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Botswana

Ahora sé un poco más sobre el país. Botswana tiene poco más de un millón ochocientos mil habitantes y 581.730,00 kilómetros cuadrados. Vive de la explotación de diamantes, la exportación de carne y el turismo. La mayoría de la población se concentra hacia el este del país, el cual no tiene salida al mar y limita con Zambia al norte, Zimbabwe al este, Namibia al norte y oeste, y Suráfrica al sur.

Se hizo independiente en 1966, cuando era considerado uno de los países más pobres del mundo. En 1967 se descubrieron los depósitos de diamantes que lo convirtieron en uno de los países más ricos de África y que le permitieron desarrollar otra de las dos industrias que le generan ingresos, el turismo y la carne bovina. Botswana es el mayor productor de diamantes generando unos 15 millones de carats al año. Esta riqueza le ha permitido construir una buena infraestructura en caminos, electricidad, edificaciones modernas para el gobierno. Las avenidas y autopistas son impecables así como semáforos, etc.

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La gente en su mayoría es de la cultura Batswana (50%), cuyo idioma, el setswana es el otro idioma legal del país junto con el inglés. A los nacionales se les llama Batswana en plural y en singular Motswana. Las otras culturas existentes son la Bakalanga, Bakgalagadi, Bayei, Hambukushu, Herero, Basubiya, San, Khoi y Banoka. Los San y Khoi provienen del mismo grupo étnico, son los famosos bushmen que hablan con chasquidos y clicks en su lenguaje y son los mejores rastreadores de presa del mundo. Poseen un conocimiento único en supervivencia en las praderas semiáridas de Botswana y Namibia. Son considerados como los primeros habitantes del sur de África, su presencia en el continente se ha estimado en más de 25 mil años pero por desgracia su cultura se considera en peligro de desaparición. Quedan unos 100 mil entre los dos países.

El idioma setswana es bastante amable al oído, y la pronunciación de algunas palabras me recuerda a la española de España con la jota bien arrastrada y gutural. Gaborone el nombre de la capital y se pronuncia Jjaborrone (con la j y la r enfatizadas). Dumela es el saludo, ña es no, a las señoras se les dice Mma y a los señores Rra. Pero al contrario de los países que he conocido en Africa del Este, el idioma local no se entromete mucho en el inglés o viceversa.

No pude ver gran cosa de la naturaleza porque la única reserva cercana no tenía cupo en ninguno de los planes. Sin embargo, el paisaje que rodea a la ciudad se impone y este paisaje es semiárido. Pero como alternativa importante a la naturaleza, me fui al museo y a caminar alrededor del centro de la ciudad. El centro se recorre en cosa de 10 minutos a través del bulevar comercial que lo engloba.

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En el museo nacional hay una muestra permanente sobre la historia de Botswana. Está bien montada, es pequeña e informativa. Es laberíntica y a veces oscura para dramatizar los efectos. La foto del pueblo de Mochudi tomada en 1909 me llamó la atención. Muestra una estructura urbanística que se mantiene hoy día. Las antiguas viviendas han sido sustituidas por nuevas. Pero la de hace cien años impresiona por lo compleja y armónica con el entorno.

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También hay montajes de los ambientes naturales de Botswana. Explicaciones sobre el desierto de Kalahari y el Delta del Okavango, el segundo delta interior más grande del mundo. Se me eriza la piel cuando veo la de los animales. Demasiado reales, como queriendo huir de la muerte seca que los aprisiona.

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Hay dos muestras de arte en la galería. País que respeta su arte es país que se respeta. Tres artistas plásticos en una sala, y en la otra de dos niveles, una muestra de la artesanía nacional destacándose para mí la de los San y la de las cestas de los pueblos de Eshta y Gumare.

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La cestería es exquisita en diseño y manufactura, y carísima. Los precios son proporcionales al nivel de complejidad y diseño de cada cesta variando desde 15 hasta 200 dólares. Me apertreché de varios objetos para enriquecer mi pequeña colección de peroles de todas partes.

Terminé la estadía encantada con este país y su gente y anticipando la siguiente visita donde pasaré más tiempo y podré recorrerlo en safari por sus paisajes.

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Las fotos del viaje están en flickr, en el set Gaborone – Botswana

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Nota lateral:

Buensancho es distinguido con el Blog Thinking Award y me incluye en sus premiados junto a excelentes blogs. ¡Muchas gracias por la distinción! Mis premiados están acá.

Postales desde Botswana

Botswana tiene un cielo prístino. Es un país seco y las nubes son bienvenidas como la cosa más auspiciosa, porque significa que caerá el agua anhelada. Pula, el nombre de la moneda, significa lluvia en setswana, la lengua local.

Hacia la puesta de sol, la ciudad es envuelta en una atmósfera púrpurea degradándose desde el azul intenso que tiene por techo.

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Gaborone, la capital, es chiquitica. 150 mil habitantes.

El domingo la ciudad está desierta. Camino por ella en plena tarde y es como estar en una ciudad abandonada, pero nueva.

Disfruto de la luz al mismo tiempo suave e intensa. Los colores son inesperados. Antiguos. Veo varias iglesias. En días pasados me topé con una mezquita. La fe en estos parajes no falta. Cómo no tenerla con esta luz.solsobreiglesia.jpg

Luz que depara epifanías en el atardecer.

Me enamoro del árbol acá.

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De como luce el ocaso más allá, en la línea del horizonte de la ciudad.

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Nairobi – Botswana

Nairobi se empeña en estar gris. El fin de semana pasado pensamos que el frío estaba cediendo. El domingo fue un día soleado, fresco, en el cual el verde de la vegetación de la ciudad y el azul del cielo se impusieron como gritos de color. Pero el gris volvió el lunes y como plomo se impuso en el ambiente durante toda la semana. Estos dos últimos días ha estado fluctuante entre sol y nubes y lluvia.

Me entero por las noticias que Bangladesh está de nuevo bajo las aguas y que hay 8 millones de personas desplazadas y cerca de una centena de muertos. Hace tres años, por estas mismas fechas estuvimos una semana completa sin salir del apartamento, el agua llegaba a la cadera en las calles. La economía informal hizo negocio construyendo canoítas de madera, y los rickshaws florecieron como salvadores del transporte público. La gente pescaba en los jardines a los peces rezagados, una vez las aguas disminuyeron de nivel. Es así como los desastres naturales pueden acabar con cualquier vestigio humano. Así fue como el tsunami en Indonesia borró literalmente la provincia de Aceh. Así dicen que el calentamiento global borrará gran parte de Bangladesh.

Mañana salgo para Botswana. Será un viaje corto de trabajo, de unas 2 semanas, que antecede a otro par de viajes este año el doble de largos. Veré que me depara esa geografía. Por lo pronto tendré una estadía de 4 horas de tránsito en Johanesburgo, para luego volar a Gaborone. Leyendo la prensa electrónica de Botswana me entero de que ya están grabando la película del libro del escritor escocés, Alexander McCall Smith, The No. 1 ladies detective agency, y que la cantante Jill Scott es la responsable del papel de la protagonista de la saga de novelas, Mma Ramotswe.

El clima en Botswana parece que es más frío que en Nairobi en esta época del año. Aunque las predicciones de clima apuntan a un promedio de 22 grados en el día y unos 12 en la noche, la verdad es que se siente más frío que eso en Nairobi. En Botswana las predicciones están en 25 grados en promedio en el día y de 5 grados en la noche, la variación de 20 grados en un día la siento violenta. Así que voy preparada de invierno.

Tengo expectativas sobre este viaje porque no sé mucho de Botswana. Solo sé que la moneda se llama pula, que tiene un millón y pico de habitantes, que comparte el desierto de Kalahari con Namibia, su principal riqueza es la explotación de minas de diamantes, la cultura predominante es la Tswana y el idioma local mayoritario es Setswana.

Ya les contaré mis impresiones.

Pequeña crónica del extrañamiento

Es extraña esta llegada a Kenya. Me siento en casa.

En Dubai, una cajera del Duty Free, me pregunta por mi nombre. Que de dónde es. Le explico que es ruso. Me pregunta mi nacionalidad y le digo que venezolana. Que mi papá era ruso de origen y mi madre venezolana. Mira la cruz ortodoxa que me guinda del cuello y me pregunta si hablo ruso y le digo en ruso que un poquito. Me pregunta en ruso dónde vivo y le contesto que en Bangladesh. Me dice que yo la confundo y se ríe. Recuerdo a mi amigo mexicano, Cristóbal, que dice que soy una hippie de la globalización. Me encuentro con un amigo keniano en el avión de Dubai a Nairobi, conseguimos que alguien se cambie de sitio con él. Le cuento la historia de la cajera. No sabía que mi padre era ruso y le digo que cómo cree él que entonces parezco de la India, que la mezcla dió como resultado mi tipo. Nos reímos y le comento que en el aeropuerto en Dhaka, unas horas antes me hablaban en bangla asumiendo que soy bengalí, primera vez que me pasa en 3 años y medio. En Kenya es bastante típico que la gente de origen indio se dirija a mí en hindi o guyerati y algunos en swahili porque piensan que soy «asian«. No es que no parezca venezolana, en Venezuela me veo criolla, pero el resto del mundo no goza de tanta mezcla como nosotros. En el resto del mundo la apariencia coincide con los estereotipos que uno tiene de las nacionalidades. Pienso que quizás es que mi lenguaje del cuerpo, mis gestos a lo mejor ya no son de ninguna parte, ya no obedecen a ninguna localidad. Me mimetizo con las geografías. En Bangladesh asiento con la cabeza hacia un lado para decir que sí, uso mis cejas en Africa, levantándolas para lo mismo acompañadas de un Mmm, y mi inglés cambia de melodía según donde aterrice. Ayer le veo la cara de sorpresa a una peruana cuando le empiezo a hablar en español mientras exclamo ¡eres de mi parte del mundo!… Pero me quedo inquieta al notar que no me reconoció como tal a la primera mirada. Me preocupa este extrañamiento. Que aunque mi corazón padece de pertenencia, yo ya no lo parezca. Que me pueda sentir en casa en cualquier parte aunque la nostalgia por dentro, me mate.