Adiós, Montejo

[Foto: Enrique Hernández]

Estas son la noticias que uno no desea leer.

Los poetas, los artistas, nos desempolvan la belleza cuando sentimos que la vida nos la esconde. Gracias a Montejo llegué a Pessoa. Y gracias a Pessoa redescubrí a Montejo.

Con Montejo la nostalgia por mi país cobró otra dimensión… la sentía acompañada por la voz contundente de un hombre universal que me develó la posibilidad de extrañar a mi tierra como experiencia íntima, sin las constricciones que todos los símbolos que la significan hoy en día infligen en ella, reduciéndola a una caricatura de nacionalismos superficiales y de mal gusto.

La nostalgia por la nostalgia, la imperecedera sensación de estar extrañando lo que nos falta y que no sabemos qué es. La búsqueda de la belleza en la palabra, en el verso, en el poema. La precisión del lenguaje, enaltecido y dignificado en esta era de vilezas que nos ahoga. Remanso para quienes sentimos el agobio de la vulgarización contaminante de todo quehacer. Eso y mucho más ha representado la poesía de Montejo para mí.

Ahora nos someteremos a la memoria, luchar contra el olvido. Recordaremos a Montejo, y el recuerdo nos dirá de los poemas que no llegaron, los que añoraremos haber querido leer pero que el tiempo y la enfermedad escamotearon a su vida, poniéndole punto final a todas sus nostalgias.

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Actualización:

Verdaderas muestras de afecto y admiración en la red ha provocado la muerte de Eugenio Montejo. Su poesía, gracias a la película 21 gramos, fue proyectada de formas insospechadas a nivel internacional,  pero para nada debe a este hecho su lugar en las letras hispanas. Conmueven los testimonios y los homenajes, incluso los pocos anti-homenajes que con todo y el cinismo que destilan no pueden sino reconocer la trascendencia e importancia del arte de este poeta. La poesía siempre establecerá esa relación íntima y misteriosa con el lector. No hacía falta haber conversado con Montejo en persona, para sentir que se había conversado con él luego de la lectura de sus textos y sentir, pués, afecto, pertenencia. Esa magia es la que destila el homenaje que en la red ha suscitado esta partida.

A quien quiera explorar estos escritos, los resultados de búsqueda de esta semana en Google blogs.

Melancolía sin coordenadas

Aquí estoy… melancólica en Gaborone. Pero es una melancolía sin coordenadas geográficas.

Hay días así, que sin motivo nos traen una pequeña tristeza sin remedio e inexplicable.

Son días en que el alma se nubla.

Días en que solo nos queda arrebujarnos en nosotros mismos, como sea sacar adelante el día de oficina; y luego, al llegar a casa, aposentarnos en el sofá o la cama bajo la manta, con algo caliente en mano, un café, un té que nos reconforte, alguna música, un libro, el cuaderno para garabatear nuestro espíritu o sencillamente contemplar a través de la ventana los humores del cielo.

Las amigas – A propósito de una película

Photo by APG Graphics from Pexels

Acabo de salir del cine de ver Sex and the City. Lla verdad es que la serie me encantó y la película pues no está mal, lo que nunca entenderé es porqué dicen que Carrie Bradshaw -y la actriz Sarah Jessica Parker- el personaje protagonista es no sé qué del fashionismo. La mujer a veces parece disfrazada, a veces se ve espectacular, pero a veces combina cosas sin ton ni son y se ve ella toda como un carnaval. En fin, la cosa es que esa serie me gustó (la vi completa en quemaditos de Bangladesh en maratones consecutivos) porque me hacía recordar la época en que salía con mis amigas en Caracas en plan de chismeo y compras, sobre resuelves, novios y luego maridos hace ya mucho tiempo. Extraño eso.

Cuando uno se muda de sitio en sitio totalmente ajenos, se hacen vínculos, a veces muy fuertes con la gente que se conoce también de paso o que luego queda atrás cuando uno se va, pero no hay tiempo de cultivar una memoria de la amistad como se hace con las amigas del alma desde nuestra juventud que pasan a formar parte de una, hermanas, familia, que nos han visto crecer como personas, cometer los errores más estúpidos así como los aciertos más exitosos, y que aunque a veces no nos entiendan por completo, están allí incondicionales.

Hace unos buenos años atrás, un amigo de mi esposo que vive frente a casa de mamá, me preguntó qué cuántas hermanas éramos. Le dije que 4. Se mostró sorprendido, me dijo que pensaba que éramos como 8 o 10 porque siempre que se asomaba al balcón de su apartamento veía un mujerero entrando y saliendo por días. Y sí, somos 4 hermanas con buenas amigas cada una, que pasaban temporadas en casa. Que aún lo hacen porque somos 4 hermanas con una familia extendida de fabulosas amigas que han estado allí para cada una de nosotras que forman parte de nuestra casa, e incluso ya a estas alturas, y luego de tantos años, las amigas de mis hermanas me gusta pensarlas como amigas mías también, parte de todo un cariño expandido y proyectado por la amistad que se ha mantenido por años entre ellas contra viento y marea.

Salí del cine y al llegar al hotel, aquí en Gabarone, no pude evitar sentarme a escribir esto. Mis amigas siempre están en mi pensamiento. A veces imagino qué me dirían por tal o cual cosa que hice, y a veces las tengo demasiado presentes, tanto, que me preocupa que les haya podido pasar algo. Con unas he tenido más contacto que con otras durante todos estos años fuera, pero siempre siempre están en mi afecto. Y siempre siempre estarán. Aquí o allá.

Pequeña crónica de domingo

Este domingo salí del hotel. Me fui al centro comercial próximo, Riverwalk, uno de los 3 o 4 de Gaborone. No alcancé a llegar a la librería a ver qué conseguía para leer. Los comercios cierran a las dos los domingos. Me acababa de terminar Enduring Love de Ian McEwan y la lectura me dejó con ganas de más, con nostalgia por buena literatura contemporánea. Me metí en el cine en alternativa, sorprendida por hallar el estreno de la última de Indiana Jones. Dos horas después, salgo del cine satisfecha y emprendo camino a pie de vuelta al hotel.

Gaborone es casi un pequeño pueblo. Las urbanizaciones, los hoteles, los centros comerciales están como en medio del monte, lo que da sensaciones de amplitud y solitud que favorecen la mirada introspectiva, la concentración en la unicidad -valga la redundancia- de uno.

Aprovecho la luz del atardecer de cristal. Se siente de cristal por lo prístino de la tarde. La atmósfera está limpia, la temperatura friita, la luz acaramelada. Todo se presta para una caminata de reflexión, de sentirme en comunión con lo que me rodea, de paz. Gaborone es quizás la única ciudad de mis viajes de estos años que me inspira esta quietud interior. Es una ciudad para los silencios. Y el resto de lo que he visto de Botswana es igual. Okavango en su protegida virginidad es el remanso que tanto extraño que aún es posible en Venezuela en los llanos o la Gran Sabana o los Andes. Somos privilegiados en nuestra tierra y no lo sabemos.

Camino y me detengo aquí y allá a tomar algunas fotos de los horizontes con los que me topo en contraluz. Me siento afortunada y despreocupada por unos minutos. Minutos que voy reuniendo en la memoria y que hacen llevables el resto de las horas de la vida.