En la cueva

He estado alejada de aquí estos últimos días porque al finalizar el trabajo no soporto más a la computadora. La apago y me busco un libro o me instalo en la tele a no pensar. Flojera, que le llaman, a bloguear. Paso por alguno que otro blog pero no tantos como antes. El pasado viaje y algunas demandas de tiempo de mi trabajo y familiares (tenemos a la querida prima Carola de visita) me han hecho retraerme un poco y he caído en la negligencia con esto y con la pintura y con otros proyectos en mente en las últimas semanas.

Pero estoy llegando al llegadero con ello. También me está dando «jartera» mi negligencia.

Mi cuarto anda patas arriba… ese, el de la ventana desde donde miro los atardeceres, el cocotero y que es escenario de mis películas mentales. Así está mi cabeza, con un reguero de pensamientos hibernando a la espera de una chispa de vitalidad que los active. Hace un par de días tuve la experiencia de despertarme creando en sueños. Un proyecto de revista completo, una teoría de vida. Todo muy lúcido en sueños. Los sueños a veces son más claros que la vida misma, ¿no? ¿Que la vida es sueño? ¿Y los sueños, sueños son? Ay, Calderón. A veces no. A veces los sueños no son ni vida ni sueños.

Estoy divagando mucho… Quizás deba aterrizar en mí misma y salir de nuevo en una de resistencia. He leído hoy una frase de Uslar Pietri citada en El Universal con motivo de una exposición conmemorativa de su centésimo cumpleaños. Me gustó mucho la frase:

«…hay una (Venezuela) que ha sido y muchas que pueden ser; hay la que no puede salvarse y hay la que debe salvarse. De unas y otras, de una a otra Venezuela debe ir la angustia creadora de los venezolanos. De una a otra Venezuela, de la que no es a la que debe ser, ha de encaminarse la acción colectiva. Lo que no es otra cosa que invocar una política venezolana para un país que casi no la ha conocido»

Me gustó porque en alguna parte se puede aplicar a uno mismo… Uno ha sido uno, pero puede ser muchos… hay cosas de uno que no se pueden salvar (agrego yo… solucionar) y otras que deben ser salvadas (y/o solucionadas)… y de una a otra cosa, de las insalvables y a las por salvar debe ir nuestra angustia creadora (interna)… y bueno el resto del párrafo se lo dejo al país, el cual me parece pertinente y en concordancia con mi propia línea de pensamiento en referencia a Venezuela… aunque por supuesto quién decide qué es lo que es salvable y qué no…

Pero hoy el país no es mi centro. Tengo suficiente de las noticias bizcas de lado y lado no solo de Venezuela sino del mundo. De los dobles discursos y las hipocresías de la política. Definitivamente milito con el país como entelequia, como summum de lo propio. Como metáfora de génesis y apocalipsis… pero ya. Hasta allí. Supremamente. Y milito con este planeta y su diversidad. También hasta allí. Me alíneo con eso.

Los demás que se caigan a dentelladas si quieren. Prefiero dar besitos. Aunque suene cursi. Pero es que hoy prefiero ser cursi. Uno debe tener derecho a ser cursi…, ¿no? Y a que le de asquito el mundo de la «realidad real» de vez en cuando. Y a querer que todo sea paz y amor, y que todo lo «feo» no exista. A que la burbuja no explote y te salpique la cara la porquería de afuera [por no decir mierda, porque hoy no estamos de humor para tal palabra].

Voy a tener que abrir las cortinas del cuarto. Estoy demasiado encuevada.

…Ando de preparativos para otro viaje en dos semanas. La misma ruta africana (Tanzania, Uganda y Kenya), más o menos el mismo tiempo. Un mes y medio. A lo mejor eso es lo que me tiene encuevada.

…Necesito «resetearme» luego de estos últimos días raros. Comiendo arepas de budare con diablitos gracias a la prima de visita en Dhaka. Cosa curiosa… le abrieron la maleta en su escala en Kuwait [es decir, le robaron] y le desaparecieron el café, la harina pan y un par de sandalias… los diablitos, por suerte, los dejaron.

El País – Divagación

Esta es una divagación a partir de las preguntas que del país (Venezuela) se hace la Maga. Le hice un comentario y al leer los de los demás, me quedó la inquietud de reflexionar sobre las respuestas que yo me daría si me hiciera a mí misma esas preguntas. Por tanto esta no es una respuesta a la Maga, sino a mí misma. Es un repaso de mis sentimientos. Un ejercicio de re-afirmación.

Los venezolanos tenemos esa tendencia de cuestionar tanto al país. De preguntarlo tanto. De juzgarlo tanto. Nosotros somos el país. Desde la última persona que vive en la cima del «cerro» hasta la última persona que vive en la cima de la «colina».

Comenté en el post El país en preguntas:

…El país es todas esas preguntas y muchas más respuestas. Unas llenas de amor y otras de amargura y tristeza. El país es eso. Contradicciones. Espantos. Pero también maravillas y amor y don de gente y sentido del humor y picardía. Y, no. Lo mío no es optimismo patológico ni nostalgia trasnochada. Hay país justamente en el contraste, en la diversidad, en la posibilidad de realidades disímiles, extremas. Al país hay que quererlo como a la familia a la que siempre se disfruta y se padece. Que amamos hasta la muerte y que padecemos hasta la muerte. De la que no nos podemos deshacer ni física ni moralmente. La que nos recuerda de dónde venimos y qué somos. El país está allí y es ineludible incluso desde la distancia más extrema. El país te define. El país existe y aunque nos pese, nos configura, y aunque nos pese, somos nosotros los que lo configuramos a él. Para el país nosotros también somos ineludibles.

Si nos fijamos bien, y empezamos a disectar con pinzas los odios y rencores, las divisiones y desacuerdos, al final siempre queda el amor por el país. Como concepto, sentimiento, base, entelequia. De cualquier forma que uno se defina se comparte un mismo punto con el otro. Y a lo mejor el amor que yo siento desde «mi» Caracas es diferente al que sienten otros desde la «suya» desde «su» Maracay o «su» Barquisimeto o «su» Mérida o «su» Maracaibo o «su» Cumaná. Pero es amor al final y está allí. Amor con amargura, con esperanza, con tristeza, con alegría, con pesimismo u optimismo.

Yo no creo en eso del «no-país». Ni en demás metáforas, eufemismos, descalificaciones o hiperbólicos enaltecimientos que son como pastillitas para evadir y desapegarnos responsabilidades y cuyo efecto no es más que un espejismo.

El país somos nosotros. Siempre ha sido de todos, porque todos lo conformamos, pero antes ninguno quiso asumir que era de uno. De uno, ese paquete entero. Porque para que sea de uno verdaderamente, se tiene que asumir completo y poder decir que es una maravilla y que es tuya, pero también poder decir de todo aquello que es malo, que es una mierda y que es tuya, y llevar ese barranco encima sin que te quede nada por dentro. No es una cuestión de orgullos o vergüenzas. Es sencillamente aceptar lo que se es y lo que se tiene. Partir de allí para mejorar, potenciar, modificar, corregir, lo que se necesite. Y para lo que no se pueda, pues aceptarlo. Si no, no podremos encontrar belleza y futuro en los contrastes, en las miserias y esplendores que nos son propios.

A pesar de la nostalgia que me aniquila por días, estos viajes y andanzas solo me han acendrado el amor por el país. A verlo sin filtros caleidoscópicos. A deglutirlo sin la pastillita placebo, la que me inventa el cuento de que el culpable es otro, el personaje, la historia, los blancos, los verdes, los rojos, los del norte o los que trae la brisa caribeña. A tocar sus costuras y cicatrices. Su tersura. Porque la culpa no sirve para nada. Y sí. No estoy ahora allá, pero estuve. Siete años no han cambiado la cosa, sólo la han destapado, puesto al descubierto para el olfato de todos, lo que somos, lo que no fuimos y lo que podemos ser. Entiendo y comparto el agobio, el refugio en lo íntimo al que mucha gente opta. Esa escapada no es nueva. Es la de siempre. Yo la practico también. Y también la practiqué en el pasado. La promuevo como cuestión de higiene mental pero no como militancia.

Hoy amanecí en un día de resistencia. De salir afuera y decir lo que me parece obvio. De declarar que lo que es mío no ha dejado de serlo y que sí, a veces, por desidia, por facilidad, amanezco algunos días creyendo que me lo han quitado, cuando sencillamente lo dejo ir en cada momento que me tomo una de las pastillitas de espejismos. Cada vez que ese periodismo bizco me conmina a encostrarme en una esquina. La de mi conveniencia. Cada vez que decido creer lo que me es más fácil creer. Cada vez que me compro una esperanza estéril impresa en el periódico o la engañosa ilusión de que perdí mi país. De que Venezuela es otra o de otros.

Sí tengo país. Sí tenemos país. Cojea aquí y allá. Da un paso a la derecha y otro a la izquierda, se cae y se levanta, es ínfimo y supremo, todos los días. Y así lo quiero. Sin más. Como se quiere a los hijos y a los padres. Sin condiciones. Con la certeza de la pertenencia.

La palabra «país» no me es una metáfora es sólo una realidad que hay. Hay país. Tengo país. Tenemos país a pesar o gusto nuestro. A consecuencia y causa nuestra. En la cercanía y la distancia.

Uno no se debe dejar quitar lo que es suyo. Y menos por uno mismo. Esa es la respuesta a mí misma.

Tanzania II – Dar es Salaam

Dar es Salaam, hogar de la paz.

Así bautizó el sultán Seyyid Majid del reinado de Omán y Zanzibar al pequeño puerto ciudad que fundara en 1860, en los predios de una pequeña villa de pescadores.
Dar es Salaam es una de las ciudades de la costa swahili. La cultura swahili fue originada con la mezcla del árabe que comerciara y se asentara en las orillas del africa oriental que va desde el norte de Kenya hasta Mozambique, el bantú y las influencias coloniales inglesas y portuguesas durante los siglos de colonialismo. Esta interacción entre distintas culturas dió origen a la lengua swahili hablada en toda África del Este y parte de la África Central. Es uno de los idiomas oficiales de Kenya y Uganda y hasta hace poco era el único idioma oficial de Tanzania.

En este viaje no pude conocer mucho la ciudad pero tengo alguna visión de la misma y su ambiente. Dar es Salaam está a la orilla del mar y no tiene montañas visibles atrás ni a los lados por lo que se extiende sin ningún prurito hacia las periferias. Los terrenos donde hay casas y edificios son amplios y la vegetación es abundante. La ciudad está llena de viejos árboles de acacias, flamboyanes, baobabs, trinitarias o buganvilias, así como otras plantas típicas de estas tierras de las cuales no pude saber el nombre. Los árboles son frondosos y altos, rayando en lo hiperbólico. En Dar se conjugan la pureza del aire marino, la humedad de la costa y ese cielo profundo hacia arriba y tridimensional difícil de explicar… porque ¿cómo se puede explicar el cielo de África para quien no lo ha visto? De un azul sólido y con nubes gigantescas y verticales que parecieran querer reventar el cielo pero que se quedan cortas. ¿Cómo explicar este cielo sobre una ciudad como Dar, la amabilidad de la gente y ese espíritu relentoso que le da la bienvenida, Karibú, a todos los que la visitan? El mismo cielo que abrigó la década de la gran emancipación de las naciones del Este de África del dominio colonial inglés.

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Es difícil entender qué fue de ese esplendor de los sesenta donde las universidades como Makerere en Kampala, Uganda tenían de profesores a hoy día escritores laureados como V. S. Naipul o Paul Theroux. Donde se formaron líderes como Julius Nyerere, el padre fundador de la nación independiente de Tanzania.

Tanzania constituyó la esperanza del desarrollo en África a través de ideales socialistas basados en los principios morales de la idiosincracia africana. La familia como núcleo, la unidad del clan, la solidaridad de la lucha por la supervivencia extrapolada a una sociedad educada y en igualdad de condiciones. Si bien el modelo económico socialista fracasó, Nyerere, el maestro de escuela, luego presidente, al admitir su fracaso públicamente se retiró del poder renunciando a la presidencia y recluyéndose en su casa en el interior del país. Los tanzanos lo reverencian y respetan por su honestidad y a que gracias a su espíritu unificador, diferencias u odios tribales y religiosos que son la plaga de la paz de otras naciones africanas, son practicamente inexistentes en Tanzania donde todos viven sin tensiones sean cristianos o musulmanes, masai o cualquiera de las otras 120 etnias pertenecientes en su mayoría al gran grupo bantú. Los instrumentos cohesionadores fueron la lengua, el swahili y las bases morales que sentara en torno a la unidad familiar africana.

En Dar es Salaam el estilo dominante de ese pasado que ofrecía promesas está determinado por la arquitectura constructivista de los sesenta salpicado de típicas casas coloniales de techos de tejas rojas, que le abren paso a edificaciones más modernas y urbanizaciones que manifiestan la activación reciente de la economía del país.

A este contraste entre paraíso perdido de la costa y metrópoli que puja por surgir súmenle la vista del mar azul índigo, los dhow (embarcación tradicional swahili) con sus velas desplegadas en el horizonte así como otros veleros y barcos de gran calado, palmeras en la orilla de la arena blanca que la bordea enmarcados por el verde inmediato de árboles centenarios regados por la ciudad que se densifican en vegetación semi-selvática hacia el interior.

El encanto que tiene Dar es Salaam atenúa las advertencias sobre la seguridad. El jambo (hola) o mambo sapi (qué hubo), que todo desconocido te da cuando preguntas una dirección o entras en una tienda seguido del karibú te quitan toda la aprehensión que puedas tener.

Yo padezco del mal de África del cual escribiera alguna vez. En este viaje en que tuve oportunidad de andar en los tres grandes del África del Este (Kenya, Uganda y Tanzania), no tuve mas remedio que admitirme que extraño estar aquí y que es un sitio al que debo volver, seguir aprendiendo de la gente y de su espíritu, del horror y de la belleza que conviven en este continente sin que parezcan extremos opuestos, sino una cosa natural e ineludible de la vida.

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Post-scriptum:

Este es uno de esos curiosos hechos de seis grados (o menos) de separación con Venezuela, en 1992 Julius Nyerere recibió de parte de la UNESCO conjuntamente con el gobierno venezolano el Premio Internacional Simón Bolívar.