El Equilibrista Ciego – Juan Antonio Bermúdez

Conviene la tristeza
necesaria, no olvidar
el beso ácido del tiempo, telaraña
disimulada en los racimos,
enmascarada sombra, pan de hielo;
no olvidarse del llanto o la fatiga
de los que sufren o se cansan, de la exacta
nomenclatura del dolor,
ni del aliento sin alias del herido;
no olvidarse.
Conviene incluso la nostalgia,
con su disfraz de pájaro y su música
tan pobre de organillo.

Pero luego
bucearemos sin miedo a las corrientes,
brindaremos brincando muy desnudos
sobre el país en ascuas y, aunque sea
como arropar la nieve,
abrazaremos la alegría y cruzaremos
la vida -esa frontera
entre paréntesis de humo-
como el equilibrista ciego:
sin medir el alambre a cada paso.

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Encontré este poema en el blog Contrabandos de Juan Antonio Bermúdez y quise dejarlo de regalo de nuevo año a todos ustedes.

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Este fue uno de los post que se me que quedaron en el tintero y era el primero del año.
Me gusta demasiado el poema y no quise dejar de compartirlo.

Atardecer en Kampala

Atardecer en Kampala
Atardecer en Kampala

Kampala es la capital de Uganda. Viví en ella por cinco años.

Había olvidado el olor dulzón que tiene el país, que me sirvió de grato recordatorio una vez salí del avión. La vista del Lago Victoria que se pierde en el horizonte es una hermosa bienvenida al que aterriza por primera vez aquí. Es un mar que no es mar. Y por ello a veces da la impresión de que se va a desbordar para inundar todo con su azul.

Mientras recorría el camino desde Entebbe, donde está el aeropuerto, hasta Kampala, pude ver los cambios que sólo se notan con una ausencia más o menos prolongada. Nuevos hoteles aquí o allá o mejoras en los caminos. Pero sobre todo noté lo que es el paisaje de mi memoria. Las cosas que no cambian y no han cambiado. La presencia de los zumbantes matatus (autobusetas), de las riesgosas boda boda (motonetas taxi), de las ventas a la vera del camino, del verde del matoke (una especie de banano que es la comida principal), el polvo rojo irreductible de la tierra ugandesa que lo invade todo.

La sensación que he tenido en estos días es extraña porque otra vez me siento en casa aunque éste no es mi país. Y me dí cuenta de que es que tengo esta tierra en mí. De que extraño las picardías de mis amigos ugandeses, la amigabilidad de la gente, la alegría de la vida por encima de cualquier tragedia, de la música bullosa y llena de color, así como el aire rural que se respira en esta ciudad, el paso del tiempo relentoso, los cambios a ritmo imperceptible.

Es bueno estar en casa. Es bueno que ciertas cosas no cambien y que uno las reencuentre tal y como las tiene dentro de sí.

Y así también me encontré con la memoria de los atardeceres que tanto me llenaron de nostalgia por los de Caracas, porque explotan igual con naranjas y rosados sobre el cielo de Kampala.

Año movido

Este año se me presenta movido.

Empiezo con un viaje a Uganda mañana para regresar el 24 y en Febrero tendré que ir a Tanzania a empezar un proyecto interno como por 3 semanas, para luego ir de nuevo por como mes y medio. Eso sin contar con quizás otros viajes a Africa como parte de otros proyectos que la compañía para la que trabajo tiene allá.

Asimismo Lino y yo tenemos las expectativas de ir a Cambodia, Vietnam y Tailandia, pero por encima de estos a Tibet desde Nepal.

En Uganda me encontraré con amigos entrañables y será interesante ir de visita y ver los cambios de dos años. Cuando me fui estaba quemada con el país. Ya no aguantaba estar allí. Es una sensación extraña porque no vivía mal, teníamos un grupo excelente de amigos que se convirtieron poco más que en familia. La vida en general era muy sana, porque Kampala, la capital de Uganda, es casi rural. Las casas tienen enormes jardines y la ciudad está llena de árboles gigantes. Y por supuesto muchas calles son de tierra, se va la luz a cada rato etc., pero son incomodidades con las que uno aprende a vivir y al final forman parte de toda la experiencia.

Mi inquietud se debía a que era casi imposible encontrar buenos libros para leer, el arte se reducía a expresiones costumbristas y más orientadas a la venta del turismo, y a mí, que me gusta de repente irme a deambular por puestos de venta de cositas, o irme a galerías o pasarme horas en una librería, se me hacía la vida un poquitín pesada porque no podía encontrar ese paréntesis conmigo mísma fuera de casa. De repente el tiempo me parecía que no pasaba y un día para mi sorpresa ya habían sido cinco años. Aquí en Dhaka, aunque existe caos, y hay esmóg, ruido, y demás tipos de contaminación, tengo esas oportunidades de «desenchufe». La cultura local me parece rica, y fascinante por ajena. La ciudad ofrece galerías y librerías aunque no cines, pero si dvd’s a precios ridiculos. En Uganda las opciones eran muy limitadas y exploré lo suficiente la cultura ugandesa como para sentirla ya cotidiana y afín. Por supuesto habían cosas de la idiosincracia como en todas partes que me saturaban como el hakuna matata, o «no problem» para todo hasta que ya el «problem» no tenía solución, la percepción del tiempo y las prioridades distintas a las de uno, etc. Pero también había la maravilla de la amabilidad y la amistad inmediata que se extraña por acá donde los ambientes sociales locales son cerrados y cuando se acceden no es en esa onda de «tu casa es mi casa» que tenemos nosotros los latinos y la cual en gran medida es igual de abierta como la africana.

Este viaje será un buen abreboca para el siguiente a Tanzania. Una especie de «reality check» de la anterior experiencia en Uganda con esta en Bangladesh.

Anapurna Sur al Amanecer

Anapurna Sur al amanecer

Una pastillita de Nepal mientras esperan por fotos y cuentos.

Hoy cumple años mi madre, a quien le dedico esta montañita.

…He cambiado la plantilla de nuevo por esta, la cual he adaptado un poco a mi gusto. Me gusta el contraste del blanco y negro con un pequeño complemento de púrpura… cómo le hago… Pero la foto del tope seguramente la cambie por alguna otra.