Otra vez

Con «Viendo llover en Dhaka como si fuera Macondo» inauguré por tercera vez este sitio. Este sitio con el que he intentado llevar un registro vivo de lo que escribo y he escrito.

Me obliga a disciplinarme, a organizarme mejor y a comprometerme a escribir que es realmente lo que quisiera hacer para ganarme la vida. Mientras esa oportunidad llega estaré aquí ejercitándome, gozando de la otra oportunidad que he tenido en la vida de poder vivir en sitios totalmente ajenos a mi cultura como Uganda y Bangladesh. Sitios que me han permitido alimentar parte de estas páginas.

El mundo en la calle frente a mi casa

Ayer vi como mataban a un hombre.

Eran las dos y algo de la madrugada. Habíamos llegado tarde de una cena y al poco de apagar la luz para dormir, oímos en la distancia gritos de auxilio. Luego los perros de la casa empezaron a ladrar y al poco escuchamos al guardia gritarle a alguien que se fuera.

Nos asomamos por la ventana y lo vimos amenazando con una roca a un muchacho, quien caminando por el jardín con una bolsa en la mano se acercaba al muro opuesto para saltar a la casa vecina. Era un ladrón. Había brincado dentro tratando de esconderse de sus perseguidores.

Salimos al jardín y en compañía del guardia, calle abajo veíamos luces de linternas y oíamos gritos en la lengua local. Finalmente, empezamos a escuchar también golpes secos. El guardia nos dijo sonriendo: ¡Ese hombre va a morir!

La elevación del terreno nos permitió ver casi todo. En medio de un grupo como de diez, subía el muchacho maniatado mientras era golpeado con un tubo y planeado con un machete. Por la calle bajaban motonetas y un minibús medio lleno de gente al encuentro del grupo. En la calle frente a la casa convergieron y entonces fueron más de veinte. Entre ellos una mujer que animaba la golpiza.

Allí el linchamiento llegó a su clímax. Todos golpeaban al hombre y las motonetas le pasaban por encima repetidamente hasta que ya no se oyeron sus gritos. El tubo y el machete bajaban sin descanso sobre él. Presenciamos todo paralizados de horror y desconcierto sin saber qué hacer. Tratamos de llamar a la policía, pero nadie contestaba el teléfono. El hombre había robado el bolso de una mujer en uno de los barcitos de la avenida principal. La misma que se hacía oír en medio de los golpes. Nadie tuvo compasión. En breve, la mayoría se retiró dando por terminado el asunto. Ya dentro de la casa oímos más golpes secos. Pocos. El remate.

La policía llegó más tarde a llevarse el cuerpo.

En esta tierra africana la vida no tiene valor. En Uganda, la matanza de ladrones es casi una celebración y solo la aparición oportuna de la policía les puede garantizar la vida. En los pueblos y caseríos del interior el castigo se extiende a la familia del ofensor y su casa es quemada hasta los cimientos. Solución final para que no se extienda el mal del latrocinio.

El robo se cura con asesinato. Nadie es culpable, sólo el ladrón. No hay quien responda «Fuenteovejuna, señor». Nadie pregunta tampoco.

En casa traté de orar por el poble diablo, por los que lo mataron, por nosotros y no me salió nada porque no hay Dios posibe en circunstancias como ésta. Últimamente pienso que no lo está en ninguna. Me tienta intentar hablar de lo humano y lo divino quizás para encontrarle sentido a lo que vi, pero lo dejo así porque en el fondo no hay nada de ello en esta historia. Pasó y punto.

Se me redujo el mundo anoche a la calle frente a mi casa. La misma demencia que castiga con la muerte a un ladronzuelo que no puede con su pobreza se me antoja como la misma que está castigando al mundo. Una venganza perpetua.

Publicado en www.elmeollo.net

Recuerdo de Alejandro Salas

Me crucé con tu poema y terminantes, entre paréntesis, el año de tu nacimiento y de éste, definitivo, que señalaba así de sobrio el de tu muerte.

Recuerdo que cuando apareció Erotia, la intensidad de esos versos causaron asombro y evidenciaron cierta paraplejia mental de algunos seres del medio que no concebían tanta sexualidad proveniente de la figura delgada, con lentes, un tanto desgarbada más propia del ratón de biblioteca que proyectabas.

Erotia arrebató asombro, respeto y tambien un dejito de envidia ante el verso auténtico, y por tanto difícil, que muchos eran incapaces de producir sin miedo en sus propias frases, en su poesía o demás escritos, a la hora de explorar la carne.

Recuerdo también que al contrario de todos los escritores que he conocido le rogabas a Liscano, tu editor y a Milla tu distribuidor que cero bautizos, fiestas, recitales o foros. Te resignaste a aceptar la idea de las concebidas gacetillas y el ejemplar de cortesía a la prensa. Lo mismo con la antología de poesía venezolana editada por Milla, la cual (a lo mejor recuerdo mal) fue presentada por Armando José Sequera contando con tu ausencia o ¿no fue presentada en absoluto?

No menciono estos detalles por maluquería con los escritores a quienes la vanidad, el ego o el querer ser reconocidos o simplemente leídos a veces los traiciona y los hace perder asidero con la tierra, sino para resaltar el contraste de que así de callado y con una modestia a toda prueba, tu vida era escribir, investigar, traducir, hacer grabados, y demás ejercicios de libertad que en este momento se me escapa enumerar. En ti se me autenticaba lo del escritor escribe para sí. Publicar, difundir era ya darle a esa entidad creada en el poema, el ensayo o las traducciones de Ashberry en ediciones limitadas, en cualquier obra producto de tu mano, el empujoncito del padre a la criatura cuando le dice que salga al mundo, porque ahora es suyo a encontrarse o perderse entre los otros. Un acto de liberación más que de confrontación con el otro.

Eras un ave rara, porque justamente mi trabajo en ese entonces y por varios años lo fue el de promover las obras y los autores editados por la casa editorial de turno a como diera lugar y tú, para mi desespero, no colaborabas.

Esa extrañeza se convirtió en admiración, años más tarde, cuando tuve la madurez suficiente de entender la paz de espíritu, la seguridad y satisfacción que se debe tener consigo mismo para no requerir del gesto aprobatorio de los colegas o de los lectores. Auténtica modestia. Rara avis.

Así te tenía en mi memoria hasta que hace un par de años, de visita en Caracas, reanudamos la charla que alguna vez empezamos en las oficinas de Alfa y que continuaban en esporádicos, fortuitos encuentros en alguna librería o en los pasillos de la GAN con años de por medio. Sonia Casanova, tu compinche de la galería, nos hizo coincidir de nuevo y la conversación continuó quedando en vilo cuando me tuve que regresar para una próxima vez que ya no será, porque el que ha partido ahora eres tú.

La vida es finita. Chiquita ante el destino sin certezas que nos traga y regurgita como le da la gana. Ese destino que eventualmente nos pasa el suiche, nos borra o nos vindica.

No tuvistes la intención y sin quererlo finalmente se hace presente tu paso por nuestras vidas. Las de quienes te conocimos en la brevedad de encuentros esporádicos (y entonces guardábamos esta admiración), las de tus amigos, la de tu esposa. Las de quienes no necesitan sino publicar un poema tuyo y dar a entender todo, constatar tu legado y establecer en el acto, tu huella.

Publicado en www.elmeollo.net