diálogo porque nuestro punto en común es esa tierra que nos duele y nos hace venezolanos.

Las palabras tienen poder. Y el poder en este momento lo tiene alguien que las usa con maestría para su beneficio. Cuando se busca exactitud, hechos, en ese discurso uno termina perdido en las verdades a medias, las mentiras que parecen verdades y las verdades que parecen mentira. Por supuesto, esa es mi percepción. Existe mucha gente que cree que todo lo que dice es verdad. Y si no es verdad es que alguien le dio mal la información y lo engañó para hacerle daño.

La única forma de poner orden al caos de emociones que todos sienten es con más palabras apelando a la razón. Es importante seguir escribiendo y seguir conversando. Seguir en el intento de «encontrar», finalmente ver, el país que tenemos y no el que idealizamos restringido sólo a nuestra experiencia sin considerar la de los demás como experiencias también verdaderas y que nos dan las claves para ese país nuestro que hay que construir. No debemos sólo aceptar las diferencias, sino entenderlas… y viceversa.